domingo, 20 de septiembre de 2015

BIBLIOTECA FÓSIL, Nº 5 (CATHAY)




Ezra Pound, autor de Cathay, en su pose más
desafiante y conspicua..



Biblioteca Fósil es la colección más radical de De La Pulcra ceniza y el ejemplo que mejor ilustra el talante verdaderamente peculiar de nuestro proyecto. Ninguna de las piezas que la compone es una labor de imprenta, y ni siquiera su factura, y mucho menos su técnica, tienen parentesco alguno con las Artes Gráficas.  No obstante esa filiación extraña, nosotros la presentamos y defendemos, con total honestidad y sin ningún tipo de complejo, como colección neta y estrictamente editorial, en el sentido amplio, necesariamente renovador y no siempre ortodoxo que puede tener en nuestros días editar.

    Siguiendo con la presentación pormenorizada, desordenada y muy espaciada de cada uno de esos trabajos, que iniciamos en junio de 2012 con la entrada dedicada a Four quartets, octavo número de la colección, hacemos hoy lo propio con un trabajo algo anterior dedicado también a un título tan legendario como el del maestro Eliot pero menos popular.

     Es uno de nuestros trabajos de talla más depurados y de elaboración más laboriosa. Reproduce una supuesta edición artesana, hecha a la japonesa y con el religado visto, del célebre poemario de Ezra Pound. Las características de la edición y la editorial son ficticias.
    
    Con todos ustedes nuestra particular versión de Cathay, quinto número de esta Biblioteca Fósil.  






Biblioteca Fósil, nº 5
Cathay, Ezra Pound
Mu Publishing. Ibiza, 1973


Mediada la década del sesenta del pasado siglo, una migración de jóvenes, melenudos, iluminados y muchachas que abominaban del sujetador recaló en la isla de Ibiza para quedarse y, bajo el eslogan “Free, Love, Flowers, Happiness”,  hacer del lugar una habitación promiscua rodeada de mar. La fiesta fue, como es de prever, intensa pero breve; su pico de ósmosis y disolución orgiástica coincidió con el verano del amor de 1969. Después todo haría aguas con rapidez, y apenas en 1972 ese capítulo era ya un hermoso espejismo.

    La mayoría se marchó, y quienes pudieron se reciclaron en profesionales de algo y no se movieron de aquel edén. Tony Townsed rehusó volver al lujoso redil familiar en el exclusivo Primrose Hill. El dinero no había sido ni sería nunca problema para él. Así que se hizo con una destartalada casa solariega provista de higuera y reloj de sol, en la que se instaló para dedicarse a lo que le gustaba. Registró Mu Publishing como marca editorial, habilitó el desván como imprenta y allí realizó sus meritorios tirajes de poesía, filosofía y pensamiento místico, particularmente hinduismo.

    De esta delicada edición en papel artesano del justamente famoso Cathay de Ezra Pound, Mu Publishing hizo un tiraje restringido escasamente a ciento cincuenta ejemplares numerados. El volumen ha quedado como distinguido epítome de lo que aquel proyecto editorial dio de sí.

    Muy imbuido ya en el hinduismo y acaso amodorrado por los aromas del incienso, en 1979 Townsed cortó la higuera, que había contraído un hongo y se pudría irremisiblemente, liquidó lo poco que quedaba de Mu Publishing y fijó su residencia en Benarés.

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En la piedra de factura impecable de este volumen perfectamente conservado todavía se deja ver la vibración dorada del papel artesano amarillo en que fue impreso. Toda la delicadeza de la encuadernación “a la japonesa” y la filigrana del religado visto han pasado milagrosamente a la calcita para dar fe de la hermosura formal y la hechura cabal de este Cathay de Ezra Pund, impreso artesanalmente en Ibiza durante el otoño de 1973.
     
    El escáner ha revelado que este ejemplar es el setenta y ocho de un escaso tiraje reducido a ciento cincuenta unidades numeradas.




Nº de registro                      BF0052009B

Ficha bibliográfica             Cathay
                                                Ezra Pound
                                                Mu Publishing, Ibiza, 1973
                                                62 páginas
                                                Edición hecha a mano en papel artesano
                                                150 ejemplares numerados

Ficha fósil                              Velocidad de fosilización: vertiginosa.
                                                 Estado: endurecido pétreo y de color 
                                                 blanco amarillento con máculas de amarillo
                                                 ictérico en el anverso. Completamente curado y
                                                 con plena apariencia de calcita.  



Cathay, Biblioteca Fósil, nº 5, vista del anverso.

vista del reverso.


Escáner del anverso.

Escáner del reverso.



Logotipo de Mu Publishing.



             
                                                            

domingo, 1 de febrero de 2015

CIRCULAR NOCTURNA II



Vista de la Galería El Catascopio desde el exterior.


El pasado jueves día 29 a las 19,30 h. se abrían las puertas de la galería El Catascopio y quedaba formalmente inaugurada Circular nocturna, mi décima muestra individual y exposición por completo distinta a Nilo abajo, clausurada hace apenas medio año en el Espai Betúlia de Badalona.

    La obra que cuelga de las paredes de El Catascopio es de hecho tan diferente a la que se exhibía allí, que ni por asomo parece del mismo autor. Esa circunstancia descolocó a algunos de los asistentes que nos han seguido poco y no acaban de estar al día de la feliz circunstancia de que nunca (o casi) nos repetimos.

    A diferencia de Nilo abajo, exposición de mucho aparato, hecha con el diafragma de la sensibilidad completamente abierto y en la que coexistían y se cruzaban multitud de técnicas, poéticas, caminos y propuestas, esta Circular nocturna es una muestra austera, casi severa, exenta de aparato y hecha con el diafragma cerrado y enfocado sobre una sola técnica y un único asunto: el collage mixto y los camiones circulando de noche.

   Como ya hemos apuntado en alguna entrada anterior, las ilustraciones fueron realizadas en 2012 para iluminar Ruta nocturna, poemario de David Aceituno publicado al año siguiente por De La Pulcra Ceniza.


Tras pasar por el escáner, las ilustraciones de Circular nocturna llevaban archivadas desde la primavera de 2013. Desde entonces, dormitaban fuera de circulación en un portafolio depositado en uno de los estantes del taller. Sin saber lo que se me venía encima, el pasado verano decidí sacarlas y airearlas.

    El catalizador que puso en marcha las reacciones que culminaron en la inauguración del pasado jueves fue mi buen amigo Lorenzo Casado, quien, en una visita relámpago a mi taller, vio los originales, sin encuadrar ni enmarcar, sujetos con imanes a un riel metálico. Como quiera que le dije que los tenía a la vista para ir revisándolos, ver de enmarcar algunos para compromisos e ir mirándolos sin mayores propósitos, él me espetó una exhortación que resultó providencial: “No divagues, tío. Tienes delante de las narices una bonita exposición”. Ahí comenzó todo.

    Con posterioridad, he caído en la cuenta de que ese “No divagues, tío…” tiene cierta similitud con la conocida (es un decir) amonestación que Lady Macbeth lanza a su marido en el segundo acto del célebre drama: “No caviles tanto”. Los amigos con visión y las esposas decididas están para eso: para que acertemos a ver lo esencial entre lo meramente accesorio.

    Como me gusta hacerlo a mi manera y barato, los dibujos los enmarqué yo mismo (corte del vidrio incluido) cómodamente y sin prisas a lo largo del pasado verano, cuando ya había acuerdo con Rebeca, la galerista que pilota El Catascopio.


Lo mencioné en la breve alocución que hice durante la inauguración y lo repito aquí para que, por así decirlo, conste en acta y no quede como apunte oportunista o flor de una sola tarde: por nitidez de enfoque, gracia en la ejecución y rotundidad poética, yo diría que Circular nocturna es una de mis mejores exposiciones, si no la mejor.



Vista parcial de la exposición. A la derecha, tablón de avisos que contiene la circular nocturna.


Documento que da nombre a la exposición.


Vista parcial de la exposición



Vista parcial de la exposición desde el exterior.

Vista parcial de la exposición

Vista en detalle de una de las obras expuesta.

Vista en detalle de una de las obras expuesta.

Vista en detalle de una de las obras expuestas.




Vista general de la galería desde el exterior.


Rebeca, galerista y piloto de El Catascopio.



                                                                                   

domingo, 28 de diciembre de 2014

LA ÚLTIMA NOCHE DEL ATRASO - II


(viene de la entrada anterior)





II – La noche española

La última noche del atraso es la noche específica, mítica e irrecuperable a la que dan directamente las pequeñas ventanas de esta quincena larga de dibujos que bajo el título Circular nocturna Juan Miguel Muñoz ha reunido en la galería El Catascopio. Esa noche común y al mismo tiempo legendaria, ordinaria y señalada, es la noche de autos (dicho en toda su amplia polisemia) donde se desarrolla el meollo de una curiosa poética de ultracuerpos móviles, fantasmas rodados y apariciones de vehículos difuntos.
   
    El camión que aparece en estos dibujos es el vehículo etéreo y fantasmal que, al igual que esos aparecidos que siempre vuelven a la curva donde fueron embestidos, cubre la misma ruta nocturna cada aniversario de la legendaria última noche del atraso.
   
    Si el encargo de este texto me hubiese llegado antes de que el título de la exposición se hubiese decidido, sin duda habría sugerido que se reutilizase a tal fin Noche española. Es el título ideal; y lo hubiese defendido como si fuese por completo original y Francis Picabia, Eduardo Arroyo o Ángel González, entre otros, no se nos hubiesen adelantado. Sin ánimo de polemizar, entiendo que el lamparón de ese título enigmático, furioso y melodramático queda mejor en la camisa zurcida y pobre de chófer humilde de esta exposición que sobre algunas de las pecheras inmaculadas donde se ha colocado en ocasiones. Pero las cosas son así y hay que aceptarlas, el mérito de haber dado con el título La noche española es de Picabia. Él lo vio primero.
   
    Mi predilección por ese título no es arbitraria. Entiendo que el paisaje que se deja ver en esta serie de dibujos y se obstina en permanecer a oscuras es de España, no hay duda. En esa tiniebla rasgada por los haces de luz de los camiones late la España cárdena y visceral de siempre, la de Goya y El Greco, la de Ramón y Solana, la de Cela y Delibes. La de El Lute y también y sobre todo la de Franco. Sobre todo ésa. Aunque no se ve, el perfil imponente del toro de Osborne anda por esos cerros. Tampoco se ven las vallas donde se publicita La Casera, los viejos transformadores de la luz historiados con el yugo y las flechas o los paredones desvaídos donde figuran la promoción anual de mozos llamados a quintas. Toda esa imaginería está sin duda por ahí, fuera de los haces de luz de los camiones, pero muy cerca.
   
    A poco que le interese el mundo del motor, tenga algo de retentiva y también cierta edad, el espectador medio caerá rápidamente en la cuenta de que los vehículos que aparecen en las ilustraciones no son camiones genéricos sino modelos específicos de marcas nacionales de hace unos años. Ebro, Avia, Nazar, Pegaso, Barreiros, esas son las firmas legendarias que levantaron el parque móvil español de vehículos pesados durante el desarrollismo franquista y cuyos modelos aparecen aquí en todo el esplendor épico de su tarea. Aunque parcialmente velada, la estampa inequívoca de esas viejas glorias se deja entrever lo suficiente para permitirnos adivinar que el camión que se acerca de frente a un cambio de rasante es un Avia; el que deja atrás el perfil de un municipio y encara una pendiente, un Pegaso “mofletes”; el que se dispone a cruzar un puente alto de doble arcada, un Ebro. Y así en cada una de las ilustraciones.
   
    Aunque no es lo más evidente de su complejo discurso, Circular nocturna —cuyo título ideal hubiese sido, repito, Noche española— es también y sin lugar a dudas una exposición de añoranza camp de la imaginería del mundo del motor durante el mediodía del franquismo, fase que hoy, a más de medio siglo de distancia, se nos aparece como un capítulo de relevancia técnica y tenue modernidad acaparado por el casticismo español de viejo cuño y subsumido en su rancio barniz de gloria y fanfarria; una exposición apolítica y apolémica que coincide con el auge del enconamiento antiespañol que se vive en Cataluña —donde campa a sus anchas el eslogan “España nos roba” y funciona a todo tren el aspersor secesionista— y comparece puntualmente en la galería El Catascopio del barrio de Poble Sec de Barcelona sin mitigar ni mucho menos disimular ese rasgo suyo que, precisamente porque podría pasar desapercibido, conviene señalar aquí y evitar así que se pierda irremediablemente en el amplio flujo de un discurso puramente estético focalizado en la puesta al día de la nocturnidad romántica y su inevitable reseña de la insignificancia humana y técnica frente al pasmo del cosmos insondable.


Lo crucial en estos dibujos no es la anécdota que se repite en todos ellos con ligeras variantes. A saber: las luces de un camión solitario abriendo brecha en el paisaje sometido a la supremacía abusiva de la noche estrellada. Que esa luz desvele y enfatice la forma específica de un camino de grava, un árbol o una pared en ruinas es lo de menos. Aunque no es irrisoria —de hecho, va a interesar también al espectador más exigente—, esa anécdota figurativa y tenebrista funciona como reclamo para que nos aproximemos y, con algo de suerte y bastante fe, percibamos que lo esencial no es la luz ambulante del camión ni el resplandor eterno de las constelaciones, sino que lo crucial se da en las zonas sombrías del dibujo donde acampa el paisaje terrestre.
   
    A poco que nos demoremos lo suficiente frente a alguna de estas ventanas, acertaremos a distinguir en el negro uniforme y pleno vagos perfiles familiares. Son formas, cosas, gente, símbolos, traumas, tormentas y lo que cada quien acierte buenamente a ver; presencias que no están en el dibujo sino que las añade, en un acto de transferencia espontanea, el fervor del espectador. Cada hombre en su noche, así de hermosamente tituló Julien Green una de sus obras, frase que vendría a postular la existencia de una noche capital en la vida de todo hombre y, por extensión, de toda persona. El contenido torrencial de esa noche irremplazable es lo que volcamos en las tinieblas del dibujo. Lo que sea que veamos en esa intemperie anochecida es de lo más íntimo que hay en nosotros.
   
    Ignoro lo que, aparte de los inevitables camiones, otros verán en ellas cuando esas imágenes se exhiban en la galería, pero recuerdo perfectamente lo que yo vi la tarde que, puestas en hilera, las contemplé en el estudio de  Juan Miguel. Y lo que vi fue, ni más ni menos, que la última noche del atraso.


III – La noche propicia

Ser de origen rural es un absoluto sin grados ni matices ni escapatoria posible, un estigma visual y auditivo inconfundible, perdidamente irrevocable. No hay comunión como la de mentar con quien también lo ha visto cómo el almidón de la helada deja los rastrojos tiesos, cómo se aleja el soniquete de la esquila. No sé los otros, pero el atraso rural era hermoso: el viento era lo más lozano, y hasta el nombre de las maestras de las escuelas remotas era brisa leve y común: Claudia. De tan flacas, las evaporaba la canícula, y una áspera tormenta de gramíneas y barro las devolvía intactas: el mismo tacto de manzana claudia recobrado al cabo del diluvio. El viento. Era lo más lozano pero también lo más cruel: agitaba rosaledas y deshacía el pelo de las niñas con el mismo brío que los nidos. Pistilos de rosa, broza de gorriones y horquillas de alambre mortífero: el aire del atraso era irrespirable y así de hermoso.
   
    El recuento sesgado de la ruralidad siempre va de eso: de lo rudo y sensual que era todo por entonces. El tópico es cierto, pero en lo referente al verano se queda corto: era sublime y perverso de día, y doblemente sublime y acaso infinitamente pérfido de noche.


Las falenas y las palomillas que acuden a la luz son las que más saben de la brevedad del verano y del valor incalculable de la luz y el calor de una bombilla encendida en la noche tibia de las postrimerías del estío. Ya que me es literalmente imposible describir la secuencia inicial de esa última noche del atraso sin mencionarlas, la dejaré así: un sinfín de falenas cruzaban sus órbitas alrededor de un aplique de pared pobremente iluminado en la calle abierta al desvío de la nacional. Al detenerse el camión, la plaga abandonó de una la luz mortecina del aplique por el resplandor vivo y caliente que brotaba de los faros del vehículo parado. El chofer dejó el contacto y la radio puestos, y bajó a recoger un cabo suelto de lona que rozaba el suelo y a fumar de paso en la penumbra. Entonces oí la canción, el himno bisagra que delimitó con nitidez las áreas de sombra y luz de mis recuerdos. De una parte la mitad umbría de la ruralidad y la belleza absoluta del atraso secular; de otra, el porvenir iluminado, la belleza justa. Acabó de sonar el final de alguna pieza de música borrosa; qué sé yo a estas alturas la coda de qué canción exactamente eran aquella. Ni idea. Lo que recuerdo vivamente es que el prodigio desplegó su tapiz sonoro a continuación. Inextricablemente unido al aroma de gasoil y grasa de motor que transpiraba el camión, fluyó también de sus adentros el hachazo de una canción deslumbrante que partió mi mundo en dos. Yo era una falena que no sabía nada la brevedad del verano ni intuía siquiera el valor incalculable que la luz, el calor y el sonido de aquel estío tendrían para mí el resto de mi vida. Una falena que, como las otras, en aquel instante dejó la bombilla pobre del pasado por el resplandor caliente y vivo de un foco de luz distinta y poderosa. Un insecto adolescente que no sabía que aquel prodigio era Qué noche la de aquél día, ni por supuesto quiénes eran los Beatles.


Lo que yo veo en esta exposición es aquella noche repetida tantas veces como dibujos se exhiben. Veo hasta diecisiete variantes del adorable fantasma de un camión difunto desasido de sus propios despojos que circula hacia un levante de progreso y esparce en la noche las esporas de una canción. Un vehículo espectral que deja atrás la ceniza del pasado, el atraso de las aldeas humildes y las pedanías ilegibles entre tanto polen en suspenso, el de las bandadas de muchachos espiando en el crepúsculo y las niñas orinando en cuclillas en la espesura de una maleza llena de ojos; el atraso de las ancianas camino del rosario, el de las escuelas despobladas por una pasa de paperas y el de los oligofrénicos y los tontos de solemnidad sentados solos en los poyos, mirando nada; el atraso de los suicidas con boina y el de los párrocos cruzando el lodazal de las almas caídas; el atraso de las caballerías cargadas de lavanda y el del plasma de la tarde profunda que gotea sobre el atraso del mundo espesos coágulos de bodas, bautizos, comuniones y sepelios. 


Que cada cual decida a qué profundidad personal alude el vehículo que se abre paso en la densa noche de esta modesta serie de dibujos. Yo veo en todos ellos el espectro de un camión que atraviesa España por su ecuador simbólico: el surco que separa la modernidad incipiente de la ruralidad y el atraso secular. En mi caso, esa dolorosa linde la trazó con toda nitidez una canción crucial e indescriptiblemente hermosa que brotó una noche precisa de la radio de un camión parado.

    Lo que echo a faltar en estos dibujos es la tonada de la canción y el tufo a gasoil. Lo demás está todo igual que aquella noche inolvidable y propicia. La última noche del atraso.


© 2014, Eladio Palomares



                                                                †


LA ÚLTIMA NOCHE DEL ATRASO - I



Tal y como adelantábamos en la entrada anterior, lanzamos a continuación dividido en dos partes La última noche del atraso, texto de cierta extensión y compleja mixtura en el que Eladio Palomares, mediante una apertura peculiar, un desarrollo sólido y un emocionante desenlace, nos brinda su sentido y muy personal comentario acerca de la serie de dibujos que bajo el título Circular nocturna Juan Miguel Muñoz mostrará en la galería El Catascopio a partir del próximo 29 de enero.







LA ÚLTIMA NOCHE DEL ATRASO

                                                                 El día es bello, la noche es sublime.
                   Kleist

I - Vehículos espectros

Aún quedan despojos de camión en los arcenes, chatarra de viejos autos en los baldíos y jirones de metal viajado en los solares infames de provincias.
   
   Fuera de las vías de primer orden, despejadas de todo estorbo en aras de la seguridad, la fluidez y el aseo vial, no hay desplazamiento posible por el denso capilar de carreteras secundarias, comarcales, pistas forestales y caminos de mala muerte de todo tipo que no brinde la estampa de algún viejo camión apartado y desmembrado entre malezas u orillado en un solar de runa.
    
    La escasez de grúas, la desidia de las aseguradoras, alguna riada oportuna y el antojo de la casualidad se confabularon en su día para que algunos de los venerables vehículos de carga que cruzaron el país de punta a punta no recibieran la atención que merecían y resten a la vista en estado de abandono, expuestos al rigor del descubierto y el flagelo de los años.
   
    Como todo lo que palpita y tiene nombre propio, también el camión está sujeto al ciclo de la existencia y su culminación en el tránsito de la muerte seguida de la necesaria desaparición por inhumación en tierra, cremación o, en su caso, el reciclaje del metal y su disolución en los hornos de fundido. Para las culturas clásicas del Mediterráneo, la sepultura era el único salvoconducto que franqueaba las puertas del más allá al alma del finado. No había otro. Mientras los restos permaneciesen perdidos, inubicables, en paradero desconocido o dejados adrede sin cubrir y por consiguiente insepultos, el alma estaba condenada a permanecer y vagar sin arraigo por el mundo físico.
   
     Y no solo quedan despojos de camión en los arcenes, chatarra de viejos autos en los baldíos y jirones de metal viajado en los solares infames de provincias, sino también algo mucho más misterioso y esquivo por naturaleza: el alma transeúnte de cada uno de aquellos vehículos adherida todavía a sus hierros como un fantasma en letargo esperando la noche propicia.


Invocar la simplicidad de los antiguos, como acabo de hacer, es un recurso muy útil para explicar con sencillez asuntos complejos. Nunca falla. Se ha de utilizar de entrada para que ya de buen comienzo la idea base quede expuesta con toda nitidez. Es un excelente aperitivo cuando para proporcionar a nuestro argumento más consistencia hemos de pasar a confrontarlo con aparatos conceptuales de digestión algo más pesada como, en este caso, la escatología cristiana, cuya mención es del todo inevitable aquí ya que pese a la pérdida de hegemonía espiritual de ese credo y al declive de su acepción social en la actualidad, es evidente que su larga persistencia en el inconsciente occidental ha empapado por completo nuestro imaginario en lo que respecta a la existencia en el más allá y la vida de ultratumba.
   
    Son tres los posibles destinos del alma del finado según la escatología cristiana: Infierno, Purgatorio o Paraíso. Y también tres, según costumbre, las opciones terrenales del vehículo que por siniestro total, pura consunción o renovación del parque móvil ha quedado inservible: el reciclado inmediato en los hornos de fundido, el ingreso en el cementerio de autos o el abandono a la intemperie.
   
    Sin pausa que valga, día y noche las prensas de metal comprimen en alpacas la herrumbre obsoleta de todo el parque móvil del planeta, y el horno del progreso, inapelable, bulímico y frenético engulle, funde, procesa y vuelve a generar metal flamante para nuevos vehículos de última generación. En cuanto que son destinos irremediables y terribles que no tienen vuelta atrás y también ámbitos parecidamente sofocantes de punición eterna o fusión instantánea, el bíblico y el crisol de fundición son infiernos hermanos.
   
    La ciega combinatoria de pasado y porvenir en las moléculas del metal recién laminado es tan imprevisible, azarosa y poética, que no solo es probable, sino también hermoso y de una densidad simbólica considerable, que un Scania imponente recién matriculado en Dresde lleve en su ADN trazas del metal original del humilde Pegaso "mofletes" que, va para sesenta años, acarreaba ladrillos de adobe por la zona de La Alcarria; o que el nervio del Barreiros botellero que desde mil novecientos cincuenta y pocos hasta el setenta distribuyó hielo y bebidas gasificadas por los aledaños de Vicálvaro, haya pasado intacto a los muchos caballos del potente cuatro ejes cromado que ayer mismo salió del concesionario de Volvo en Bolonia.
   
     Siquiera sea de forma vicaria, atomizado y disperso por todo el nuevo parque móvil el vehículo difunto podría efectivamente regresar así al tránsito rodado. Pero en tanto que el metal reaprovechado, nuevamente fundido y laminado es neutro y de utilidad indistinta para la industria en general, no es descartable que la colada de metal líquido a donde ha ido a parar el nervio ambulante y rebelde de un camión feriante se utilice para la fabricación de una partida de clavos, sillas poltronas, tapas de alcantarilla o cualquier otro adminículo relacionado con el sedentarismo extremo o el anclaje definitivo.
   
    Para el que ha catado los cálices de la velocidad y el trasiego del viaje, el castigo supremo en ese infierno soporífero no es permanecer en él, sino volver a este mundo y verse confinado a perpetuidad en un punto fijo.


En la fosa común de metal y vasta herrumbre de los cementerios y desguaces de automóviles, verdaderos purgatorios donde yace, se lava y aguarda nuestro viejo parque móvil, vemos todavía, en una lamentable confusión de rangos que los denigra, vestigios de aquella casta épica de camiones apilados al descuido entre una plebe de turismos añosos, rancheras consumidas y caravanas trabajadas sin miramiento alguno por el ácido inmutable de la intemperie.
   
    Aunque están al descubierto, el estado de restos civiles puestos bajo la demarcación y al amparo del preceptivo cementerio de automóviles que acreditan esos vehículos les otorga de hecho un estatuto equivalente al de restos sepultos en suelo santo.
   
    Los amasijos acotados, cementerios y desguaces de automóviles son sin duda otras tantas franquicias del Purgatorio bíblico. El vehículo depositado en esos limbos ni está aquí ni en el más allá; no es todavía la molécula que volverá al tráfico rodado ni desgraciadamente será nunca el fantasma que aún circula ligado a este mundo. Es despojo que purga y espera, puro intervalo que ha quedado provisionalmente al margen de cualquier posibilidad de actividad transeúnte.


Si, como hemos visto, el horno de reciclaje y el Infierno comparten idéntica condición de destino inapelable, y por otro lado el Purgatorio y el cementerio de autos poseen también la misma cualidad de limbo transitorio donde el alma y el vehículo se lavan, depuran y aguardan; es sin duda el abandono a la intemperie —maldito para la mentalidad griega y obsceno en toda cultura— el único estado gozoso equiparable a la dicha de haber sido llamado al Paraíso de los justos y habitar en él.   
   
    El auténtico regreso a la circulación veraz es, pues, privilegio de los elegidos: los vehículos difuntos que pernoctan extramuros y en estado de abandono administrativo en suelo impío. Los camiones indomables desmembrados, reducidos a una lastimosa cabina desfigurada y un reguero de piltrafa diseminada por descampados y bancales. Como el otro, el paraíso con gasolineras también está reservado a los humildes y los vapuleados.
   
     Al igual que la toxina del amor, la pelusa del albaricoque o las muchachas en blusa vistas al trasluz, el deleite sensorial y la felicidad opiácea del desplazamiento por carretera solo son de este mundo. Lo hermosamente paradójico y próximo a la maravilla es que la negra suerte de los camiones insepultos de toda índole, de los abandonados a su suerte, los olvidados, saqueados, humillados, descarnados, tirados en los arroyos fecales del olvido tiene mucho más de fortuna y buena estrella que de negro destino.

   
    El fantasma de esos vehículos permanece todavía entre nosotros aguardando furtivo, año tras año, la noche en que todavía es capaz de circular. La única noche en que su presencia evanescente se activa y cubre nuevamente el mismo tramo por el que circuló durante aquella noche legendaria. La última noche del atraso.


(Continúa en la siguiente entrada)


                                                             †



sábado, 27 de diciembre de 2014

CIRCULAR NOCTURNA


  

Circular nocturna, lámina nº 4. Técnica mixta sobre papel, © 2012, Juan Miguel Muñoz.



Nos complace anunciar que el próximo 29 de enero se inaugurará en la galería El Catascopio la exposición de Juan Miguel Muñoz Circular nocturna, que permanecerá en cartel hasta el 15 de marzo. La muestra la integran diecisiete dibujos originales de una serie de veintitantos en total que fueron realizados hace un par de años para ilustrar Ruta nocturna, el flamante décimo número de nuestra colección Libros De La Micronesia.

    Cabe comentar que desde la clausura de la muestra La pelliza de hiedra en el Espai Ruïnes del Pati Llimona a principios de 1996 (exposición con la que oficiosamente se despidió de la escultura para acogerse a la edición marginal, que vendría a ser como salir de Guatemala para meterse en guatepeor), esta Circular nocturna será la segunda exposición que realiza al margen de la marca De La Pulcra Ceniza y que firma con su propio nombre. La anterior (La Whiskería, 2010) la componían la docena escasa de ilustraciones originales que realizó para Galaxia golosina, octavo número de Libros De La Micronesia.

    Además, he de mencionar otro evento en el que también se puede ver estos días obra de Juan Miguel aquí en Barcelona. Arts Santa Mònica ha prorrogado hasta el 25 de enero la muestra  Traç, el dibuix com a eina de coneixement, un extenso recorrido por las distintas maneras en que puede ser utilizado el dibujo como recurso polivalente (dibujo técnico, de moda, científico, artístico, de aficionado, etc.). En esa muestra figura un dibujo original de la serie El azul de la carne.

     La verdad es que firmar como propias únicamente dos sencillas exposiciones en casi veinte años y haber adjudicado las otras, las importantes, de más aparato y repercusión, a una suerte de marca o proyecto impersonal que hace las veces de cortina de humo es, en el caso de Juan Miguel, una actitud consustancial, auténtica y exenta de cualquier connotación de estrategia deliberada o pose más o menos forzada de cara a la galería. No en vano estos asuntos los rige, según él mismo dice, con acuerdo a dos exhortaciones de Epicuro y de Gauguin respectivamente (“vive oculto” “sed misteriosos”), que siempre le ha parecido que se avienen perfectamente con su forma de ser y practicar el arte.



Circular nocturna, lámina nº 8. Técnica mixta sobre papel, © 2012, Juan Miguel Muñoz.



Circular nocturna es una muestra monotemática de dibujos en los que únicamente aparecen camiones circulando de noche. Para despejar (o complicar más, que nunca se sabe) las cenagosas cuestiones del porqué de esas imágenes, de su curiosa semántica nocturna, hipotético significado y de lo que en definitiva el autor viene a contarnos desde las paredes de la galería El Catascopio, De La Pulcra Ceniza publicará, en uno de sus elementales bolsillos, el texto de Eladio Palomares La última noche del atraso, extenso comentario que nos parece suficientemente clarificador y que en breve subiremos íntegramente a este blog.



Circular nocturna, lámina nº 16. Técnica mixta sobre papel, © 2012, Juan Miguel Muñoz.



Circular nocturna, dibujos de Juan Miguel Muñoz.
Galería El Catascopio, c/ Margarit, 17, 08004, Barcelona.
Del 29 de enero al 15 de marzo de 2015.
Inauguración: 29 de enero a las 19,30h.


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