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sábado, 22 de octubre de 2016

PERRERÍAS A LOS LIBROS



Barton Lidice, Censored book, 1974. Claro ejemplo de lo que es
hacerle perrerías a un libro.


Es ya un tópico que algunos críticos y comentaristas de arte actual nos vengan advirtiendo de que la genialidad y la tontería pueden ser muy parecidas o incluso prácticamente idénticas, y que no es nada fácil distinguir ―ni siquiera para los del gremio― la joyería de ley de la alta bisutería. Si bien el arte de hoy es terreno abonado para ese tipo de malentendidos, lo cierto es que en otras épocas y culturas mucho menos permisivas que la actual, asentadas en la garantía de la tradición y dotadas de criterios de validación muy rigurosos, tampoco era sencillo distinguir lo primoroso exquisito de entre lo también primoroso pero ligeramente inferior. La capacidad para reconocer esa sutilísima gradación a la baja era prenda de conocedores, iniciados y demás minorías de gusto y perspicacia exquisitamente trabajados.

    A ese respecto, me viene a la memoria uno de los fragmentos de Wen fu, famoso decálogo de Lu Ji sobre composición literaria que Luis Racionero incluyó en su Textos de estética taoísta. En el sexto apartado del mencionado decálogo Lu Ji se refiere expresamente al hiato apenas perceptible que hace de corte entre lo pasable y lo que ya no cuenta: “…los méritos literarios se miden por granos y escrúpulos; los elegidos y los desechados solo están separados por el grosor de un cabello”.

    Cuando es la propia obra lo que se dirime y está en el punto de mira, también el artista suele tener los sensores muy finos al escrutinio que se le hace, a cómo se le sopesan las minucias y los acentos, y a cómo de fino se hila con lo suyo. No en vano suele ser a veces la lectura apresurada y parcial de esos detalles ínfimos, cuando no su omisión, el factor decisivo para atribuirle ascendencias putativas de toda índole y parentescos algo peregrinos.

    Como ilustración cabal de lo que digo, traigo a este humilde blog noticia de la anécdota en que me vi envuelto una noche del pasado mes de junio durante la cena de azotea a la que acudí invitado. Al cabo de los platos, el vino, los postres y el cava llegaron los licores. Fue entonces cuando la conversación, que había sobrevolado sin mayor concreción por encima de una serie de generalidades de naturaleza diversa incluido el arte, derivó hacia esa parte de la escena plástica que utiliza el libro como soporte básico para pintar, esculpir, construir, collagear y efectuar todo tipo de manipulaciones, combinatorias y experimentos. A lo largo de la conversación mencionamos y sacamos a la palestra algunas de las figuras más conocidas y difundidas de esa corriente: Rush-Lee, Barer, Blackwell, The, Laramée, Korzer-Robinson, Lidicer y tutti quanti  han conseguido cierta notoriedad por esa vía.

    Departíamos sin mayores sobresaltos respecto a si el trabajo de Rush Lee no será más efectista que otra cosa, o si la obra de Laramée es el perfecto epítome de lo pintoresco dentro del “cut book art”, cuando, de súbito, al exclamar yo —en tono más cachondo que reprobatorio, todo sea dicho— que la actitud básica de esa escuela es hacer perrerías a los libros, la conversación tomó un cariz algo polémico, ya que de inmediato se me replicó que los ejemplares tuneados de nuestra colección La Estampa Indeleble también son libros sometidos a manipulación y perrerías diversas, y que denostar en otros lo que uno mismo practica es hipocresía y doblez intolerables.

    Cuando es de la propia obra de lo que se opina, como decía más atrás, el interesado ―yo mismo, en este caso― suele tener los sensores auditivos muy finos a todo tipo de minucias y matices semánticos. Que alguien afirme que nuestra colección La Estampa Indeleble se alinea del lado de las poéticas que alteran de manera irreparable y definitiva la condición del libro, no es que omita insignificancias, sino que se salta a la torera importantes matices de metodología y concepto que decantan nuestro trabajo en una dirección bien distinta.

    Lo lamentable para mí de ese capítulo es que, cuando me disponía a tomar la palabra y abrir mi turno de réplica, llegaron invitados rezagados, ajenos al debate y con ganas de gresca. Sacaron una nueva remesa de cava, nos adentramos en una suerte de recena tardía y la conversación quedó aparcada. Aunque dista mucho de ser un turno de réplica en condiciones, este blog me permite retomar el hilo de la conversación y avivar de nuevo la polémica. Ahí va.


Libros recortados de Alexander Korzer-Robinson. Ejemplos
de lo que es la perrería selectiva con final estético.

Obra de Jacqueline Rush Lee. Claro ejemplo de perrería sumarísima
por inmersión en agua.

En los meses que han pasado desde la noche de autos he tenido tiempo de reflexionar acerca de la expresión “hacer perrerías a los libros”, locución en la que me reafirmo, ya que en absoluto se me antoja exagerada sino todo lo contrario: entiendo que resume con fidelidad, economía y cierto sentido del humor el enorme abanico de procedimientos y técnicas, prácticamente todas ellas invasivas, destructivas, mutiladoras y vejatorias, que los artistas a que nos referíamos aplican sobre el indefenso libro. Solo hay que echar un vistazo a las imágenes adjuntas para ver que mi observación es rigurosamente cierta. No censuro esos procedimientos, pero me abstengo de aplicarlos, por pudor. La Estampa Indeleble es un ejemplo palmario de respeto y consideración, y tiene poco en común con las poéticas de laceración e intervención lesiva sobre el libro.

    Las diferencias que hay entre esos procedimientos traumáticos y los que nosotros aplicamos en La Estampa Indeleble están a la vista y no son meros matices ―o “granos y escrúpulos”, por decirlo nuevamente con Liu Jo―, sino  importantes discrepancias de método que tiene su origen en profundas y muy disímiles maneras de entender la naturaleza y la identidad del libro como objeto peculiar. Tal y como hemos expuesto en distintas argumentaciones, textos, ponencias y demás estrategias de difusión de nuestro ideario, en De La Pulcra Ceniza entendemos que el libro no es un objeto inerte, sino una entidad que posee vida vegetativa y es a la vez forma viva y unidad de sentido. La verdadera naturaleza del lenguaje es la de fluido verbal; su codificación alfabética y posterior amarre al papel por medio de la imprenta son formas aberrantes de sometimiento y fijación de lo que no es más que fluido. El libro es una unidad de sentido indisoluble entre lenguaje cautivo y forma impresa. Toda mutilación o alteración por sustracción le acarrea el cese de la función vegetativa y supone su descenso a la condición de objeto inerte.

    Esa curiosa concepción del libro como ejemplo de vida cabal, plena de sentido e idealmente indisoluble está en la base del ideario de De La Pulcra Ceniza y alumbró en su momento la puesta en marcha de la Biblioteca fósil, la colección distintiva y más radical del proyecto.

    Lo que predicamos con La Estampa Indeleble nada tiene que ver con las poéticas que abusan de la flagelación del libro, sino más bien lo contrario: pontificamos a favor del respeto por el insoslayable legado de las Artes Gráficas tradicionales, cuya exigente deontología hace tiempo que se dejó de lado en el ámbito de la edición actual de gran tiraje. Y lo llevamos a cabo rescatando libros de hechura noble de los sumideros de las librerías de lance y demás establecimientos donde se los almacena al descuido como paso previo al suplicio final, que no es otro que la vuelta al molino de papel y su reconversión en pulpa. Son libros que nadie quiere pero que están muy bien hechos. Aún es bien visible en ellos el amor al detalle, el primor en la ejecución, el desvelo por la calidad y la belleza, y todo el código ético y estético de las Artes Gráficas tradicionales.

    Para que ese libro que nadie quiere suscite nuevamente el interés y pueda continuar en el circuito, es imprescindible dotarlo de una nueva identidad que lo haga atractivo. La operación que a tal efecto le hacemos es limpia, mínimamente invasiva y siempre respetuosa con la integridad del texto: lo abrimos, le extraemos la página de cortesía u otra que no haya sido impresa, la imprimimos con la nueva identidad, la ubicamos como  portadilla y procedemos a cerrar nuevamente el volumen. Y punto. Ese es todo el daño que le infligimos al libro: cambiarle de sitio una página que no estaba impresa. Y a continuación lo aseamos, lo presentamos en una caja de metacrilato sobre fondo de terciopelo rojo y lo acreditamos sin omitir nada, indicando a las claras que bajo la afamada, rarísima y mundana fachada de Smells like ten spirit de Kurt Cobain, por poner un ejemplo, hay un oscuro, olvidado, humilde y bellísimo Vidas de niños santos de José Castells, publicado en 1906 por La Hormiga de Oro.


Libro manipulado de La Estampa Indeleble. Ejemplo de perrería
contenida y ejercida con extremo pudor.

Tal y como alguien observó muy certeramente la noche de autos, eso también es tunear y alterar libros. No obstante lo que nos une, entiendo que hay importantes diferencias de concepto y de método entre la escrupulosa intervención de La Estampa Indeleble y el hacer perrerías a los libros que se practica por ahí.


Libros esculpidos de Guy Laramée. Hermoso ejemplo de perrería
ejercida con un alto sentido de lo pintoresco.
Libro recortado de Robert The. Notable ejemplo de perrería simple.

                                                                 


domingo, 17 de enero de 2016

BIBLIOTECA BOWIE


Un ejemplo de bibliofilia pop a cargo de La Estampa Indeleble. (Colección particular).

Como no podía ser menos, la necrológica con mayúsculas y el trending topic de los decesos en lo que va de año ha sido el inesperado tránsito de Mr. David Bowie. Además del ingente alud de artículos que se han publicado estos días al respecto, es de prever que los próximos meses nos traigan, con los conciertos de homenaje, las reediciones y el inevitable repunte del merchandising, otro aluvión de artículos de mayor calado, de biografías más o menos autorizadas y repasos pormenorizados de la compleja figura del maestro y su legado.

   No está uno sentado aquí ante el ordenador solo para loar al finado —aunque también, por supuesto— y echar más leña al fuego de esa actualidad, sino principalmente para aprovechar su tirón publicitario y dar a conocer nuestra Biblioteca Bowie, nuestra colección La Estampa Indeleble y en definitiva toda esa actividad que llevamos entre manos de manera casi clandestina, y que tan necesitada de promoción está.

    Ya que no es momento ni lugar para volver sobre lo andado, remito a los interesados a la entrada del 7 de diciembre de 2012 de este mismo blog, donde dimos a conocer la colección y ya se pudo ver entre otros, si bien en su primera versión, el primero de los ejemplares de la mencionada Biblioteca Bowie.


Otro ejemplo de bibliofilia pop a cargo de La Estampa Indeleble. (Colección particular)

Trucar viejas publicaciones que nadie quiere y hacerlas pasar, con bastante morro y toda la liturgia de la mística editorial, por ejemplos eximios de alta bibliofilia pop. A esa oscura y algo delictiva tarea llevamos dedicados ya unos cuantos años. Uno de nuestros solistas preferidos, al que una y otra vez hemos vuelto a coger prestados títulos de canciones y elepés para nuestros propósitos impuros, ha sido David Bowie.

    Trabajar con el legado de terceros es siempre una responsabilidad, que en el caso de Bowie, y por razones obvias, se hace algo intimidante. No sabría decir si los trucajes de algunos de sus himnos son de los más conseguidos de toda la colección, pero sí que están entre los más calibrados y sopesados. También son —por qué no decirlo— de los que mejor hemos vendido.

    Lo de menos es que esta Biblioteca Bowie sea prueba de que también en nuestro caso el influjo de su talento ha sido evidente. Lo que cuenta es que sus discos llevan décadas sonado con asiduidad en nuestro taller. Esa fidelidad es de ley, y no está sujeta a mudanza ni sobresalto. Vamos a seguir pinchándolo como si nada.

 
Más ejemplos de bibliofilia pop, siempre a cargo de La Estampa Indeleble,
una colección de De La Pulcra Ceniza, ediciones.







Indice

BOWIE, David
Ashes to ashes
Publicación soporte:
Libro de primera comunión
Barcelona, 1957

BOWIE, David
Diamond dogs
Publicación soporte:
DALMAU, José. Resumen de las lecciones de aritmética,
Girona: Dalmau-Carles Pla, editores, 1945.

BOWIE, David
Hunky dory
Publicación soporte:
MUÑOZ SECA, Pedro. La venganza de don Mendo
Madrid: Afrodisio Aguado, 1924.

BOWIE, David
Scary monsters
Publicación soporte:
Llibre d’oracions de sobretaula
Barcelona, 1908

BOWIE, David
The rise and fall of Ziggy Stardust & the spiders from Mars
Publicación soporte:
RUBIO, Mariano. La guerra moderna  
Barcelona, Sucesores de Manuel Soler, editores



                                                                 †


martes, 5 de enero de 2016

VACACIONES EN "THE RIVER"



Bataille, un intruso en el género de la autoayuda...

Ha ocurrido con tanta frecuencia, tiene uno ya tan arraigado pasar las vacaciones trabajando, que el despilfarro de ocio que supone —como si sobrara— no lo percibo como excepción pasajera o moratoria eventual de la costumbre de vacacionar y haraganear cuando toca. Más bien ha ocurrido que el hábito de quedarme trabajando el mes de agosto se ha hecho tan predecible, que tiene ya categoría de eso que los juristas denominan “costumbre inveterada”, otra manera de decir que de hábito arraigado ha pasado a tener rango de norma a seguir.

   Hacer leña del mes de vacaciones, quemarlo alegremente sin descanso alguno y despilfarrarlo por entero trabajando son otras maneras de gastar suntuosamente sin miramientos y por encima de mis posibilidades ocio puro, algo de lo que no voy muy sobrado. Cuando a uno le da por pensar que ha malgastado las vacaciones trabajando en vez de “tumbar mulatas” que decía el poeta, lo mejor es ir a la biblioteca y echar mano de La parte maldita de Georges Bataille. Mano de santo en estas ocasiones.

   Los gastos suntuosos y la dilapidación de excedentes escasos y valiosos serían, según Bataille, otras tantas maneras de emular y congraciarnos con la naturaleza, cuyo brío demencial despilfarra y malversa el lujo de la vida sin contención que valga y sin atisbo ninguno de lo que pudiera ser el ahorro o la noción de gasto a recuperar, normas básicas de nuestra economía miope, alicorta y divorciada del universo.

   La alquimia de la lectura tiene tal capacidad de persuasión, que de estar algo alicaído por pensar que ha desperdiciado el ocio sagrado, vía Bataille pasa uno a identificarse con el salvaje que sacrificaba recuas de caballos purasangre a la hoguera sin ley de la naturaleza derrochadora y pródiga. Así de sencillo.


Como no podía ser menos, el pasado mes de agosto me quedé en Barcelona ultimando una serie de libros tuneados, en los que había venido trabajando desde junio. El conjunto —unas veinte piezas, de las que se descartarían cinco o seis— estaba destinado a la exposición que tendría lugar en octubre en una librería de Milán; exposición que se aplazó y que de momento continúa aparcada en ese limbo incierto.

   Uno de los trabajos que se descartó fue The River de Bruce Springsteen, tuneado sobre un ejemplar de Llegendes de Nadal de Georges Denôtre editado en Barcelona, sin especificar el año, por Edicions de l’Arc de Barà. Aunque yo diría que estaba entre los más logrados, lo cierto es que, contra todo pronóstico, el librero lo desestimó y quedó desligado de la exposición; descartado pero disponible. El pasado mes de noviembre nos lo compró un seguidor de Bruce Springsteen.


Libro recuperado y manipulado para nuestra colección La estampa indeleble.

   La entrada de liquidez que ha supuesto esa venta me ha obligado a reconsiderar mi relación con Bataille y a relativizar la validez de La parte maldita —mano de santo en tantas ocasiones— como libro de autoayuda. Y es que todo eso del derroche incondicional del excedente de ocio en una causa perdida está muy bien. Pero resulta que la causa puede que no estuviese tan perdida, que hay mercadeo y una entrada de dinero que lo expulsa a uno de la épica del gasto cósmico y lo inserta nuevamente en el redil de la economía a escala humana, a la que uno vuelve como a su cama después de pasar la noche al raso con lo puesto.

   Entiendo que la lección a extraer del caso es que ha de seguir uno recurriendo a La parte maldita, por supuesto, pero con la precaución de cerrar el libro de vez en cuando y, a la manera de un mantra, musitar un eslogan algo sobado pero ideal para hacer de contrapeso: “La economía, estúpido”.


Portada de LLegendes de Nadal, el libro intervenido.


Guardas traseras con la etiqueta que acredita nuestra fechoría.

                                                               †


domingo, 7 de octubre de 2012

LA ESTAMPA INDELEBLE





Hubo un tiempo en que buena parte de los libros se hacían con el cuidado y el amor al detalle que exigen las Artes Gráficas. Hasta no hace mucho, adentrarse en cualquier modesta edición de tiraje masivo pasaba por franquear una tapa provista de camisa, cruzar las guardas iluminadas y dar con un papel decente y una elegante portada a dos tintas con viñeta incluida.

Muchas de esas hermosas publicaciones andan por el mundo desahuciadas, y han acabado sus días en el cajón de revolver de los libreros de lance junto a obras de papel pajizo editadas al descuido.  Entre la rústica infame de toda época, la novelería de peseta de ayer y el cordel de hoy mismo hay en esos revoltijos promiscuos ediciones modélicas de José Janés, de la editorial Apolo, de Afrodisio Aguado, de Paluzie.

La usura del tiempo y el rasero del olvido hacen de esas frazadas de libros un todo lastimoso donde dominan el color y el olor de la decrepitud. Se nos han ido muchas mañanas de domingo espigando en esas fosas comunes la obra hecha con primor. Bajar a pulmón hasta el fondo de ese pantano de papel barato y volver a la superficie con algo decente ha sido durante años el objeto de nuestro baño místico en la edición.

Hemos acabado por intuir que, más allá del mero pasatiempo y el  sigiloso crecimiento de nuestra humilde colección, esa tarea de recuperación podía tener una finalidad y un sentido. Nos ha llevado tiempo entender que lo que esas publicaciones sentenciadas merecen y buscan en nosotros es una segunda oportunidad, una vida nueva.

Proporcionar expectativas y un nuevo porvenir a una edición cabal, irremisiblemente venida a menos y en peligro de esfumarse para siempre en el molino de papel —cuando no en el fuego—, es lo que nos propusimos al crear La Estampa Indeleble.

El corte con su pasado y la inmersión de un libro modesto en otro porvenir exigen para él una nueva identidad en un ámbito bien distinto al de la vida de anonimato y grisalla que tuvo en su día. El cometido de La Estampa Indeleble es indagar acerca de qué autor y bajo qué estética y pie editorial es creíble esa nueva identidad. Y llevarla a cabo, con todo el esmero y no poca dificultad, en páginas no impresas extraídas de la propia publicación.

Hay un solar que no es de nadie porque es de todos, donde cada cual hace fuego del talento propio y pone a hervir en una olla lo que es común: los procedimientos irreverentes del arte de hoy, la cultura de masas, los hitos del diseño, las ruinas de una determinada estética y todo aquello que a uno le parezca. Y después lo sazona y lo sirve allí mismo, al aire libre. 

Así es como opera La Estampa Indeleble. Aunque el secreto a voces de su cocina vendría a ser ese, lo cierto es que su auténtico latido es bien simple y puede ser descrito con muy poco: la admiración sin reservas por los libros hermosos y las Artes Gráficas tradicionales.


"Mick Jagger , Some girls", colección particular.
















                             © de todas las imágenes, De La Pulcra Ceniza, 2012.

Cada ejemplar de La Estampa Indeleble se presenta sobre un fondo de terciopelo rojo en caja de metacrilato, y lleva en el reverso una etiqueta con la fecha de impresión y la acreditación como ejemplar único.

La Estampa Indeleble se vende en la tienda virtual de la librería anticuaria Volaterra.