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domingo, 26 de febrero de 2017

BRAQUE Y EL GORRIÓN LUNAR



Quatre oiseaux, litografía de Georges Braque, 1959.


“Todo está dicho ya, pero, como nadie escucha, hay que volverlo a decir”. Aparte de la gracia que pueda tener, el comentario de André Gide es mordaz y de efecto disolvente sobre el paradigma de la originalidad, a la que rebaja y degrada a mera contingencia, a bagatela poco menos que insustancial derivada de la falta de atención auditiva. De ser cierta la observación de Gide, la originalidad consistiría no en decir algo nuevo sino en repetirlo bien alto. Conviene aclarar, no obstante, que en el atestado panorama del arte actual hablar alto no garantiza en absoluto que a uno lo oigan, y menos aún que lo escuchen.

    El artista de hoy está sin duda al caso de esa circunstancia y tiene plena noción de que a estas alturas de la película, al cabo de unos cuantos milenios de actividad artística y en plena época de desbordamiento en la producción y difusión de imágenes, de cohabitación, mestizaje y promiscuidad generalizada entre tendencias, escuelas, movimientos, lenguajes y demás, el arte es un espeso concentrado, una suerte de olla podrida en la que hierve de todo y donde la originalidad genuina es infrecuente, rarísima. Hay, eso sí, tenues variaciones, reinterpretaciones, remezclas personalísimas, meritorios injertos manieristas practicados con materiales reaprovechados y prácticas avanzadas en el campo de la ingeniería artística; pero la creación genuina de algo intrínsecamente nuevo no se da así como así.

    En medio de ese clima generalizado y plenamente aceptado del arte como asunto en gran medida “ya visto”, el artista de ahora sigue defendiendo a dentelladas la propia posición y su margen de originalidad y aportación personal, pero desde la plena consciencia de que trabaja inmerso en un vertedero de todo tipo de detritos semióticos y de que es parte de una cadena promiscua en la que contamina y es contaminado. No obstante eso, y por muy asumido que tenga que todo es derivación y mezcla, acepta de mejor gana la influencia difusa que haya podido recibir del signo de los tiempos, de la tradición o de una corriente genérica, que no el influjo específico, directo y reconocible de la escena local o del entorno inmediato.

La sospecha de haber sido influido y estar a la sombra de un talento mayor puede llegar a generar un cuadro angustioso, como dejó patente Harold Bloom en su La ansiedad de la influencia, donde examina el peliagudo asunto de la relación morbosa del escritor con sus predecesores. Bloom postula en esa obra que el autor que quiera ser alguien debe absorber, neutralizar y desprenderse de la influencia atenazante de sus predecesores. Matar al padre y cortar por lo sano con su influjo. Según Bloom, esa es la única manera de comenzar el peregrinaje hacia la consecución de una voz propia. Borges, que deploraba la violencia, aportó una solución ingeniosa que evita el parricidio y el consiguiente derramamiento de sangre, pero que es mucho más exigente y no está al alcance de cualquier talento. El maestro argentino dijo que el escritor de mérito “crea sus predecesores”.

    No sé hasta qué punto y con qué intensidad, pero estoy seguro de que entre los jóvenes artistas de la escena barcelonesa se deja sentir esa ansiedad de la influencia, pero no de arriba abajo o de maestro a discípulo, sino la influencia transversal entre artistas colindantes que se influyen unos a otros por proximidad y que suele ser foco de rivalidades.  A principio de los años ochenta del pasado siglo, cuando yo estaba a punto de iniciarme como presunto artista en ciernes, la joven escena barcelonesa estaba bastante caldeada a ese respecto. Como claro exponente de hasta qué punto ese factor se dejaba sentir en el ambiente, transcribo a continuación un fragmento del texto del catálogo Veintiseis pintores, trece críticos, panorama de la joven pintura española, publicado en 1982 y con el que María Teresa Blanch presentaba la obra de Xavier Grau: “En un momento como el actual, en que todo parece fundamentarse en aprender las mejores lecciones pictóricas del pasado, Grau se despreocupa de pellizcar aspectos de los grandes cuadros. Es uno de los más beligerantes con los resultados artísticos de sus compañeros, y de los que menos espían la situación del entorno para ver si es imitado o sobrepasado. No es de los que hacen altos en su trabajo para cargar baterías con lo que los demás dejan abierto.”


Todo ese largo preámbulo viene a cuento de que el pasado viernes, en mi periplo quincenal por la zona de Granados-Ciento para ver qué ponen las galerías de la zona, me di de bruces en la Joan Gaspar con una litografía de Georges Braque que desconocía, y que instantáneamente reconocí como predecesora de una ilustración de Delia Zavala que aparece en una de nuestras publicaciones. Ni técnica ni formalmente son similares o siquiera parecidas, pero es obvio que son de la misma familia puesto que la anécdota que plasman es idéntica: unos pájaros de idéntico color volando tras la estela del que va delante, que es de tonalidad inversa. Entiendo que la obra de Braque es predecesora en el sentido de que es anterior en el tiempo a la de Delia Zavala, pero no sé hasta qué punto podría serlo también como influencia directa. Es más que probable que se trate de una simple coincidencia, pero nunca se sabe.


Delia Zavala, ilustración para El gorrión lunar, 1968 aprox.


    La obra de Braque Quatre oiseaux es de 1959 y la de Zavala, que no tiene título y forma parte de un vasto trabajo inacabado conocido como El gorrión lunar, de finales de los años sesenta. Que yo sepa, el trienio que Delia estuvo enfrascada con los originales de ese trabajo malogrado fue de absoluto aislamiento en una zona de difícil acceso de El Bierzo, donde ejercía de maestra de escuela en una remota pedanía. Eso no quiere decir nada, por supuesto. En los años previos había bajado periódicamente a León capital y se sabe que hizo visitas esporádicas a Madrid durante sus primeros años como docente. Discernir si pudo ver alguna reproducción o incluso una de las copas de la litografía sería una tarea abrumadora, difícil y tan fascinante como llegar a dilucidar si era una artista informada y porosa que bebía del entorno, o bien era, como todo parece indicar, cerrada y refractaria.

    Como editor de una parte de la obra de Delia Zavala donde aparece esa imagen soy parte interesada e implicada en todo lo que la atañe; no obstante, y al no detentar la autoría de la obra en cuestión, no pude sentir en carne propia la auténtica “ansiedad de la influencia”, sino tan solo una sensación diferida, sucedánea y de menor intensidad. En cualquier caso, lo cierto es me dejé embargar por algo parecido al ver que, si bien con otro lenguaje y desde el seno de otra tradición, la misma anécdota ya había sido abordada por Georges Braque.



Ya en otro orden de cosas, y para acabar, añado que según se indica en la página web de la galería Joan Gaspar, la litografía de Georges Braque, número catorce de un tiraje de doscientas setenta y cinco copias, se vende por 4.840 euros. Por nuestra parte, como se puede ver en la quinta página de la tienda de nuestra humilde página web, vendemos la obra original de Delia Zavala por 300.


                                                                  †


miércoles, 30 de noviembre de 2011

DELIA ZAVALA III

Una pequeña alforja de punto hecha por ella es el curioso contenedor de la libreta donde, a lo largo de un espacio de tiempo que desconocemos, Delia Zavala fue redactando las sucesivas entradas de su Diccionario del lugar. Como todo lo que pasaba por su mente, es más que probable que el título fuera sopesado y largamente meditado antes de ser aceptado y escrito a lápiz en la tapa de ese cuaderno de espiral.

Si tiene algún sentido emplear tal término para referirse a un escaso manojo de papeles, cabe decir que "la obra", por sus reducidas dimensiones y su hechura de obrador manuscrito disperso en fragmentos de pequeño formato, no ha pasado del estado de presunción y es mucho arriesgar atribuirle más méritos que el de ser un desangelado borrador anexo a El gorrión lunar.

No obstante lo anterior, conviene ser ponderados al tasar la importancia de lo que aparentemente es obra menor, ya que pese a su escasa envergadura y su estatuto de mero bosquejo, lo cierto es que la escritura de Delia Zavala ha dejado en ese legajo algunas de sus imágenes más personales. Tratándose de ella, de su angosto mundo al que pocos tuvieron acceso y de su sigilosa manera de proceder, nunca sabremos si el motor de la obra es el anhelo difuso de llegar a compilar un mazo de entradas lo suficientemente extenso para respaldar un diccionario personal hecho a medida, o por el contrario ese timbre que despide de dietario garabateado a vuelapluma, de silbido liberado como a deshoras y sin aparente pretensión, es su verdadera melodía y única entonación posible.

Nunca lo sabremos con seguridad, pero leyendo este arranque:
                                         
                                                  "Niña: habitante permanente del interior y de los sueños que, sin embargo, a veces se hace la dormida en algún bolsillo secreto..."

una corazonada nos dice que el propósito de Delia bien pudo ser el de revolver y mezclar para su propio deleite en el cajón del diccionario y extraer de esa chistera, puesto que no hay otras, las palabras de siempre con nuevos atributos.



Copyright de la ilustración: Herederos de Delia Zavala



domingo, 20 de noviembre de 2011

DELIA ZAVALA II

Es muy probable que Delia Zavala fuera de los que opinan que en el primer movimiento de un texto, en el vigor y el color de su arranque, se halla encapsulado ya todo su duende. La suerte está echada en esa ignición verbal. La gavilla de incienso y el estiércol seco que prenden en ese instante decisivo son los que aportan la temperatura y el aroma que delatan la catadura del texto.

Es a todas luces evidente que conocía la importancia del comienzo, que estaba interesada en modular la efusión de la apertura por lo que ésta tiene, para un escritor, de estrategia que aúna emoción y técnica. Sus dos únicos libros publicados son, de hecho, claros ejemplos de esa manera de proceder.

La cantera blanca, su intenso y pobremente impreso debut, deslumbra desde el comienzo, se abre con una frase hermosa y rotunda que es a la vez una declaración de intensidad vital y estética: "Pasado el terraplén de madreperla y nácar, una pared de luz alza su pecho de doncel espigado..." Cada página de esa brevísima publicación mantiene la pegada del fogonazo inicial. De principio a fin, el brío de sus imágenes es el de esa exhalación.

Edición de tiros largos y acabado exquisito, Nieve cárdena, su segunda y última publicación, arranca también de manera muy potente con una frase traspasada de presagios y de frío: "He vuelto a ver la pisada ungulada del invierno atroz en el viñedo..." La pesadez de esas palabras embarradas de mal fario se deja sentir a todo lo largo de un texto cruento y hermoso que, por debajo de su curiosa heráldica y sus símbolos más o menos disimulados, es una instantánea virada a rojo cárdeno, una foto violentamente coloreada de las circunstancias personales en que se desenvolvía la vida apartada e incolora de una maestra de provincias, la autora.

Es una incógnita intuir cómo habría comenzado Delia El gorrión lunar, obra que ni siquiera sabemos si iba a ser tercera de su producción o tenía previsto seguir ampliándola mientras publicaba otras. El espesor de esa incógnita es considerable ya que el trabajo, de cierta extensión, está inacabado y, a lo que parece, sin una mínima vertebración que pudiera hacernos entrever esbozo alguno de argumento que, partiendo a tientas desde ahí, nos permitiera llegar a localizar con algún atisbo de credibilidad cuál podría ser el hipotético pistoletazo de salida del conjunto.

Buscar entre el abundante material de El gorrión lunar, buena parte de él en estado de esbozo, alguna frase rotunda al estilo de las que abrieron sus libros precedentes es tarea imposible y sobre todo equivocada, ya que las cualidades formales del trabajo y el espacio agobiante que su morosa ejecución ocupó en la vida de la autora, lo convierten en obra singular y de calado bien distinto a todo lo que publicó.

Sin lugar a dudas es la Delia real, la maestra soltera en perpetuo éxodo de una escuela a otra, quien aparece en los dos libros melancólicos y opresivos que logró publicar. En ellos van diluidos la crónica de su día a día y su perfil adusto de muchacha que tiene siempre la cabeza puesta en quién sabe qué graves asuntos.

La Delia que adivinamos entre el material provisional de El gorrión lunar no es la real, sino la que ella hubiese querido ser o acaso ya era en su ciudadela íntima y nadie lo supo: ligera, risueña, de vitalidad contagiosa y en estado de gracia para irradiar magia y dulzura. La voz que habla en ese extenso trabajo, que ocupó transversalmente toda su carrera, pese a ser de registro bien diferente a todo lo que de hecho publicó no es una voz impostada por el oficio (y qué si lo fuera), sino algo auténtico: el canto que una muchacha apocada y depresiva emite desde el centro insípido de su existencia para hacernos saber cómo hubiese querido ser, o acaso ya era y el censor severo de su mente nunca le permitió decírnoslo.

En los fragmentos de El gorrión lunar que Isabel Cobo ha seleccionado para nuestra publicación palpita un maravilloso gentío de cosas insensatas: un gorrión blanco cuyo aleteo nocturno produce la escarcha; tambores sumidos en el sueño; el lecho de un río transparente tapizado de relojes parados; el árbol que no es otra cosa que un niño arborescente y frutal; gente que profesa la aerostática de feria y se desplaza en globo de vendedor de globos.

Porque conocemos la importancia que Delia otorgaba al primer movimiento de sus libros, no nos hemos atrevido a publicar esos fragmentos encuadernados en un orden preciso. Puesto que nunca sabremos si alguno de ellos era el destinado a ocupar ese lugar de preferencia, nuestra versión se ha dispuesto en separatas de manera que El gorrión lunar pueda comenzar indistintamente así:

"Ya ha llegado al sendero largo que transcurre junto al río y está atravesado por tres cruces de caminos..."

O así:

"A los tres años sale temprano de casa cogida de la mano de su madre. Para su sorpresa, la tierra al borde del camino está cubierta por una fina capa de cristal. Es escarcha, le dice la madre. Anoche revoloteó por aquí el gorrión blanco..."

O tal vez así:

"Donde los niños blancos de escarcha, los niños amarillo de sol, los niños anaranjados de fuego y blancogrisáceos de nube, llega una mañana, de pronto, un niño de color vede..."





                                    †



sábado, 12 de noviembre de 2011

DELIA ZAVALA

Nieve cárdena, la inolvidable edición de gama alta que captura el delicado universo de Delia Zavala (1939-1973), fue publicado en 1963 por el exquisito Julio del Solar  en  su Callao Publishing, proyecto editorial de vida breve y producción escasa pero memorable. La edición constaba de únicamente 150 ejemplares numerados y firmados a lápiz graso por autora y editor en la página de cortesía. Solo media docena de colecciones privadas españolas  cuentan entre sus fondos con alguno de esos ejemplares.
  
Tras la aparición de esa obra singular transcurriría más de una década hasta que la revista El Urogallo filtrara, en 1974, algunos fragmentos del nuevo material de Delia Zavala, desaparecida prematuramente el año anterior.
   
Martín Recuero, que ha estudiado su figura y su obra, nos dice que al parecer Delia trabajó a lo largo de su breve carrera en El gorrión lunar, proyecto de cierta extensión que, finalmente, quedó inacabado y fragmentado en una serie carpetas y borradores en diferente grado de elaboración.

Pese a que su envergadura se encuentre dispersa en numerosos cascotes y trozos desparejos, en bellos fragmentos pendientes de resolución y en pasajes textuales y soberbias imágenes dejados en barbecho, lo cierto es que la combinatoria de todo ese magma informe daría para más de una publicación. 
   
Este El gorrión lunar, noveno número de nuestra humilde colección Libros De La Micronesia, es la modesta aportación que hacemos a la difusión de una autora dotada, compleja y tristemente desatendida por el sector editorial.
   
Como muestra de su particular don para la ilustración, añadimos más abajo tres de las imágenes inéditas que Isabel Cobo ha seleccionado para nuestra publicación.







                                    †



jueves, 10 de noviembre de 2011

EL GORRIÓN LUNAR

De La Pulcra Ceniza publicará a mediados de este mes de noviembre El gorrión lunar de Delia Zavala, noveno número de la colección Libros De La Micronesia.

Escritora e ilustradora vocacional, Delia Zavala publicó apenas dos títulos antes de su temprana desaparición en 1973, y se ganó la vida ejerciendo de maestra en remotas aldeas y pueblos mineros de la cuenca carbonífera del Bierzo leonés. La cantera blanca, su primer libro, vio la luz en una modesta imprenta de Astorga en 1964. Tres años después, Julio del Solar publicó en edición de bibliófilo Nieve cárdena, que ha quedado como hermoso y feliz vestigio del refinamiento de aquella mujer y del estado de gracia de un editor irrepetible.

Al parecer, Delia trabajó de manera intermitente durante su breve carrera en una tercera obra que no llegó a concluir, El gorrión lunar, cuyo vasto dominio, inacabado y en situación de abandono, fue muy parcialmente dado a conocer en revistas literarias a poco de su desaparición.

Vertida con la soltura natural de quien ha dado ya con los rudimentos de un estilo, la cadencia de su escritura y su manejo de la ilustración fueron en todo momento límpidos, concisos y plenamente eficaces para desvelar de manera luminosa y sencilla su complejo universo de muchacha de provincias que ejerce de maestra en el fin del mundo. Un leve cristal hecho de frases a color y delicados dibujos nos permite ver los festejos de su mente, el mediodía deslumbrante y fértil de una artista aislada, practicamente desconocida y entregada a una sola causa, al gasto de uno mismo en pos de lo que verdaderamente cuenta: el atisbo de la belleza.

La publicación, concebida y realizada con el esmero que la colección exige, consta de seis textos y una docena de dibujos inéditos seleccionados por Isabel Cobo, una semblanza biográfica de la autora a cargo de Martín Recuero y un complemento objetual: una pluma de gorrión blanco troquelada a láser en papel vegetal previamente impreso.

La edición, que consta de trescientos ochenta ejemplares numerados, se ponen a la venta al precio de 35€ la unidad y estará disponible, a partir del próximo 15 de noviembre, en nuestra página web y en las librerías Laie CCCB y Tres Rosas Amarillas, de Barcelona y Madrid respectivamente.