sábado, 30 de junio de 2012

NOVIEMBRE INTACTO



                                                    Lúgubre tambor
                                                    el de la lluvia
                                                    percutiendo en el follaje.

Pardas como las aguas crecidas de un río sólido que fluye ligero, las arenas implacables del tiempo lo engullen todo. Aunque el avance de los glaciares no es menos inexorable y voraz, lo cierto es que de tanto en tanto, cada varias centurias, los cursos de hielo y las morrenas debilitadas por el estío  nos devuelven algún objeto intacto: una cría de llama ardida por el frío, la cantimplora de un alpinista, el casco de un soldado romano o un cazador neolítico con toda su impedimenta. Pero la usura  del tiempo es de otra pasta: no recula y jamás devuelve nada. Únicamente el aroma sutil de los recuerdos es capaz de ascender a través de la espesura de ese lodo de años y retornar ileso.
El pasado mes de febrero se cumplieron veinte años de la clausura de “Noviembre intacto”, mi ya lejana exposición en la Sala Fortuny del Centro de Lectura de Reus, una remota y olvidada muestra de las muchas que pasaron por aquella sala de exposiciones cuando estaba en su apogeo.
La Sala Fortuny es sin duda el espacio expositivo más hermoso de todos en cuantos he expuesto. Está en el primer piso del magnífico palacete que ocupa el Centro de Lectura, sobre la miniatura exquisita del Teatro Fortuny. Es un amplio espacio rectangular de ángulos redondeados por yeserías decoradas con frescos y molduras doradas, alto, cerrado por una gran claraboya que ocupa todo el techo y con el suelo de mármol travertino de un blanco ahuesado absolutamente inolvidable. Es un gran espacio sobrio y suntuoso, en el que realicé mi exposición más despejada y austera.
A principios de la década del 90 el Centro de Lectura de Reus formaba parte del circuito de galerías y salas de exposiciones ubicadas fuera de Barcelona. Esa periferia aliviaba el atolladero de artistas en  que se había convertido la urbe, y servía como vía de descongestión y drenaje parcial de un panorama artístico recalentado, sobresaturado y claramente necesitado de la drástica reconversión que no tardó en llegar. En aquella época la Sala Fortuny del Centro de Lectura se había convertido en un prestigioso enclave expositivo llevado con mano de hierro por un Consejo de Exposiciones, exigente colectivo del que formaban parte, entre otros,  Manel Llauradó y Joan Rom, escultores ambos.
Fue precisamente Manel Llauradó quien, hacia el verano de 1991, me llamó un sábado por la mañana y me comunicó que mi propuesta “Novembre intacte” (Noviembre intacto) había sido aceptada por el Consejo y que mi exposición quedaba emplazada para enero, cuando se clausurase la de Carlos Pazos.

…nada hay en el paisaje visto que arda con tanto disimulo como la ortiga aterida.
En el frío llega larvada la muerte, y, hacia el ocaso, cuando el hielo se haga denso y brille definitiva la luna en él, un chasquido de rama partida dará entrada a la noche.

“Noviembre intacto” fue mi tercera exposición individual, y, fiel a mi divisa “no saturar, no repetir”, se componía de unas pocas piezas que habían surgido tras el reajuste y la severa depuración de una serie de procesos que ya había empleado anteriormente, que si bien parecían muy distintas a todo cuanto había hecho hasta entonces, eran en realidad las prendas de siempre pasadas repetidamente por el batán y el agua pura hasta reducirlas a un solo hábito impoluto y ligero.
Tal y como recogía la extensa propuesta que remití al Centro de Lectura a principios de 1991, “Noviembre intacto” era un decantado de sensaciones muy severamente desbrozado y reducido a su expresión esencial, una paciente destilación de imágenes primordiales y grumos de recuerdos progresivamente purificados hasta extraer de ellos una esencia muy simple. En esas pocas piezas, despojadas y humildes hasta la pobreza, se halla repetido el cociente último e indivisible del otoño hermoso y brutal como yo lo vi de niño, su único hueso puesto a la intemperie.
Además de argumentación y documentación gráfica, la propuesta incluía también algunos textos de creación que habían brotado al hilo del trabajo propiamente escultórico; fragmentos que, junto al texto límpido y esclarecedor de Rosa Queralt, acabarían figurando en el catálogo de la exposición, que se inauguró puntualmente el viernes 17 de enero de 1992 a las ocho de la tarde, acto al que algunos amigos tuvieron la deferencia de desplazarse desde Barcelona.

…la noche cae con estrépito de astros y de escarcha; la muerte se hace verosímil, ululante.
Únicamente un poso de agua tibia, a recaudo del frío en la hondura del valle, sabe con certeza que marzo existe.


Vista al cabo de veinte años, “Noviembre intacto” es una instantánea bucólica, movida y con el color muy alterado por el tiempo en la que, no obstante, uno se reconoce más joven pero puesto ya en el surco definitivo de su vida. Como algunos amigos que vinieron a la inauguración y, desgraciadamente,  ya no están —Gabi, Mercedes—, la mayor parte de las piezas de aquella exposición se han quedado en algún punto del camino a estas alturas ya inubicable. Solo puedo dar fe del paradero de dos de ellas. La campana de barro pertenece a la colección del Centro de Lectura de Reus, y la retícula de madera montada sobre una estrella de agua, a la del diario Avui, que la incluyó en la muestra “Fons d’Art de l’Avui”, expuesta en el CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona) en la primavera de 1995, en cuyo catálogo aparece.

(Los textos en cursiva pertenecen al catálogo de la exposición “Novembre intacte”, editado por el Centre de Lectura de Reus, si bien en esa publicación aparecen traducidos al catalán por Rosa Pagès).

Cartel de la exposición (la fotografía es de Bill Brandt).

La sala durante el montaje












El autor junto a una de las obras.

Cubierta del catálogo.

Texto de Rosa Queralt.




                                                                              



  

martes, 19 de junio de 2012

LA PELLIZA DE HIEDRA



No es el remolino de briznas
lo que hipnotiza  los tordos
tras la tormenta.

Ha sido el brillo fugaz
—ya declinaba la pedrea—
de un cuchillo visto
al alisar el viento la maleza
que oculta las traviesas.

En febrero de 1996 yo era un escultor cuya trayectoria acabó de dibujar una curva descendente en el cielo de la escena barcelonesa y se precipitó hacia el olvido. Hacía apenas nueve años de mi primera e impactante muestra individual en la sala de La Caixa de la calle Montcada, y tras un reguero de exposiciones que salvo excepciones habían pasado la mayoría de ellas sin pena ni gloria, inauguraba en el discreto Pati Llimona de Barcelona —sala cercana a la de la calle Montcada pero de nivel sensiblemente inferior y sin ningún tipo de pedigrí— una exposición cuyo eco sería prácticamente inexistente. Aunque mi carrera como escultor no acabó allí, lo cierto es que “La pelliza de hiedra” —ese era el título de la muestra— abrió un serio paréntesis, una moratoria voluntaria que se cerraría al cabo de doce largos años.
Si no recuerdo mal, en el otoño de 1995 Jeffrey Swartz me telefoneó para preguntarme si estaría interesado en participar en un ciclo de tres exposiciones que se iba a llevar a cabo, bajo su asesoramiento, en el Pati Llimona, no en su sala habitual sino en un nuevo espacio habilitado en el pequeño mirador que da a los sillares y al paño de muralla romana que forma parte de la estructura del edificio. El ciclo se iba a llamar “Sobre las ruinas”, y la idea base de su argumento era poner en contacto los nobles y severos vestigios de la Barcino romana y la fugacidad y obsolescencia inmediata del arte de nuestros días.
Según supe después, se trataba de una iniciativa que la dirección del Pati Llimona ponía en marcha con objeto de abrir su casa a la plástica del momento y, si todo rodaba, posicionarse en el mapa de nuevos enclaves expositivos de Barcelona. En principio se trataba de un ciclo puntual que, dependiendo del eco que todo aquello despertara en la prensa, tendría o no continuidad. Obviamente no les interesaba el arte del momento, sino lo que este pudiera hacer por la revitalización y el reflote del nombre de esa institución en los medios. El factor decisivo iba a ser la prensa; todo se apostaba, en tres únicas exposiciones, a esa carta.
Con Jeffrey acordamos que lo apropiado era llevar la pieza de barro prensado de tamaño respetable que había expuesto recientemente en la Fundación Pablo Serrano de Zaragoza; una caseta ruinosa con las paredes interiores cubiertas por una hiedra de papel vegetal, que tenía por suelo una lámina de agua enlodada. Nos interesaba el violento contraste entre aquel débil chamizo de intemperie y las piedras soberbias de la vieja Barcino. La exposición se acabó de completar con dos pequeños relieves, en barro y en cera, realizados a lo largo del otoño-invierno de aquel año.
Por entonces yo era, aparte de escultor en caída libre, un muy humilde editor en ciernes —estado que nunca he rebasado— que bajo el sello De La Pulcra Ceniza había venido publicando unas sencillas plaquettes de gente que conocía y me gustaba, y decidí que, para acabar la serie y pasar a asuntos de mayor calado en ese ámbito, nada mejor que alimentar la propia vanidad editándose uno mismo.
“La pelliza de hiedra” fue exposición modesta y sin catálogo, pero contó con la dimensión añadida de un brevísimo poemario tirado a una sola tinta: La caseta del guardagujas.  El cobertizo desolado que ocupaba la sala era un desdoblamiento en el plano físico de la caseta vapuleada por los elementos que se menciona en esas páginas escasas.
…la caseta del guardagujas
bajo gálibos y cables
 de un tenue hierro que transpira.

Como decía más arriba, todo se apostaba a una sola carta; y perdieron, perdimos. Únicamente apareció, haciéndose eco de todo el ciclo, una reseña de cierta extensión en Avui. La dirección consideró que aquella escasa atención de los medios no cubría las expectativas, y que el ciclo “Sobre las ruinas”  era principio y final abrupto de las actividades del Pati Llimona dentro del ámbito del arte contemporáneo.
Todo parece indicar que “La pelliza de hiedra” tuvo escaso público a lo largo de las cinco semanas que duró su exhibición. En lo referente a su recepción y a las opiniones que pudo suscitar, es de largo mi exposición más parca y misteriosa; yo la tenía por semiautista y prácticamente muda al respecto hasta que, al cabo de seis u ocho años, coincidí en la calle con Àngels Viladomiu (colega de gremio y hoy profesora de la Facultad de Bellas Artes de Sant Jordi), quien me dijo que la había visto por casualidad, que le  pareció una hermosa y evocadora exposición echada a perder en un espacio interesante pero sin posibles y sin la suficiente capacidad de convocatoria. Aunque no deja de ser una opinión, es evidente que Àngels dio de lleno en el clavo.
La chispa de mi corta y discutible trayectoria como escultor fue a caer al  suelo encharcado de aquella caseta desolada, y se apagó.
En el paso a nivel, de noche,
un tren cargado
de acero insolente para coches
destroza a la muchacha
que buscaba luciérnagas
para ponérselas mañana
—hija del guardagujas—
en su boda luminosa entre el peinado.

 Después de albergar “La pelliza de hiedra”, última de las tres exposiciones que por allí pasaron, se retiraron los focos y aquel espacio recoleto volvió a ser el pequeño mirador que da sobre los sillares y el noble paño de piedra de lo que fue una de las puertas de la muralla romana de Barcino.
(Los fragmentos en cursiva pertenecen a La caseta del guardagujas, De La Pulcra Ceniza, 1996).


Barro, papel, pigmento, madera y agua. 2,13x1,42x1,32 m. (1995)
















       
                                                                                  



                                                                                      

martes, 5 de junio de 2012

BIBLIOTECA FÓSIL, Nº 8



Biblioteca Fósil es la colección más radical de De La Pulcra ceniza y el ejemplo que mejor ilustra el talante verdaderamente peculiar de nuestro proyecto. Ninguna de las piezas que la compone es una labor de imprenta, y ni siquiera su factura, y mucho menos su técnica, tienen parentesco alguno con las Artes Gráficas.  No obstante esa filiación extraña, nosotros la presentamos y defendemos, con total honestidad y sin ningún tipo de complejo, como colección neta y estrictamente editorial, en el sentido amplio, necesariamente renovador y no siempre ortodoxo que puede tener en nuestros días editar.
Hace apenas unos días, colgamos en este blog una larga entrada donde exponíamos el concepto y las claves de la colección, y dábamos también cuenta de los pormenores de sus inicios en 2006. Lo cierto es que esa información la extrajimos de la memoria con que presentamos la Biblioteca Fósil a los Premios Art Fad en su convocatoria de este año. De ese premio ya fuimos finalistas en 2006 con el séptimo número de Libros De La Micronesia, y esta misma tarde nos han comunicado que estamos nuevamente seleccionados y participaremos en la exposición de la que saldrán los premios de este año.
Con esta réplica exacta en piedra de la mítica primera edición de Four Quartets, octavo número de la colección, iniciamos la presentación de cada uno de los doce de que actualmente consta la Biblioteca Fósil.  


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Biblioteca Fósil, nº 8
Four Quartets, T.S. Eliot
Harcourt, Brace & Company, New York, 1943


Aunque la editorial londinense Faber & Faber había editado previamente las cuatro separatas en un estuche, el lanzamiento de Four Quartets en forma de libro tuvo lugar en Estados Unidos.
Esa afamada edición príncipe no empezó con buen pie. La mayor parte de los ejemplares acabaron hechos viruta en la bala de papel de una imprenta de Brooklyn. Era, como indica el  colofón, un libro impreso en tiempo de guerra que se atenía a las regulaciones oficiales acerca del ahorro de papel y otras materias esenciales. Todo parece indicar que en Harcourt , Brace & Company, la editorial neoyorquina que lo publicó en la primavera de 1943, pusieron algo más que  celo en la sobriedad de la publicación. La paupérrima hechura del volumen no superó el control de calidad y la edición no llegó a ser distribuida.  Como era de prever, nada más llegar en pocos días a las librerías los ejemplares de la humilde pero digna edición definitiva, las aproximadamente ochocientas copias que del primer tiraje se salvaron para preservar el copyright y otros trámites legales entraban en la leyenda. Y ahí siguen desde entonces, en la zona preferente de la bibliofilia contemporánea.
De manera unánime,  ya desde el instante mismo de su aparición se ha considerado que este es el libro, la publicación encarnada en soberbio apogeo de la obra de T.S. Eliot y  rasero insoslayable para la poesía posterior.
Burnt Norton, East Coker, The Dry Salvages y Little Gidding, los topónimos que dan nombre a cada uno de los cuartetos, forman ya parte con La Mancha, Troya y Camelot del mapa del tesoro de la literatura; ese pergamino sobado que el boca a boca hace ir de mano en mano, de lector en lector.

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Ejemplar de blancura homogénea perfectamente conservado hasta en sus mínimos detalles de deterioro y desgaste. Son visibles todavía en la calcita los desperfectos de la sobrecubierta y demás indicios que delatan una lectura fervorosa y cierto descuido en el uso del volumen.
     Que esta piedra blanquísima de palidez lunar sea de este mundo y no de otro, nos hace afortunados. Sabemos que su interior inerte guarda las imágenes, la cadencia y el pálpito verbal de Eliot, y nos conforta pensar que en la síntesis eterna del mineral ha culminado sin duda el anhelo de fusión del verso de cierre de este libro cimero: “...y la llama y la rosa sean uno”.
     El escáner, que no ha podido acceder al interior del volumen, ha dejado bien patente que este trozo de calcita fue un sufrido, humilde y no obstante afortunado ejemplar de la primera edición de Four Quartets como libro.



Nº de registro                       BF0082011A

Ficha bibliográfica              Four Quartets
                                                 T.S. Eliot
                                                 Harcourt, Brace & Co. New York, 1943
                                                 40 páginas
                                                 Tapa dura con sobrecubierta
                                                 Tiraje: 3500 ejemplares


Ficha fósil                               Velocidad de fosilización: vertiginosa
                                                  Estado: Endurecido pétreo, blanco,
                                                  curado y con plena apariencia de calcita.
                                                  Peso: 615 grs.


Harcourt, Brace & Co. New York, 1943.

Biblioteca Fósil, nº 8 (2011), réplica en piedra de la edición original. Anverso.

Reverso



Prueba de escáner.

                                                                                 





domingo, 3 de junio de 2012

LIBROS DE LA NOCHE DEL CORAZÓN V




La entonación discreta, constante y maravillosamente sostenida sin mayor esfuerzo a lo largo de casi ochocientas páginas; el trazo sencillo, preciso y de una exuberancia perfectamente sujetada por las líneas de contención de una exposición y un ritmo absolutamente naturales; la adjetivación precisa dosificada con generosidad; el dibujo complejo de la vida social, el gozo y el tedio de la existencia y los colores del mar del Ampurdán destilados en párrafos hipnóticos de una cualidad estética, legibilidad y amenidad irreprochables… algo así. Además de una vibración inolvidable en la que cabría todo eso, hay un no sé qué de volátil e indescriptible en El quadern gris de Josep Pla.
En mi biblioteca de adolescente figuraba Pla como mero convidado de piedra. Tenía por entonces lecturas más perentorias y un abanico de intereses y curiosidades que caían lejos de las líneas de demarcación de su figura y su obra. Lo tenía delante, pero tardé muchos años en dar con Josep Pla.
No creo que mi caso sea especial. Yo diría que a Pla se accede de adulto.
En 1997 se celebraba el Año Pla y Destino publicó una caja con cinco de sus títulos más representativos. Uno de ellos era El quadern gris. Por entonces yo alimentaba mi humilde biblioteca con el trueque de libros por libros, muy ventajoso para mí. Había trabado amistad con un empleado de la  desaparecida Librería Francesa del Paseo de Gracia, quien, bajo mano, me permitía hacer un provechoso apaño. Yo le llevaba un libro de la editorial Plaza & Janés por un importe equivalente al del ejemplar de otra editorial que me interesaba. Un libro salía y otro entraba, el activo del negocio no sufría variación ninguna y todos contentos. Como digo, era muy provechoso para mí; trabajar en una editorial me ha permitido siempre el acceso a un flujo de libros permanente. Recuerdo que cambié la caja Pla por un lote de cinco libros de la colección Ave Fénix Serie Mayor, que por aquellos días era la colección de tiros largos de Plaza & Janés. Aunque era aun chollo que me habría permitido hacerme con una buena biblioteca sin mayor desembolso, lo cierto es que mis escrúpulos morales se me echaron encima. Al poco tiempo de incurrir en tales abusos los abandoné.
Fue entonces cuando leí El quadern gris y caí de inmediato en las redes de Pla. “Arribar a una banalitat profunda pot ésser, al meu entendre, un autèntic propòsit literari”. (Llegar a una banalidad profunda puede ser, a mi entender, un auténtico propósito literario).
La maestría de Pla en el difícil arte del esbozo rápido y económico del animal humano se fija en el mismo antílope dos o tres veces a lo largo del libro. “Veig Adela, la petita nena del far,  de lluny. Quina cosa misteriosa té aquesta criatura! Es plena i forta, enjogassada, deliciosa, s’escapoleix de les mans como un ocell calent i escorredís. La malícia que té —una malícia de tretze anys— em produeix una fascinació estranya” (Veo a Adela, la pequeña niña del faro, de lejos ¡Qué cosa misteriosa tiene esta criatura! Es llena y fuerte, enjugascada, deliciosa, se escabulle de las manos como un pájaro caliente y escurridizo. La malicia que tiene —una malicia de trece años— me produce una fascinación extraña).
Lírico y conciso, ligero y absolutamente descomunal por su dispendio, como quien no quiere la cosa, de belleza contenida y técnica disimulada, El quadern gris se me ha quedado prendido como obra de sensibilidad y amplitud perdurables.




                                                                                   
                                                       

martes, 29 de mayo de 2012

BIBLIOTECA FÓSIL



1-Libros De La Micronesia.      

Tras la publicación a lo largo de 1995-96 de cinco plaquettes fuera de colección en sendos tirajes de 250 ejemplares, en marzo de 1997 apareció la primera entrega de Libros De La Micronesia, que se convertiría con el tiempo en nuestra colección más popular y de la que hemos publicado, sin periodicidad establecida, un total de nueve números. La exposición de las claves y el ideario de la colección han sido parcialmente expuestos en este blog, y las imágenes en detalle de cada una de las publicaciones pueden verse en nuestra página web. Si mencionamos esa entrañable colección —con la que en su día comenzamos y en cuyo décimo número estamos trabajando—, es porque la Biblioteca Fósil se creó como su contrapunto y también como necesario contrapeso que diversificara la oferta y equilibrase el espectro de intereses de un proyecto editorial, vital y lo bastante peculiar como para llevar ya quince años enredados en él: De La Pulcra Ceniza.

   

Libros De La Micronesia, 1997-2011

 
2-Huir de la imprenta.

Cuando publicamos Erebo & Terror (Libros De la Micronesia, nº 5. Barcelona, 2003) comenzamos a percibir que el dinamismo y la ilusión inicial del proyecto De La Pulcra Ceniza entraban en crisis de identidad. Habíamos comenzado vindicando en nuestros orígenes lo elitista, artesanal y absolutamente minoritario y teníamos la certeza de que nos deslizábamos hacia las posiciones usuales de los pequeños sellos marginales con vocación popular. Nos dimos cuenta a tiempo de que necesitábamos reorientar nuestra actividad hacia un enclave mucho más radical, movernos hacia la exclusividad y vindicar no ya lo minoritario sino lo decididamente elitista, la pieza única, cara, rotunda, exquisita y de “gama alta” que, de alguna manera, equilibrara la balanza de una trayectoria que nosotros mismos habíamos decantado del lado opuesto. Entendimos que con Libros De La Micronesia  —cuyo tiraje era de 250 ejemplares y se vendía a 20€— nunca llegaríamos a ser un sello verdaderamente peculiar; para eso era imprescindible añadir a nuestro fondo una colección absolutamente diferente que ni por asomo tuviese ningún tipo de relación con la imprenta, la serialidad, el tiraje o cualquier parámetro o técnica al uso en las artes gráficas. La consigna para salir de aquella crisis de identidad y crecer hacia algún sitio todavía indeterminado era clara y diáfana: huir de la imprenta.
     Fue hacia 2004 cuando, muy difusamente todavía, intuimos que quizá la orientación que debíamos tomar era la de volver a reconsiderar los procedimientos de la escultura, actividad que habíamos abandonado drásticamente en 1996 tras realizar seis muestras individuales y recibir las becas Escola Massana y Banesto en 1983 y 1988 respectivamente.
    Al cabo de una serie de tanteos con diferentes técnicas y de reflexión acerca de qué buscábamos exactamente, en 2005 comenzamos un trabajo de talla en piedra calcita, un libro cerrado, una escultura sin más con la que nuestra percepción daría el salto y nos proyectaría directamente a la intuición en bruto de un concepto cuya posterior elaboración y depuración están detrás de esta Biblioteca Fósil.


El primer libro fósil (2006), eslabón inical de la Biblioteca Fósil


3-Del papel a la piedra, una mutación de la oruga del lenguaje.     

El salto cualitativo que nos dejó entrever el verdadero alcance de lo que nos llevábamos entre manos se debió a la sutil distinción que efectuamos entre lo que es la mera escultura o réplica de un libro y la reconsideración de ese mismo objeto escultórico como publicación que “ha fosilizado”. Esa fue en su día la chispa inicial que prendió el fuego de nuestra poética: darnos cuenta de que lo que buscábamos pasaba por efectuar la delicada operación de  desvincular de la escultura  —no sin cierta ironía— lo que a todas luces es la réplica escultórica de un libro, y, como editores que somos, atribuir a esa piedra una nueva identidad como manufactura editorial que ha calcificado y presentarla con todas sus credenciales. El argumento que explicaría las causas que provocan esa curiosa mutación que transforma el papel en piedra, y las pruebas que la avalan, conformarían la segunda y tercera parte de nuestra poética, que elaboraríamos con posterioridad y acabarían cerrando toda la trama conceptual en que se asienta esta Biblioteca Fósil.
    En el año 2008, con motivo de la muestra de publicaciones que hicimos en el Centre Cultural de Vilanova del Vallès (De La Pulcra Ceniza: edicions, llaminadures editorials, Biblioteca Fóssil), pusimos por escrito, por primera vez y con la particular entonación con que nos gusta vestir nuestros conceptos, el texto de presentación de esta particular biblioteca.
           
                                          

BIBLIOTECA FÓSIL


«La naturaleza del lenguaje es vibratoria. Su verdadera consistencia es la de fluido, corriente verbal que se desplaza en el espacio y en el tiempo. La coerción que sobre él ejerce la cultura impresa, en forma de sujeción a un código y fijación permanente a un soporte, le es dañina.
    A semejanza de la falena que apenas vive una tarde, de la levadura que se agosta en pocas horas, la vida del lenguaje se consume al instante. La palabra vibra y cesa. Y de ser nuevamente pronunciada volverá a ser siempre la misma y siempre diferente. El río de Heráclito viene a ser flujo verbal.
    Por su carácter fugaz y de perpetua renovación, el lenguaje no sabía de sí, se ignoraba por completo. La creación del alfabeto fonético y la aparición de la escritura, la tipografía y la cultura impresa son los espejos en los que se ha reconocido.
    Así, tal vez el libro no sea un fardo de papel inerte que sólo cobra vida al ser leído. Toda página impresa vendría a tener una vida vegetativa en la que sonido y sentido están siempre presentes y en activo. Tarde o temprano, esa vigilia permanente lleva a la palabra impresa a tomar noción de sí como lenguaje cautivo.
    Amparada en esa hipótesis discutible, la Biblioteca Fósil se constituye en catálogo de objetos en los que la lengua impresa ha optado por la transformación radical de su condición y destino mediante la desecación y progresiva calcificación del producto editorial.
    Al igual que la oruga se envuelve en su capullo y sale de él transfigurada, el lenguaje sella todas las salidas y se encierra a cal y canto en su mortaja de papel para salir de ahí reconvertido en lo que verdaderamente es: fluido, palabra en el tiempo.  Esa alquimia rigurosa nos deja un duro y pálido despojo, el libro fósil.
    Concebida como colección atípica y única en su género desde la convicción de que el asombro aún es posible, Biblioteca Fósil es un fondo de libros en estado mineral que pretende estudiar y divulgar el fenómeno de la calcificación de fondos bibliográficos y mostrar la belleza terminal de esos raros ejemplares».

Es a todas luces evidente que esa forma de argumentar es más poética que científica o lingüística y que, tal y como mencionamos, la transformación del papel en piedra se ampara en una hipótesis discutible. Nosotros nos hemos movido siempre dentro del campo de las artes plásticas, la  literatura y, más tardíamente, la edición, y nuestro discurso está empapado de la lógica peculiar y la atmósfera que impregna esos ámbitos. Era pues inevitable que afrontásemos la argumentación de nuestra Biblioteca Fósil desde esas coordenadas y que, muy consecuentemente, ni nos planteásemos siquiera la posibilidad de echar mano de los rudimentos de química y de lingüística que sin lugar a dudas habrían dotado al concepto de un rigor del que carece. Entendemos y defendemos que se trata de la elección, plenamente consecuente, de un talante y una actitud. Dadas las circunstancias y nuestro bagaje, argumentar de otra manera nos hubiese parecido una impostura.

 

 

4-La edición en piedra y la bibliofilia de ficción.


A nadie mínimamente informado se le escapa que las coordenadas de origen de la Biblioteca Fósil —la ironía, la recontextualización de un objeto y la apropiación de  técnicas tradicionales para fines espurios— son también las de una buena parte del arte actual. En ese sentido, entendemos que si hubiésemos presentado la colección como asunto meramente plástico se habría difuminado su personalidad en ese descampado inclemente y sobresaturado que es la escena del arte de hoy. Creemos que el verdadero calado y la auténtica personalidad de la Biblioteca Fósil cobran realce cuando se la defiende desde el ámbito de la edición y con los argumentos propios de la bibliofilia de siempre; campo tradicionalmente cerrado, rancio y que contrasta frontalmente con del arte de nuestros días, donde todo es novedad y constante mudanza.
     Con una certeza absoluta en que, pese a su ascendencia escultórica, la Biblioteca Fósil es una colección coherente y hasta necesaria en un proyecto editorial lo bastante peculiar como es De La Pulcra Ceniza, en 2007 esbozamos un plan de producción y expansión que acreditase la colección como fondo bibliográfico.
     Es evidente que todo lo que envuelve la colección está supeditado a la morosa ejecución de cada una de las tallas y también a nuestra estrategia, largamente meditada, de no producir más de dos o tres números al año. Bajo esas premisas estrictas de funcionamiento, desde que comenzamos a editar en piedra en 2006 trabajamos en la creación de un fondo bibliográfico fósil que a día de hoy está compuesto por una serie de ejemplos de bibliofilia seria y también por títulos que son estrictamente de nuestro interés. La Biblioteca Fósil viene a ser lo que Jorge Luis Borges definía como “una biblioteca de preferencias” que alterna títulos, ediciones y editoriales que existen con otros parcialmente reales y los que son de enteramente de nuestra invención. Es, pues, un ejercicio libre de ficción bibliográfica resuelto en un material inesperado y por completo ajeno a esa actividad: la piedra.
      La descripción bibliográfica que acompaña cada unos de los números de la Biblioteca Fósil se compone de un comentario sobre las particularidades de la edición original, una ficha bibliográfica al uso y una descripción del estado de conservación del  libro fósil, de su aspecto y peculiaridades.
      Muy al contrario de lo que pudiera parecer, ese anexo  bibliográfico no es un mero complemento de la talla o un trabajo menor que le esté subordinado, sino su auténtica expresión. Aun tratándose de libros o de réplicas de publicaciones, el meticuloso labrado de la piedra es a fin de cuentas escultura, actividad que abandonamos en 1996 y retomamos con un talante ya netamente editorial, como se ha indicado, unos cuantos años después.
     La talla, que no es más que una técnica que hemos retomado con fines espurios, es en este caso la cristalización de algo mucho más complejo. Lo que para nosotros cuenta es el vuelo y la cadencia del lenguaje describiéndonos cómo era la publicación, quién la hizo en la noche del mundo y por qué esa piedra es un objeto señalado.
          


5-El escáner como prueba evidente.

La puntada final a toda la urdimbre conceptual en que se basa la Biblioteca Fósil  acabamos dándola, ya  muy tardíamente,  en 2008. Nos  llevó  tiempo ver claramente que no hay nada como una imagen para convencernos de que algo existe realmente.  Mucho tuvieron que ver Susan Sontag y su Sobre la fotografía en la decisión final de incorporar una imagen que dé buena cuenta de que esa escultura no es la réplica en piedra de un volumen, sino una manufactura de procedencia netamente editorial: un libro real que “ha fosilizado”. La Sontag afirma en el mencionado título que “La fotografía procura pruebas… el registro de la cámara incrimina”. Y qué mejor testimonio que una imagen científica, una prueba de escáner de cuerpos opacos en la que puede apreciarse todavía  la cubierta del volumen, la página de créditos y, si el papel de origen era de poco gramaje, hasta la portadilla y el arranque del texto. Lo que se pretende es demostrar al escamado e incrédulo espectador  —que no las tiene todas consigo respecto a que la piedra sea un libro— que la huella de la tinta está todavía atrapada en la piedra; que el ojo imparcial de una máquina lo ha detectado y que no hay duda: aquello es una edición fósil, un libro que ha calcificado.
     Una imagen científica creíble ha de estar realizada con tecnología de última generación e ir avalada por una firma de reconocida solvencia en ese ámbito. A este respecto nos parece que nada más apropiado a nuestros propósitos que atribuir esa prueba de escáner a la capacidad tecnológica de una empresa puntera. Que nos avalen el rigor y los equipos de la todopoderosa “Siemens optics & scanners”, de la remota Hamburgo, no es cualquier cosa…
      Ni que decir tiene que la elaboración casera de ese escáner fraudulento es una de las tareas más agradecidas del complejo y riguroso trabajo de tallar y dotar posteriormente de las debidas credenciales bibliográficas a cada uno de los números de la Biblioteca Fósil.




Escáner de los números 1, 3 y 6 de la Biblioteca Fósil


    
6-El logotipo.

En De La Pulcra Ceniza siempre hemos cuidado mucho la elección del logotipo para cada una de nuestras colecciones. Entendemos que el distintivo gráfico es de importancia capital en cualquier proyecto. Como hemos dicho en otras ocasiones, un logotipo puede ser bueno, malo, actual, desfasado, equivocado y todo lo que se quiera; esos baremos son absolutamente superfluos. El requisito fundamental que sin duda se le debe exigir es que sea inolvidable.
    No sabríamos decir hasta qué punto nuestros logotipos cumplen ese requisito, y sería de una arrogancia e ingenuidad imperdonables que nosotros mismos los creyéramos infalibles. No obstante esa prudencia cautelar, lo que sí hemos podido constatar en los foros y ferias a los que asistimos es que la gente no solo nos recuerda por nuestro distintivo gráfico, sino que va más allá y disuelve nuestro nombre en nuestro logotipo. Por ahí no se nos conoce como De La Pulcra Ceniza sino como “los de la muela”, en referencia a la pieza dental que figura en nuestro distintivo gráfico.



Creemos que un logotipo que se ha hecho sitio hasta eclipsar y ocupar el nombre del proyecto va camino de ser, efectivamente, inolvidable.
     Cuando en su día nos planteamos la creación de un logotipo para la Biblioteca Fósil volvimos a tomar en consideración esa única premisa: que tenga el duende suficiente como para ser, en la medida de lo posible, refractario al olvido. Volvimos a trabajar con los criterios de siempre y a echar mano de la vieja veta madre de nuestras imágenes primordiales, filón profundo de donde sale prácticamente todo lo que hacemos. Descendimos hasta ese estrato y allí estaba la imagen elemental que sin apenas modificaciones pasamos al papel.
     Como imagen gráfica de una colección editorial sin más, el logotipo por el que nos decidimos era inesperado, chocante. Cuando queda claro que Biblioteca Fósil no es un nombre arbitrario, sino el de un fondo de libros en estado mineral, la imagen de la pala de una excavadora se hace suficientemente elocuente pero sin rendirse ni desvelar todo su misterio, su delicada incongruencia con respecto al mundo editorial convencional.


Es un logotipo relativamente reciente —de 2007— y solo el tiempo dirá si es verdaderamente inolvidable. De momento nos consta que va calando y comienza ya a ser imagen indisociable de la colección. Hasta nuestros amigos diseñadores gráficos —que saben muchísimo más de todo esto que nosotros— reconocen que no sabrían decir si es buen o mal logotipo pero que posee, efectivamente, el regusto inconfundible de pertenecer a la escudería de De La Pulcra Ceniza.
    
7-La presentación.

Como hemos venido sosteniendo, la Biblioteca Fósil nació en su día como el contrapeso necesario de Libros De La Micronesia, única colección con la que contábamos entonces y cuyas características, pese a tratarse de un producto también muy cuidado, son bien diferentes. Siempre hemos puesto énfasis en definir la colección como producto de gama alta, y somos plenamente conscientes de que en ese restringido ámbito las exigencias de calidad en cuanto a diseño, materiales y acabados han de ser muy rigurosas.
     Puesto que, como hemos dicho, huíamos de la imprenta, tuvimos claro desde el principio que buscábamos cualquier cosa excepto cartón, cuero y derivados. Tras una serie de pruebas, ese genérico “cualquier cosa” acabó siendo metal. Para dotarla de un empaque inequívocamente regio la colección debía presentarse en caja de metal con el logotipo grabado.
     Cada uno de los volúmenes de la Biblioteca Fósil se presenta en una caja de aluminio de 2 milímetros de grosor hecha a medida y compuesta de fondo y tapa. La chapa de aluminio en origen presenta un aspecto  excesivamente brillante y nada acorde con el mundo de la bibliofilia, tradicionalmente discreto. Para obtener una tonalidad mate, una vez cortado y antes de trabajarlo sumergimos el metal en una solución de ácido fluorhídrico y agua. A continuación procedemos a grabar en hueco el dibujo del logotipo de la colección sobre la tapa.
     El resultado de toda la operación es una caja límpida y diáfana que posee el empaque y la prestancia adecuados para contener un producto que, sea el que fuere, ha de tratarse por fuerza de algo muy particular. Nos parece que eludir el nombre de la colección y grabar solo el dibujo del logotipo contribuye a preservar el enigma que posee toda caja cerrada.






8-Libros y fantasmas de libros.

La riqueza y diversidad de una biblioteca se mide por su catálogo, por la relación de títulos que componen su fondo. Una biblioteca pública está poco menos que obligada a cubrir, en la medida de lo posible,  todo el espectro de temas e intereses. Por el contrario, una biblioteca privada es en la mayoría de los casos un fondo parcial compuesto por obras de preferencia y regido por el criterio personal. Es evidente que la Biblioteca Fósil pertenece a este segundo tipo y que la relación de títulos que la componen es expresión de nuestro gusto y nada más.
     Sostenía Borges que los libros ficticios tiene a veces más entidad que los reales, y que toda gran biblioteca ha constar de libros y de fantasmas de libros. Hemos acatado muy gustosamente la preceptiva del maestro argentino y el catálogo de nuestra Biblioteca Fósil consta, como él quería, de títulos reales y ficticios.
     El surtido y la combinatoria de nuestro catálogo se dispone como sigue:
A)  Títulos y ediciones reales copiados a escala 1:1
B)   Títulos reales en edición supuesta y adjudicados a una editorial ficticia.
C)   Títulos ficticios adjudicados a una editorial que existe o ha existido.
D)  Títulos ficticios adjudicados a una editorial o imprenta inexistente.

La lista que sigue es, a día de hoy, el catálogo completo de la Biblioteca Fósil, que ha sido mostrada parcialmente en algunas de nuestras exposiciones. (La letra en color indica a cuál de las categorías anteriores pertenece el título).

Alfanhuí, Rafael Sánchez Ferlosio, Vivaque, Valladolid, 1956. B                        
Alice´s adventures in wonderland, Lewis Carroll. Macmillan and Co. Londres, 1863. A
Ariel, Sylvia Plath. Pedra de fogo, Lisboa, 1967. B
Cartas a Sor Maria Celeste, Galileo Galilei. Imprenta de Cesáreo Rincón,  Astorga, 1952. B
Cathay, Ezra Pound. Mu publishing, Ibiza, 1973. B  
Diamond sutra, Anónimo. Garuda publishing, Kathmandu, 1969. B
Four quartets, T.S.Eliot. Harcourt, Brace & Co. New York, 1943. A
Hymnica (La spia nella camara da letto), Anónimo. Imprenta de Gianbatista Betinelli, Venecia, ca. 1750. C
Leaves of grass, Walt Whitman. Pale Sand publishing, Dallas, 1958. B
Peter Rabbit, Beatrix Potter. Frederick Warne & co, Londres, 1902. A
Quiet dust, Emily Dickinson. Leonard Lindsay, editeur, Ginebra, 1924. D
Rimbaud. Elevator, Valparaíso, 1919. D


                                                                                

                
Sol i de dol, J.V.Foix. Gebre, Barcelona, 1963. B