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jueves, 24 de diciembre de 2015

DIBUJANDO CON INGRES



Madame Ingres dibujada por su esposo. Ejemplo cabal del dibujo entendido como "probidad del arte".


Si no recuerdo mal —aunque es posible que me equivoque—, creo que fue Donal Judd quien, en una bravata sentenciosa y más o menos apocalíptica, dijo que “el arte como representación está acabado”. Si bien tengo mis dudas respecto a la autoría de ese dictum, no tengo ninguna respecto a que fue Ingres quien de manera harto hermosa, delicada y al mismo tiempo exigente afirmó —en una expresión de contenido y temperatura vital diametralmente opuestos a los de Judd— que “el dibujo es la probidad del arte”, cabe decir la honradez y el recto obrar con un lápiz en la mano en lo que se refiere no ya a mera representación, sino a fidelidad cumplida y adecuación entre el modelo natural y su plasmación sobre el papel. Cuando se es Ingres, la probidad del lápiz es máxima y no solo da exacta y minuciosa cuenta de las proporciones y el parecido del modelo, sino que el probo instrumento del maestro penetra más allá de la cáscara visible y es también capaz de hacer que la línea hable y deje entrever los rudimentos de la vida psíquica que hay detrás.

   Aunque como artista deudor de mi tiempo cabría esperar que rindiera algún tipo de pleitesía y de respeto debido más a Judd que no a Ingres —esa noble y gélida antigualla—, lo cierto es que mi gusto se inclina en sentido inverso. El amor es ciego, pero el deseo —y también el gusto— no. Entiendo que uno  ha de seguir su propio camino del corazón aunque sea a costa de pasar por inactual, trasnochado, poco informado y, lo que es peor, con poca o ninguna retina para el arte penúltimo y, por consiguiente, tampoco para el último.

   El tiempo ha venido a demostrar que si bien el tono apocalíptico de su afirmación iba en la dirección correcta, Judd se quedó corto en lo que respecta al verdadero alcance del agotamiento del arte, que él sanciona y atribuye únicamente al figurativo o de representación, pero que en realidad, y según algunos de sus más conspicuos estudiosos, afectaría a la totalidad del arte, que a estas alturas sería ya puro fiambre.


Donal Judd rodeado de sus acólitos y pontificando acerca del fiasco del arte como representación. N.Y. 1974.


Además de ser grado cero del arte y cimiento básico sobre el que inevitablemente se ha de construir, atributos que ya tenía, Ingres otorga al dibujo el cometido capital y cargo de máxima responsabilidad ética de ser también modelo de honradez y recto obrar. Y ese era mucho cargo para el humilde dibujo. No en el caso de Ingres, ya que él predicaba con el ejemplo y su dibujo es, efectivamente, no solo la probidad sino también la divina prueba del nueve de toda su obra, pero sí en el caso de artistas de menos talento y sobre todo de menos solvencia técnica.

   Aunque todavía queda quien lo sigue empleando en clave de máxima exigencia —Antonio López es uno de ellos—, lo cierto es que hoy día al dibujo se le ha aligerado de toda aquella responsabilidad con la que cargaba en los tiempos de Ingres. Al dibujo ya no se le exige como antes, y por descontado que lo raro y verdaderamente poco usual es que en estos tiempos de relativismo ético —amén de estético— se le exija, como quería Ingres, una ética de mínimos encarnada en la honradez, el recto obrar o algo similar. Son, ya digo, otros tiempos y otras maneras de entender, practicar y afrontar el dibujo, el grado cero del arte como representación entendida a la vieja usanza.


Todo ese preámbulo viene a cuento de que yo también dibujo; es más, una buena parte de mi escasa producción se la lleva Libro del sábado, una sola y extensa obra compuesta de sesenta dibujos a lápiz de grafito sobre losas de mármol; trabajo complejo y de cierta amplitud —ocupa una superficie de unos 45 m2— que me ocupó de 1998 a 2014 y que expuse, junto a una buena parte del resto de mi producción, en el Espai Betúlia en la primavera de ése año.

   Traigo aquí algunas muestras de ese conjunto espigadas al azar y su correspondiente apunte previo, extraído de uno de mis cuadernos de trabajo del año 2000. Digo apunte previo ya que es evidente que se trata de una mera anotación esquemática que para mí es suficiente, pero que nada tiene que ver con el boceto o el estudio preliminar trabajado —que yo no suelo acometer—, géneros menores o de apoyo en la época Ingres y soberbia fábrica donde el maestro doma la línea y la hace hablar, con gracia y limpieza, de una pasmosa epifanía: la del asombroso parecido. Ese misterioso fenómeno —que uno ha convocado una y otra vez con desiguales resultados, como aquí se ve— es el que, cuando se logra, otorga todavía al dibujo la gravedad y la nobleza simple que implica ser, aunque ya no se lleve, “la probidad del arte”.





Apunte previo (arriba) y dibujo final. Libro del sábado, lámina nº 33. 
© Juan Miguel Muñoz, 2001





 Apunte previo (arriba) y dibujo final. Libro del sábado, lámina nº 17. 
© Juan Miguel Muñoz, 2000. 





Apunte previo (arriba) y dibujo final. Libro del sábado, lámina nº 37.
© Juan Miguel Muñoz, 2004.






Apunte previo (arriba) y dibujo final. Libro del sábado, lámina nº 51
© Juan Miguel Muñoz,  2002.


                                                                 †



sábado, 7 de noviembre de 2015

20 LÍNEAS





Procuro siempre dejar las tardes de los viernes para la deriva, el vagabundeo ocioso y la caminata demorada y sin propósito alguno. Rectifico: a decir verdad, propósito si hay, y no es otro que el de poner en práctica la hermosa exhortación de Valéry: “Hay que reservarse tiempo para el espíritu. Para el espíritu hace falta tiempo perdido”.

    Valéry está todavía ahí mismo, pero a la vez, y dicho sea con todo respeto, es una antigualla, una reliquia de aquella bendita época que todavía ―pero ya por poco― transigía de buen grado con la existencia de tiempo improductivo, de ocio sin más. La nuestra ―la de la sociedad líquida y el tardocapitalismo cínico y farmacopornográfico― es una época sombría  incapaz de concebir el ocio como tal y por separado del ajetreo consumista, o sea, como tiempo para la higiene del alma.

    A eso tan delicado de ejercer el ocio para la higiene del alma me quiero volver a dedicar, como decía más arriba, las tardes de los viernes.

    
La deriva de turno me condujo ayer hasta las callejas tardías del Raval, y me hizo pasar, justo cuando conectaban la iluminación, por delante de la galería etHALL. La exposición ya la había visto hacía semanas ―de hecho hoy es su último día en cartel―, pero me pareció que no había casualidad alguna, que la sala abría y se iluminaba para mi exclusivo deleite. Y entré a ver de nuevo la muestra 20 líneas del ilustrador Matt Madden.




    Según indica el autor mismo en el pliego explicativo, esas "20 líneas" son una réplica gráfica a las veinte líneas de redacción que practicaba a diario el escritor Harry Matthews ―su referencia directa―, quien, a su vez, no hizo más que aplicarse y seguir el consejo de Stendhal de escribir diariamente, “seas o no un genio”, un mínimo de veinte líneas. 

    Es más que probable que a Stendhal nunca se le pasara por la cabeza que con el paso del tiempo la porosidad de los lenguajes, las prácticas transversales y las influencias entre las diferentes artes, convertidas hoy en un solo vaso comunicante, harían que su conseja de escritor a escritor fuese literalmente utilizada en el ámbito de las artes plásticas. Y es que Madden, que es ilustrador, ha puesto en evidencia que la línea de escritura y la dibujada podrían en cierto sentido ser equivalentes, y que el contenido semántico de la expresión “veinte líneas al día” es polisémico y de aplicación y provecho indistinto para escritores y también para grafistas.

    Es muy significativo el comentario que Madden deja ir respecto a la estrategia que hay tras esos ejercicios de línea y diga que su objetivo era “profundizar en el dibujo, porque siempre tiendo más al pensamiento estructural/lingüístico”. Creo que el comentario permite entrever que, aunque sea autor de comics, Madden pertenece sin duda al ala pop de esa hermandad de gente rara que, cuando se sienta ante la hoja en blanco, no sabe todavía bien si es para escribir, dibujar y pintar o ambas cosas. La hermandad de los Blake, Michaux, Sarduy, Lamborghini y Ullán, entre otros.

    La exposición me pareció una delicia en su día y me lo ha vuelto a parecer en esta segunda visita. Según Madden, son meros ejercicios de rigor e inventiva hechos a diario utilizando tan solo veinte líneas, pero sorprende ver cómo con mimbres tan primarios y escasos es capaz de articular un repertorio tan variado. Aunque su puesta en escena ―sobre el mismo tipo de papel blanco, en idéntico formato y siempre con tinta negra― es de índole serial, los resultados que obtiene son afortunadamente diversos y muestran un amplio espectro de intereses que van de  lo gráfico a lo caligráfico e incluso a lo narrativo, en algunos de sus resultados más elaborados y felices.

    Y luego está, para rematar, la factura de la exposición, de una sobriedad y delicadeza admirables. Los dibujos no se han enmarcado, se han dejado tal cual sobre una discreta moldura blanca que apenas sobresale un centímetro del plano de la pared y recorre, en uno o dos niveles, el perímetro de la pequeña galería. Notable alto, sin duda.
















domingo, 1 de febrero de 2015

CIRCULAR NOCTURNA II



Vista de la Galería El Catascopio desde el exterior.


El pasado jueves día 29 a las 19,30 h. se abrían las puertas de la galería El Catascopio y quedaba formalmente inaugurada Circular nocturna, mi décima muestra individual y exposición por completo distinta a Nilo abajo, clausurada hace apenas medio año en el Espai Betúlia de Badalona.

    La obra que cuelga de las paredes de El Catascopio es de hecho tan diferente a la que se exhibía allí, que ni por asomo parece del mismo autor. Esa circunstancia descolocó a algunos de los asistentes que nos han seguido poco y no acaban de estar al día de la feliz circunstancia de que nunca (o casi) nos repetimos.

    A diferencia de Nilo abajo, exposición de mucho aparato, hecha con el diafragma de la sensibilidad completamente abierto y en la que coexistían y se cruzaban multitud de técnicas, poéticas, caminos y propuestas, esta Circular nocturna es una muestra austera, casi severa, exenta de aparato y hecha con el diafragma cerrado y enfocado sobre una sola técnica y un único asunto: el collage mixto y los camiones circulando de noche.

   Como ya hemos apuntado en alguna entrada anterior, las ilustraciones fueron realizadas en 2012 para iluminar Ruta nocturna, poemario de David Aceituno publicado al año siguiente por De La Pulcra Ceniza.


Tras pasar por el escáner, las ilustraciones de Circular nocturna llevaban archivadas desde la primavera de 2013. Desde entonces, dormitaban fuera de circulación en un portafolio depositado en uno de los estantes del taller. Sin saber lo que se me venía encima, el pasado verano decidí sacarlas y airearlas.

    El catalizador que puso en marcha las reacciones que culminaron en la inauguración del pasado jueves fue mi buen amigo Lorenzo Casado, quien, en una visita relámpago a mi taller, vio los originales, sin encuadrar ni enmarcar, sujetos con imanes a un riel metálico. Como quiera que le dije que los tenía a la vista para ir revisándolos, ver de enmarcar algunos para compromisos e ir mirándolos sin mayores propósitos, él me espetó una exhortación que resultó providencial: “No divagues, tío. Tienes delante de las narices una bonita exposición”. Ahí comenzó todo.

    Con posterioridad, he caído en la cuenta de que ese “No divagues, tío…” tiene cierta similitud con la conocida (es un decir) amonestación que Lady Macbeth lanza a su marido en el segundo acto del célebre drama: “No caviles tanto”. Los amigos con visión y las esposas decididas están para eso: para que acertemos a ver lo esencial entre lo meramente accesorio.

    Como me gusta hacerlo a mi manera y barato, los dibujos los enmarqué yo mismo (corte del vidrio incluido) cómodamente y sin prisas a lo largo del pasado verano, cuando ya había acuerdo con Rebeca, la galerista que pilota El Catascopio.


Lo mencioné en la breve alocución que hice durante la inauguración y lo repito aquí para que, por así decirlo, conste en acta y no quede como apunte oportunista o flor de una sola tarde: por nitidez de enfoque, gracia en la ejecución y rotundidad poética, yo diría que Circular nocturna es una de mis mejores exposiciones, si no la mejor.



Vista parcial de la exposición. A la derecha, tablón de avisos que contiene la circular nocturna.


Documento que da nombre a la exposición.


Vista parcial de la exposición



Vista parcial de la exposición desde el exterior.

Vista parcial de la exposición

Vista en detalle de una de las obras expuesta.

Vista en detalle de una de las obras expuesta.

Vista en detalle de una de las obras expuestas.




Vista general de la galería desde el exterior.


Rebeca, galerista y piloto de El Catascopio.



                                                                                   

sábado, 27 de diciembre de 2014

CIRCULAR NOCTURNA


  

Circular nocturna, lámina nº 4. Técnica mixta sobre papel, © 2012, Juan Miguel Muñoz.



Nos complace anunciar que el próximo 29 de enero se inaugurará en la galería El Catascopio la exposición de Juan Miguel Muñoz Circular nocturna, que permanecerá en cartel hasta el 15 de marzo. La muestra la integran diecisiete dibujos originales de una serie de veintitantos en total que fueron realizados hace un par de años para ilustrar Ruta nocturna, el flamante décimo número de nuestra colección Libros De La Micronesia.

    Cabe comentar que desde la clausura de la muestra La pelliza de hiedra en el Espai Ruïnes del Pati Llimona a principios de 1996 (exposición con la que oficiosamente se despidió de la escultura para acogerse a la edición marginal, que vendría a ser como salir de Guatemala para meterse en guatepeor), esta Circular nocturna será la segunda exposición que realiza al margen de la marca De La Pulcra Ceniza y que firma con su propio nombre. La anterior (La Whiskería, 2010) la componían la docena escasa de ilustraciones originales que realizó para Galaxia golosina, octavo número de Libros De La Micronesia.

    Además, he de mencionar otro evento en el que también se puede ver estos días obra de Juan Miguel aquí en Barcelona. Arts Santa Mònica ha prorrogado hasta el 25 de enero la muestra  Traç, el dibuix com a eina de coneixement, un extenso recorrido por las distintas maneras en que puede ser utilizado el dibujo como recurso polivalente (dibujo técnico, de moda, científico, artístico, de aficionado, etc.). En esa muestra figura un dibujo original de la serie El azul de la carne.

     La verdad es que firmar como propias únicamente dos sencillas exposiciones en casi veinte años y haber adjudicado las otras, las importantes, de más aparato y repercusión, a una suerte de marca o proyecto impersonal que hace las veces de cortina de humo es, en el caso de Juan Miguel, una actitud consustancial, auténtica y exenta de cualquier connotación de estrategia deliberada o pose más o menos forzada de cara a la galería. No en vano estos asuntos los rige, según él mismo dice, con acuerdo a dos exhortaciones de Epicuro y de Gauguin respectivamente (“vive oculto” “sed misteriosos”), que siempre le ha parecido que se avienen perfectamente con su forma de ser y practicar el arte.



Circular nocturna, lámina nº 8. Técnica mixta sobre papel, © 2012, Juan Miguel Muñoz.



Circular nocturna es una muestra monotemática de dibujos en los que únicamente aparecen camiones circulando de noche. Para despejar (o complicar más, que nunca se sabe) las cenagosas cuestiones del porqué de esas imágenes, de su curiosa semántica nocturna, hipotético significado y de lo que en definitiva el autor viene a contarnos desde las paredes de la galería El Catascopio, De La Pulcra Ceniza publicará, en uno de sus elementales bolsillos, el texto de Eladio Palomares La última noche del atraso, extenso comentario que nos parece suficientemente clarificador y que en breve subiremos íntegramente a este blog.



Circular nocturna, lámina nº 16. Técnica mixta sobre papel, © 2012, Juan Miguel Muñoz.



Circular nocturna, dibujos de Juan Miguel Muñoz.
Galería El Catascopio, c/ Margarit, 17, 08004, Barcelona.
Del 29 de enero al 15 de marzo de 2015.
Inauguración: 29 de enero a las 19,30h.


                                                             †



sábado, 15 de marzo de 2014

LIBRO DEL SÁBADO (II)




El próximo jueves día 20 de marzo a las siete de la tarde inauguramos Nilo abajo en el imponente Espai Betúlia. La muestra, que se podrá visitar hasta el 31 de mayo, repasa la trayectoria de De La Pulcra Ceniza desde 1995 y será de largo nuestra exposición más completa hasta la fecha.
   
   El pasado día 13 hicimos el traslado del material desde nuestro cuartel general en la calle Nilo hasta las instalaciones del Espai Betúlia en Badalona. La mayor parte de las dos toneladas que desplazamos correspondía al peso muerto de Libro del sábado, obra inédita hasta ahora debido en parte a sus dimensiones (100m3), cuya primera versión, provisional todavía, presentaremos en el espacioso marco del Espai Betúlia.
    
   Puesto que la distribución de las veintiséis vitrinas que compondrán el resto de la exposición queda supeditada a la ubicación de esa obra de gran tamaño, hemos comenzado por ahí el laborioso proceso de instalación del conjunto.
    
   Quedan todavía cuatro días de montaje, colocación de vinilos e ilumi-nación para que Nilo abajo quede en perfecto estado de revista, pero Libro del sábado  ya se puede ver.

   Si la aparición de la Biblioteca fósil en 2005 fue el primer síntoma de que De La Pulcra Ceniza no era un pequeño sello editorial al uso en el ámbito de la edición de artista, estamos convencidos de que Libro del sábado vendrá a confirmar, puede que hasta con cierta contundencia, la peculiaridad del proyecto.













domingo, 15 de diciembre de 2013

EL AZUL DE LA CARNE




El azul de la carne I (detalle), lápiz y técnica mixta sobre papel. © Juan Miguel Muñoz, 2013.


La noche primigenia de la especie es la del homínido, la noche en la sabana impenetrable atestada de peligros. Nuestros ancestros no conocían aún el palo como extensión amenazadora del brazo, ni tampoco la posibilidad de utilizar una piedra como arma arrojadiza. A semejanza del resto de los animales, su principal arma de ataque y defensa era la boca.
    
    Si bien la boca bestial del homínido fue la primera arma y antiquísimo eslabón inicial de una cadena que llega hasta el drone y el misil inteligente, fue también el órgano que desarrolló los rudimentos del lenguaje hablado. Al parecer, fue una facultad que desarrollaron primeramente las hembras para estar en todo momento en comunicación y no perder a las crías entre la maleza alta y densa de la sabana.



El azul de la carne II (detalle).


La complejidad simbólica y la riqueza polisémica de la boca se asientan  en el amplio abanico de funciones que ejerce —respiratorias, nutricias, defensivas, lingüísticas, eróticas—, muchas de ellas claramente anticipatorias de habilidades y técnicas asumidas posteriormente por las manos y las herramientas.
    
    La boca fue la primera arma; como atestiguan las antiquísimas siluetas de manos sobre las que se soplaron buches de color pulverizado, el primer pincel; y fue también un antecedente elemental de lo que llegaría a ser la imprenta.
     
    El mordisco violento de ataque o defensa es la primera prueba de imprenta, el gesto atávico de violencia extrema que prefigura no solo la imprenta de Gutenberg, sino también un sistema de impresión posterior y muy sofisticado: la cuatricomía o impresión en cuatro colores negro, cian, magenta y amarillo cuya superposición produce la imagen en color. Esa sucesión de colores no es otra que la evolución de las tonalidades del hematoma que todo mordisco violento deja en la carne hasta que desaparece.
    
    El paso del azul por la carne —El azul de la carne— es uno de esos estados, acaso el único memorable por ser de largo el más hermoso y perturbador.

El azul de la carne II, lápiz y técnica mixta sobre papel. © Juan Miguel Muñoz, 2013.

El azul de la carne III, lápiz y técnica mixta sobre papel. © Juan Miguel Muñoz, 2013.

El azul de la carne IV( detalle), lápiz y técnica mixta sobre papel. © Juan Miguel Muñoz, 2014.

La boca es una imprenta orgánica. La disposición de las piezas dentales en los maxilares es semejante a la de los tipos móviles en el componedor del cajista. La ortodoncia y la mecánica dental son operaciones de alineamiento de piezas móviles equiparables a la ordenación de los espacios y los tipos en la imprenta clásica; el objeto de ambas técnicas es idéntico: conseguir la regularidad y la armonía de la impresión, tanto si se trata de un texto sobre papel o de una dentellada pasional sobre el pecho del amante.
    
    A contrapelo de los valores que habitualmente se le atribuyen como elemento imprescindible para la difusión de la cultura entendida como factor de acercamiento y cohesión, McLuhan, Ong y Ramus, entre otros, vieron en la imprenta una tecnología extremadamente violenta, “…un arma lineal de agresión niveladora”. Nuestra humilde aportación a la vieja tesis de esos maestros es sugerir que acaso la violencia inherente a la tecnología de la imprenta le viene impuesta por su oscuro parentesco con la boca, primera arma y también primera imprenta.
    
    Según McLuhan, la “Galaxia Gutenberg”, el largo período en que nuestra cultura y hábitos quedaron a merced y fueron configurados por el carácter hipnótico de la cultura visual encarnada en la tipografía y la imprenta, quedó superada en 1905, cuando la Teoría de la Relatividad dio carta de naturaleza a algo inconcebible hasta entonces: el espacio curvo.
    
    La boca es mucha boca. Se anticipó a la imprenta y, según la mitología hindú, también a la noción del universo como espacio curvo.
    
    Así lo cuentan: unos muchachos dijeron a Yashoda que Krishna, su hijo, se hocicaba en el suelo y masticaba lombrices y barro. La madre lo llamó y le hizo abrir la boca para comprobarlo. Krishna era encarnación de un dios en cuerpo de niño; su boca no era como la de los demás. Yashoda vio abrirse los labios de su hijo y miró adentro. En el cielo de aquella boca vio las galaxias y el universo entero graciosamente pequeño y cóncavo como el paladar.


Yashoda ve el universo en la boca de Krishna. Postal hindú.




El azul de la carne es el título de una serie de dibujos que he comenzado con vistas a mi próxima exposición en el Espai Betúlia de Badalona. El trabajo es exclusivamente un comentario en imágenes de mis ideas acerca de la boca como imprenta primigenia y del mordisco violento como antecedente de los procesos de impresión en cuatricomía. No es, por supuesto, apología alguna de la agresión ni de la violencia de género o de cualquier tipo.



domingo, 24 de noviembre de 2013

PENCIL SKETCHES



Jean Auguste Dominque Ingres, retrato de Victor Dourlen, 1808.


Dos eminencias francesas de mediados del ochocientos, Ingres y Charles Blanc, vinieron a coincidir por separado en que la práctica del dibujo en aquellos tiempos recios, además de fundamento rocoso y estable en que se asentaba la pintura, era también la garantía de que en ese predio todo seguía bajo control y estaba en orden. En su momento, Ingres dijo muy hermosa y solemnemente que “el dibujo es la probidad del arte”. Blanc, por su parte, vino a echar leña a ese mismo fuego, pero lo hizo con una expresión que hoy se nos antoja deliberadamente moderna por provocadora y polémica, pero que en su momento se aceptó con la mayor naturalidad y sin chistar: “el dibujo es el sexo masculino del arte… y el color el sexo femenino”. Al margen de cuál sea su anecdotario de ropa interior y de las insospechadas implicaciones de género que pudiera tener el ejercicio del dibujo, lo que interesa señalar aquí es que ambos, Ingres y Blanc, quisieron dejar claro, por si aún no lo estaba y también como aviso a los sediciosos que no tardarían en llegar, que no había otro gran arte que el académico y de contenido narrativo, y que el dibujo era el adusto vigía que oteaba desde las alturas y garantizaba la continuidad del viejo régimen.

    De eso hace ya bastante tiempo, y, desde entonces, en el mundo y en el arte todo ha sido mudanza y sobresalto; de manera que a estas alturas ambas expresiones son mera arqueología de vitrina, vestigios verbales de cuando lo propio de la pintura era quietud, oficio e ir ilustrando sin más complicaciones.

    Es de sobra conocido que la revuelta que puso patas arriba el panorama del arte y lo puso a arder definitivamente —sin que los cabecillas llegaran siquiera a suponer que, con el tiempo, aquel saludable calar fuego a muebles viejos acabaría en incendio incontrolado— se originó con un tímido desacato: el de los pintores que se negaron a seguir al servicio de la literatura so pretexto de que la pintura tenía su propia sintaxis y no podía seguir siendo una técnica vicaria puesta al servicio de terceros.

    Ahí comenzó todo: en la negativa de unos cuantos irreverentes a seguir despachando pintura alegórica, histórica, académica, o sea, de contenido narrativo o rotando en la órbita de la literatura, que, como dijo nuestro Miguel de Unamuno, “no es más que muerte”.

Ingres, retrato de Madame Gounod, 1833.


Han girado los años, el panorama es muy otro y el arte oficial de hoy —que lo hay— resultaría para Ingres y Blanc irreconocible no ya como Gran Arte venido a menos, sino siquiera como entretenimiento meramente pasable. Eso en el caso hipotético de que la radiación desbocada de Fukushima los sacase a ambos de sus tumbas convertidos en zombis y los devolviese como espectadores al circuito de galerías y museos.

    Aunque en apariencia el panorama actual de la “cosa artística” poco tiene que ver con el estado de las artes a mediados del diecinueve, cuando el arte de contenido narrativo, o sea, literario, vivía su apogeo rodeado ya de sediciosos que, sin saberlo aún claramente, vindicaban el camino de la pureza libre de argumentos, anécdotas mitológicas y demás estorbos. Aunque, decíamos, el panorama es aparentemente muy otro tras más de cien años de clara hegemonía de un arte exento de implicaciones literarias, lo cierto es que una buena parte de las corrientes del arte contemporáneo han pactado sin complejo alguno con el ente demonizado cuyo rechazo frontal impulsó la revuelta artística que nos traería el arte por el arte, la abstracción y las vanguardias; han llegado a acuerdos con lo narrativo, o sea, con la literatura.

    Como era de esperar, y muy a despecho sobre todo de Ingres, el dibujo, pura probidad y masculinidad del arte en los tiempos recios del ochocientos, ha claudicado también, pero a lo grande: no es que haya vuelto al redil de los contenidos narrativos, sino que se ha dejado embaucar y se ha convertido en literatura sin más.

    Precisamente estos días, y hasta el próximo doce de enero, Pencil sketches, la exposición de anotaciones originales de Emily Dickinson y Robert Walser que puede verse en The Drawning Center de Nueva York, fuerza otra vuelta de tuerca y viene a redundar sin ambages en algo que ha sido ya plenamente aceptado: que la literatura en su manifestación germinal y netamente genuina, o sea, la anotación hecha a vuelapluma, es dibujo por derecho propio y sin lugar a dudas.


Nota manuscrita de Emily Dickinson.



Nota manuscrita de Emily Dickinson.


Micrograma, nota manuscrita de Robert Walser.

Micrograma, nota manuscrita de Robert Walser.

En su momento, Ingres y Blanc apelaron al dibujo como guardián impasible e insobornable del viejo régimen de las artes sometidas muy gustosamente a lo narrativo.

    Hoy el argumento y lo narrativo han vuelto a posicionarse en el arte oficial —del oficioso nunca llegaron a irse—, pero con más ínfulas de las que nunca tuvieron; y es que la literatura ha suplantado al dibujo y se exhibe a sí misma como tal.