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lunes, 19 de septiembre de 2016

HMS TERROR, FIN DE LA PESQUISA



Pasquín difundido por el Almirantazgo. Londres, 1850.


Si bien es verdad que con algo de retraso, traemos a este humilde blog una noticia que la prensa internacional divulgó el pasado día 12 del mes en curso y la nacional un día después: el hallazgo de la mítica HMS Terror, nave que formaba con la HMS Erebus el contingente de la legendaria y malograda expedición inglesa comandada por sir John Franklin que se desvaneció en pleno Ártico en 1848.

     Al parecer, el hallazgo se produjo el sábado día 3 en las aguas de un remoto enclave cuyo topónimo rinde homenaje precisamente a ese navío, Bahía Terror, y lo destapó un pequeño destacamento de la Arctic Research Foundation desde el Martin Bergmann, uno de sus barcos de rastreo. Según comunicó Adrian Schimnowsky, director de operaciones de la mencionada fundación, el pecio, que se localizó aproximadamente en el centro de la bahía y a una profundidad de veinticuatro metros, no solo está en buen estado sino que incluso puede hablarse de condiciones óptimas o “in pristine condition”, según sus palabras.

    La semana larga que ha mediado desde el día del hallazgo hasta el de su comunicación oficial la tripulación del Martin Bergmann ha hecho las comprobaciones de rigor que confirman sin margen de error la identidad del pecio. Además de cotejar las imágenes del sonar con los planos de fabricación de la nave han introducido en su interior un submarino ROV provisto de cámara. Uno de los detalles inconfundibles del barco, cuyo tubo de escape se ha identificado entre los restos, es el motor de propulsión de 25 caballos de vapor que lleva instalado en la bodega. Al cabo de todo ese minucioso cotejo y comprobación que, como digo, les ha llevado una semana no había ya duda ninguna: el pecio corresponde a una nave de sobra conocida, Her Majesty’s Ship Terror, reliquia ártica capital por derecho propio y uno de los dos objetos más buscados del último siglo y medio. El otro, el HMS Erebus, fue localizado hace justamente dos años, el 2 de septiembre de 2014 en la Bahía Crampton, algo más al sur y no muy lejos de donde ha aparecido el Terror. Las dos naves se han localizado unos cien kilómetros al sur de la posición donde fueron abandonadas el 22 de abril de 1848.

     La pista que ha llevado hasta el paradero del HMS Terror la ha facilitado Simmy Kogvik, el inuit que, como el que no quiere la cosa y por hablar de algo, comentó a Schimnowsky que hace seis o siete años vio sobresalir del centro de las aguas heladas de la Bahía Terror lo que bien podría ser el extremo de un mástil; el fenómeno le resultó tan curioso que hasta le hizo unas fotos que extravió con la cámara. No llegó a ver las imágenes y tampoco hizo comentario alguno del avistamiento. Por si acaso, Schimnowsky, que se dirigía con el Martin Bergmann hacia el Estrecho Victoria, decidió entrar en la Bahía Terror ya que le venía de paso. Según él mismo ha referido, a poco más de dos horas de iniciar la búsqueda dieron con el pecio.

    El Erebus se localizó a tan solo once metros de profundidad, y ha sido un avistamiento de superficie lo que ha delatado al Terror; todo concuerda y parece ratificar la veracidad de uno de los detalles de la información oral que en su momento facilitaron nómadas inuit: que la arboladura de las naves naufragadas sobresalía del hielo. No obstante, gran parte de los individuos entrevistados no habían sido testigos directos del desastre, hablaban de oídas y no supieron dar información siquiera aproximada. Por si fuera poco, lo dificultoso de de la traducción, lo contradictorio de las respuestas, su vaguedad  y escaso rigor geográfico provocaron que de esa vía de investigación no se sacara nada en claro.



Nota de Victory Point, documento que deja constancia del abandono del Erebus 
y el Terror el 22 de abril de 1848. National Maritime Museum, Greenwich.

Que el HMS Terror se botara en 1813 y participara en bombardeos contra posiciones costeras en la guerra contra Estados Unidos, se empleara en misiones de exploración ártica y antártica, y fuese un baqueteado y sufrido navío que tuvo de ser amputado y recosido varias veces no deja de ser interesante y hasta da para llenar una más que meritoria hoja de servicio, pero no para ser el mito marítimo en que acabaría convertido. Para eso hace falta una buena dosis de épica. Y de eso fue de lo que, contra todo pronóstico, hubo de sobra en la que sería su última singladura, cuyos preparativos comenzaron a finales de 1844 cuando fue izado a secano para colocarle una cizalla en la proa y el motor de una locomotora de vapor en la sentina. Luego fue devuelto al gua y pertrechado de carbón y víveres para su viaje definitivo, que sería calamitoso, dramático, hermosamente épico y va orlado con un larguísimo y enigmático epílogo que suma ciento sesenta y ocho años en paradero desconocido.

   Los hitos de ese último periplo son de sobra conocidos. "...El lunes 19 de mayo de 1845 las naves de Su Majestad Erebus y Terror dejaron las atarazanas del muelle de Greenhithe. Para bajar por el Támesis la Erebus fue remolcada por el Rattler, un pequeño vapor de rueda; y la Terror por otro aún más pequeño, el Blazer. Los remolcadores las dejaron en la boca del río y durante un rato se mecieron en el agua mixta. La navegación propiamente dicha comenzó al dejar atrás el malecón de la isla de Rona. El mar veraz comienza ahí.

   Mencionar las etapas iniciales del viaje es nombrar un fetiche o un hito: es invocar. Han sido y serán referidas con la reiteración morbosa con que se rememoran hechos banales que han precedido al horror. No obstante la asidua remembranza de que es objeto, la consabida secuencia ni harta ni se devalúa en simple cadena de anécdotas; la solemnidad que le otorga el ser una confiada secuencia de actos penúltimos lo evita. El número de escalas fue breve y progresivamente frío: islas Orkney, islas Whalefish, estrecho de Lancaster. De no ser porque contactaron con la expedición, el nombre de algunos barcos sería inencontrable fuera del registro del muelle de desguace: la nave de suministros Barretto Junior, que los proveyó de carne fresca y carbón, y que el 12 de julio de 1845 dejó a la expedición en las islas Whalefish para regresar a Inglaterra con la correspondencia y cuatro o cinco marineros que no continuarían; y las balleneras Prince of Wales y Enterprise, que contactaron con la expedición el 26 de julio de 1845 a la entrada del estrecho de Lancaster, y cuyas tripulaciones privilegiadas tuvieron en sus pupilas el fotograma que a ojos del mundo ponía punto final a la mayor expedición ártica: el Erebus y el Terror internándose en la entrada del Paso del Noroeste. Nadie les volvió a ver con vida".


Con el Ártico mermando por momentos y el Paso del Noroeste rendido y accesible durante todo el año, ha sido ahora cuando la gran pesquisa puesta en marcha para dar con el paradero de sir John Franklin, su tripulación y sus navíos se ha cobrado por fin los ases que faltaban.

   Ha tardado ciento sesenta y ocho años en soltar la segunda de sus dos mayores reliquias, pero finalmente el Ártico ha cedido; en 2014 el pecio del HMS Erebus, y hace apenas unos días el de la nave de Su Majestad Terror.


El texto en cursiva es un fragmentos de Erebo & Terror, Libros De La Micronesia nº 6, De La Pulcra Ceniza, Barcelona, 2003.


Erebo & Terror, Libros De La Micronesia nº 6
 De La Pulcra Ceniza, Barcelona, 2003

Erebo & Terror, Libros De La Micronesia nº 6
 De La Pulcra Ceniza, Barcelona, 2003

Erebo & Terror, Libros De La Micronesia nº 6
 De La Pulcra Ceniza, Barcelona, 2003


                                                               †

miércoles, 24 de septiembre de 2014

LA NOTICIA DEL AÑO


Imagen de sonar de una de las naves de Sir John Franklin. La noticia del año.


A consecuencia del poco tiempo que uno dedica a la prensa diaria y al seguimiento de la actualidad, bien podría darse el caso, como así ha ocurrido estos días, de que por vivir tan ricamente al margen del aluvión de mero cascajo informativo me haya perdido la aparición de un verdadero diamante en bruto, una de esas noticias imprevistas que solo aparece muy de tarde en tarde.

   Resulta que durante mi vistazo diario a la humilde estadística de visitas que recibe este blog, desde hace un par de semanas venía observando que las entradas "Erebo & Terror I" y "Erebo & Terror II" registraban una cantidad inusualmente alta de movimiento. Ni le di importancia ni vi en ese hecho señal significativa alguna más allá de suponer que las materias y el calendario de la enseñanza global es idéntico en cualquier latitud, y que los escolares españoles, canadienses, franceses y daneses (las nacionalidades que más frecuentaban el blog en esos días) habrían comenzado a buscar en la red información para el que, pensaba yo, bien podría ser su primer trabajo del curso 2014-15: La exploración del Ártico. (Mínimo de dos mil palabras a doble espacio y a presentar, preferiblemente en papel —a la maestra no le gusta leer en la pantalla—, antes del último viernes de noviembre).

   Tampoco supe ver indicio significativo alguno en el hecho —no muy habitual, para qué engañarnos— de que desde nuestra web me llegara durante esos días una petición de compra de un ejemplar de Erebo & Terror precisamente. Detalle que, como digo, no acerté a valorar en un contexto más amplio, y en el que únicamente encontré cierta delectación comercial.

   No fue hasta el pasado lunes cuando mi buen amigo Ruy, que me lo comentó con cierto retraso, como si nada y pensando que yo estaría al caso, me hizo caer en la cuenta de que todo tenía un sentido, y que el inusual flujo de visitas a nuestro blog y la venta de ese desangelado ejemplar de Erebo & Terror eran consecuencia directa de una noticia de calado, de la que yo no tenía ni idea: el hallazgo efectuado, el pasado 7 de septiembre, de los restos de una de las dos naves que Sir John Franklin llevó al Ártico en 1854 en misión de descubierta del legendario Paso del Noroeste.

   Y es que tras unos ciento sesenta años de búsqueda infructuosa, se da por seguro que el pecio detectado por un sonar de barrido, que el gobierno canadiense desplaza cada verano hasta las cercanías de la isla O’Reilly, es sin duda alguna el casco hundido de una de las dos naves de Franklin: el HMS Erebus o el HMS Terror.

   La noticia del hallazgo la comunicó en rueda de prensa el primer ministro canadiense Stephen Harper quien, al parecer, habría formado parte de alguna de las expediciones de búsqueda. Dato insoslayable que vendría a demostrar, una vez más, que lo de ser conservador y pasar muchas horas sentado en un despacho es perfectamente compatible con una vida de acción. (Si bien no lo hizo directa y frontalmente a la intemperie, sino de manera diferida y haciendo trampa a través de la molicie del arte, hay que decir que en la demostración de esa tesis trabajó con ahínco nuestro escritor de raza don Pío Baroja, que pasó buena parte de su vida sentado frente a una mesa camilla y escribiendo un extenso ciclo de novelas agrupadas bajo el título de Memorias de un hombre de acción).

   
En su edición del 14-9,  El País dedica una página completa a la noticia del año.



Esa es la noticia, y de momento poco más se sabe. Obviamente, la situación exacta del pecio, que se halla sumergido a unos once metros de profundidad, no ha sido revelada. Ahora de lo que se trata es de seguir indagando en la misma zona para localizar la nave que falta. Entiendo que en breve se sabrá cuál de las dos es la que ha aparecido. No parece que esa información se vaya a demorar mucho, ya que por datos relativos a su construcción, de sobras conocidos, se sabe que ya a simple vista son naves muy diferentes. El HMS Erebus es un navío clase “Hecla” de unas 370 toneladas, y el HMS Terror algo más pequeño, de clase “Vesubius” y de 320 toneladas.

   La localización del HMS Investigator en 2010 —que por cierto estaba sumergido a la misma profundidad: once metros— fue el último hallazgo de reliquias árticas de  importancia y, al mismo tiempo, la inyección de moral y certeza que necesitaba el gobierno canadiense para convencerse de que todos esos pecios esquivos están sin duda cerca, de que había que perseverar hasta dar con el HMS Erebus y el HMS Terror, las dos reliquias máximas de la exploración ártica.

   Todo parece indicar que el dinero, medios, tiempo y celo puestos en el empeño no han sido en vano, y que el HMS Erebus o el HMS Terror, una de las dos naves que el 19 de abril de 1845 zarparon de Londres hacia el sinuoso corredor del Paso del Noroeste, se ha dejado ver estos días en el monitor de un sonar de barrido lateral. Llevaba ciento sesenta y siete largos años desvanecida en el Ártico, inubicable.





lunes, 11 de febrero de 2013

EREBO & TERROR - II




Nota de Victory Point. National Maritime Museum. Greenwich

En 1912, una inspección rutinaria detectó cardenillo y lamparones de humedad en el techo de una mansarda trastero del Museo Marítimo Nacional inglés. Durante las labores de desalojo, una antigualla de madera querada cayó y se desportilló contra el rodapié. La fisura delató que aquel estuche de instrumental óptico, recuperado de los restos de una expedición malograda en el Ártico, contenía un haz de papeles alojados en el doble fondo inadvertido hasta entonces.
   Nueve décadas después, esos papeles de azaroso pasado tienen un lugar asegurado en el porvenir: aparecen mencionados en dos entradas de la Encyclopaedia Britannica. En una, como patética reliquia; en la otra, como obra literaria. Los hechos que expone la primera son objetivos y una vez impactaron al mundo: en misión de descubierta de Paso del Noroeste, el Erebus y el Terror colapsan en pleno Ártico en 1848. La tripulación emprende una frenética diáspora hacia el continente pero no aguantan el clima, perecen todos y el estuche vuelve a Inglaterra entre los objetos que doce años después se recuperan. El argumento en que divaga la otra entrada es estético y opinable y queda circunscrito al ámbito inglés: obra críptica y minoritaria, el contenido de esas cuartillas ha sido no obstante objeto de estudio y prolífica exégesis. Auden encumbró el texto; Spender lo tildó de fascinante medianía.
    Sordo a esa polémica, el original, astroso y salpicado de pasajes de dudosa lectura, ha suscitado media docena de versiones, un sinfín de imitaciones, duplicados bastardos y ediciones piráticas en las principales lenguas. La versión que aquí presentamos es traducción de Voice of the passage, escrupuloso trabajo grafológico de Rita Weymouth.

                                               Erebo & Terror, Libros De La Micronesia, nº 6, Barcelona, 2003.


En este segundo y último comentario acerca de Erebo & Terror dejamos a un lado la expedición de Franklin y ponemos el acento exclusivamente en la edición y en lo que en su día supuso para nosotros. Pero antes creo necesario resumir, siquiera de pasada, el largo y trágico epílogo del movimiento de inicio que cerrábamos con la imagen de la Erebus y la Terror adentrándose en el Estrecho de Lancaster, la puerta del Paso del Noroeste.
    

Al no recibir noticia alguna de la expedición en tres años, el Almirantazgo inglés puso en marcha, en 1848, la que ha sido la mayor operación de rescate naval de la historia. A lo largo de ocho años se enviaron al Ártico hasta un total de cuarenta expediciones, sin que ninguna de ellas diera con el paradero de las naves. Sí quedó constancia, no obstante, de que la entrada en el Ártico no había sido todo lo venturosa que se suponía: en agosto de 1850 se descubrieron en la isla Beechey tres sepulturas de miembros de la tripulación de Franklin. En 1854 el Dr. Rae compró a los esquimales de Pelly Bay una serie de objetos que sin duda provenían de las naves, entre los cuales figuraba la Royal Guelphic Hannoverian, condecoración que pertenecía a John Franklin. Si bien de manera confusa, El Dr. Rae fue el primero en recabar de los inuits la información que aún tardaría años en ser confirmada: que las naves habían sido abandonadas y que sus tripulaciones practicaron el canibalismo para sobrevivir. En 1857, Lady Franklin sumó parte de su fortuna a los fondos captados en una colecta nacional y al capital aportado por el Almirantazgo. Con ese monto sufragó la expedición que finalmente, en mayo de 1859, daría con el único documento escrito que ha sobrevivido al desvanecimiento de la expedición: la nota de Victory Point, en la que, en dos anotaciones realizadas con un año de diferencia, se deja constancia de la muerte de Franklin, la derrota seguida por los navíos y su posición en la banquisa al ser abandonados por la tripulación, que se dirigió a pie hacia el estuario del río Back.

    A partir de esa constatación, el asunto Franklin se hunde en un marasmo siempre polémico y misterioso, pero sin aportaciones de alcance para su esclarecimiento. Hasta que, en 1988, un informe del antropólogo forense Owen Beatie lo interroga a la luz de la ciencia y lo saca de su letargia. Beatie exhumó los tres cadáveres de la isla Beechey, analizó sus tejidos, estudió minuciosamente el vertedero de latas de comida que la expedición dejó allí, y se pronunció: el sellado del metal era tan deficiente, que la comida entró en contacto con la soldadura y la tripulación sufrió intoxicación aguda por ingesta de plomo en dosis desmesuradas. Su conclusión es que las repercusiones físicas y anímicas del saturnismo fueron en gran medida determinantes para la total extinción del colectivo. A día de hoy la Erebus y la Terror siguen sin aparecer, y el asunto Franklin está todavía bajo la onda expansiva del informe Beatie.



Erebo & Terror fue una publicación clave en la progresión de la colección Libros De La Micronesia. Hizo de engarce entre la primera época, que va de 1996 a 2000 y abarca los cinco primeros números, y la segunda, que se abre en 2006 con el séptimo número y en la que, a punto de publicar el décimo, todavía estamos. Erebo & Terror queda justo en medio del largo hiato que va de 2000 a 2006. Se publicó en octubre de 2003 y, como digo, es un eslabón perdido que, aunque une pasado y presente, no pertenece a ninguno de esos ámbitos y parece habitar fuera de toda cronología. Cada vez que exponemos por orden de aparición los números de la colección, la vitrina de Erebo & Terror despliega sus poderosos atributos en medio de otras ocupadas por las breves y lacónicas publicaciones que tenemos por costumbre. Esa excepción es el trabajo más extenso y probablemente también más ambicioso de cuantos hemos hecho. Nos tuvo tres largos años ocupados.

Erebo & Terror, Libros De La Micronesia, nº 6. Barcelona, 2003. 

Detalle de la publicación con todos sus elementos desplegados.


Todos y cada uno de los nueve números que hasta el momento han aparecido de Libros De La Micronesia son productos múltiples semimecanizados de acabado artesanal. Desde la óptica editorial, cuya lógica se asienta en la repetición exacta de ejemplares en tiradas largas, son objetos extraños a tal industria y más cercanos a la edición de autor de tiraje corto y factura predominantemente manual. Además de su tiraje, restringido a un escaso número de copias numeradas (101 y 202 ejemplares), lo que definitivamente confería a los primeros números de Libros De La Micronesia una personalidad más afín a la edición de autor que al producto editorial era su resistencia, entre deliberada y resignada, a dejarse atrapar por la repetición exacta y la serialidad a ultranza.

   Los tres primeros números de la colección, publicados en sendos tirajes de 101 ejemplares numerados, requirieron un diseño simple y demandaron una absorbente manipulación de materiales encontrados o reaprovechados. Ese factor propició que en la fase inicial de la colección se aprecien a simple vista diferencias evidentes entre ejemplares del mismo número.

   Podría decirse que aunque siempre aspiró a ser un sello de factura editorial en su estricto sentido, Libros De La Micronesia era en aquella época un proyecto netamente artesanal cuyos productos, atendiendo a estándares de producción editorial, no alcanzaban el rango de manufactura serial.

   El cuarto y quinto números de la colección, que se publicaron conjuntamente a principios de 2000 en tiraje de 202 ejemplares numerados, son trabajos de transición. Aunque exigieron mucha manipulación, y son por tanto proclives a presentar diferencias entre ejemplares, la masiva utilización de troqueles, offset de última generación y soluciones de imprenta avanzada hizo que las diferencias sean apenas perceptibles. Pese a su complejidad y a la dificultad añadida de que exigieron una exhaustiva manipulación, esos números son productos ya muy cercanos al estándar editorial de calidad.

    La incorporación en 2002 de Ángel Fraternal Pérez al proyecto en calidad de productor, entre otros cometidos, aportó la experiencia y la solvencia suficientes que nos permitieron llevar a buen puerto Erebo & Terror y ofrecer una publicación/objeto compleja, minoritaria y todo lo marginal que se quiera, pero resuelta con hechuras de producto editorial plenamente aceptables.


Que sepamos, a día de hoy Erebo & Terror es todavía la única monografía acerca del Paso del Noroeste disponible en castellano. Vaya por delante que la hicimos a nuestra manera y que por su registro, entonación e intención está lejos de ser una mera compilación de datos repescados en la red o en otras publicaciones. Las veinte primeras páginas se nos van en un preámbulo que glosa de pasada el impacto que el desvanecimiento de la expedición de Franklin tuvo en la escena española, y en el eco que ese desastre debió de tener en el ámbito de nuestras letras y nunca tuvo. Las veinticinco páginas siguientes las ocupa Los pergaminos de Cabo Félix, nuestra humilde aportación a ese corpus textual legendario y hasta el momento apócrifo, pero que tarde o temprano acabará apareciendo. Y si no, al tiempo. A doble columna, Mallory y Hatteras y El Paso del Noroeste se extienden desde la página cincuenta a la ciento veintiocho, forman el grueso de lo que sería la tesis de la publicación y hacen de punto de anclaje de todo lo anterior. El primero reflexiona acerca de por qué desde siempre hemos sentido la misteriosa llamada de la geografía y nos hemos puesto en marcha incluso hacia latitudes inhóspitas y mortales de necesidad. El segundo cierra el volumen con una exposición cronológica del descubrimiento del Paso del Noroeste y con la revisión en profundidad del caso Franklin, desde las hipótesis iniciales hasta el informe Beatie.


Si bien he dicho que Erebo & Terror es una publicación de cierta complejidad que nos tuvo ocupados tres largos años, he de matizar que, como ya es habitual, no fue una actividad a tiempo completo. Por aquella época, trabajábamos también en las ilustraciones para Libro del sábado y en el germen de lo que más tarde sería la Biblioteca Fósil.

    Cada publicación va ligada a una anécdota que la marca y le confiere carácter, y con E&T ocurre lo propio. La primera maqueta se hizo en el año 2000, la dimos por buena y se dejó dormitar lo suyo mientras avanzábamos en otros frentes. Al cabo de bastante tiempo de haberles comprado la que utilizamos, volví a la tienda con el propósito de adquirir la totalidad de las doscientas cincuenta brújulas que necesitábamos. Resultó que de ese modelo no disponían de tanta cantidad en aquel momento. Eso sí: se ofrecían a cursar a mis expensas una orden de importación a Malasia. Me quedé otras que eran algo más grandes, muy poco pero lo suficiente como para complicárnoslo todo: para que se pudiese cerrar el contenedor, tuvimos que fresar y rebajar a mano uno de sus perfiles en cada uno de los doscientos cincuenta que empleamos.


El resto es historia en minúsculas o ni siquiera eso. Erebo & Terror es nuestro título menos vendido. La miríada de blogs y de páginas web que se ocupan del Paso del Noroeste, y sobre todo la publicación de El Terror de Dan Simmons, nos han ido reportando, de un tiempo a esta parte, gente interesada. En ese sentido, entiendo que merece expresa mención Russell Potter, autoridad mundial, estudioso, comentarista y coleccionista también de todo tipo de material gráfico relativo al Paso del Noroeste y a la expedición de Franklin, quien, en su blog Visions of the north (la entrada es de noviembre de 2009) se refirió de manera encomiable a nuestra publicación como “…una pequeña obra de arte” ¡Vale, maestro!


Carátula de la publicación.

Reverso de la carátula. Pliego de créditos.

Detalle del interior.

Reverso del contenedor.

Detalle del ataúd de John Torrington.

Cadáver de John Torrington, fogonero del Terror, exhumado en la isla Beechey en 1984.

Detalle de una de las páginas.

                                                                               






     

domingo, 2 de diciembre de 2012

EREBO & TERROR - I


Sir John Franklin, comandante de la expedición inglesa a la descubierta del Paso del Noroeste, 1845.


Francis Rawden Moira Crozier, capitán de navío al mando del Terror, segundo oficial.

James Fitzjames, capitán de navío al mando del Erebus, tercer oficial.


Última expedición de Franklin. Resuelto en 1840 el problema de que por el norte del continente americano podía pasarse del Atlántico al Pacífico, si bien se ignoraba aún con exactitud cuál era el camino practicable entre el laberinto de las tierras polares, se confió a Franklin para que con los buques Erebo y Terror llevase a cabo la delicada empresa.
Enciclopedia Espasa


Que para llegar al mar haya que subir no tiene nada de incongruente. Aunque siempre se desciende para llegar a la costa, ascender hasta el mar no solo es coherente sino también la mar de sencillo: basta con rememorar el espejeo de sus aguas quietas o el estruendo de la galerna. Y es que recordar, según José-Miguel Ullán, es subir una cuesta. La única manera de subir hasta el mar sería esa: recordando cuesta arriba. El mar que se extiende tras el breve repecho de este párrafo de invocación del recuerdo no es "el mismo mar de todos los veranos", sino otro remoto y raro, de un blanco espectral y de frías aguas de piedra. El Océano Polar Ártico.
    
    En 2013, el redondeo del tiempo en décadas exactas pondrá su broche solemne sobre dos asuntos que nos conciernen. Se cumplirá el ciento setenta aniversario de la llegada de Sir John Franklin a Londres con objeto de preparar minuciosamente y asumir el mando de su mítica y última expedición. Y también hará diez años ya de la aparición de Erebo & Terror, sexto número de la colección Libros De La Micronesia y humilde contribución de esta modesta casa editora a la difusión de aquel viaje, de la literatura ártica en general y, muy especialmente, del descubrimiento del legendario Paso del Noroeste.

    Diez años atrás, Libros De La Micronesia era —y sigue en sus trece— una colección cuyas entregas no estaban sujetas a periodicidad ninguna, y cuyos intereses, temas y preferencias no eran otros que los míos personales. Era pues del todo coherente con ese talante que tras la aparición simultánea de los ligeros, líricos y relativamente baratos cuarto y quinto número de la colección en marzo de 2000, diera un bandazo en sentido opuesto y estuviese tres largos años enfrascado en una publicación de tesis, densa, extensa, minoritaria y algo excesiva para la envergadura financiera de De La Pulcra Ceniza.


De ser cierta la hipótesis de Mallarmé, el mundo existe para acabar en un libro y el destino último de todo átomo es inspirar una frase. Sea o no la desmesura del cosmos reductible a un fascículo de mano, lo que sí parece evidente es precisamente lo contrario: que el texto genera universos, y que un libro germina, en ocasiones, no a partir del mundo sino de otro libro previo. El motor primordial de Erebo & Terror fue Atrapados en el hielo, álbum ilustrado dirigido al público juvenil que la editorial Plaza & Janés lanzó en la colección Misterios del Pasado a mediados de los ochenta o por ahí. El volumen, que repasa muy por encima la última expedición de Franklin, las pesquisas llevadas a cabo por Beatie (por entonces muy recientes) y su célebre y espectacular exhumación en la isla Beechey, me cautivó de inmediato.

   Mi conversión a la fe ártica fue instantánea, y mi devoción por su teología de nevasca, su severa liturgia y sus mártires de noche blanca fue de menos a más hasta que, hacia finales ya de los noventa y tras algo más de una década interesado en el asunto, se me hizo evidente que Libros De La Micronesia podría acoger perfectamente una publicación monográfica sobre la última expedición de John Franklin, capítulo particularmente sugestivo y patético de entre los muchos que jalonan la conquista del Océano Polar Ártico .


El Ártico da para mucho, no se agota así como así. El catálogo de naves y la minuta de oficiales, tripulaciones, estrategias y técnicas que se han medido con esa latitud poderosa y difícil es abrumador. Si bien es cierto que Ross, Parry, Davis o Hudson no le van a la zaga a John Franklin en cuanto a peso específico en el drama ártico —de la misma manera que las legendarias naves Hecla, Gripper, Fury y Discovery están a la altura de las Erebus y Terror—, es indudable que su figura ocupa un lugar de privilegio en el panorama de la épica ártica.

    Sin menoscabo de la importancia de otras, el rastreo y descubrimiento del Paso del Noroeste es sin lugar a dudas la hazaña capital de la empresa ártica. Ya desde la Edad Media Inglaterra buscó una vía marítima practicable por encima del continente americano, empeño que se convirtió en fijación obsesiva para la Royal Navy especialmente durante el siglo XIX.

   Se ha dicho que el interés de Inglaterra en dar con el paso era estrictamente comercial; que una vía rápida a través del Ártico acortaría notablemente la duración del viaje, abarataría el coste de los fletes y haría más fluido el comercio con el extremo Oriente. Y si bien el trasfondo del empeño pudo alguna vez ser ése no parece que fuese realmente argumento sostenible, pues ya desde las primeras expediciones quedó claro que, en caso de existir, el Paso del Noroeste sería prácticamente intransitable la mayor parte del año, circunstancia que lo convertía en vía muerta para el comercio.

    Sin desdeñar el interés estratégico de la zona y los inevitables apremios que la vida material impone a toda aventura ―búsqueda de oro, metales, materias primas y demás―, lo cierto es que el pistón noble del motor de la gesta ártica fue el puro afán de comerle terreno a la Terra Incognita, ir completando el rompecabezas ártico, descubrir cómo es de verdad la piel del mundo, cartografiar y, de paso, ensanchar los límites del Imperio Británico.

     En 1843, un acomodado y prematuramente envejecido Sir John Franklin —reliquia viva que había luchado en Trafalgar y rastreado el paso en dos legendarios viajes a pie por la costa canadiense— fue relevado de su cargo de gobernador de Tasmania para hacerse cargo de la expedición que daría la puntilla definitiva al Paso del Noroeste, prácticamente cartografiado a excepción de un tramo extenso pero acotado y relativamente previsible.

     Tras dos años de preparativos, la expedición mejor equipada de cuantas se habían dirigido al Ártico, la más experimentada y con expectativas razonables de cubrir al completo el recorrido del Paso del Noroeste, se hizo a la mar. Erebo & Terror describe así la partida de las naves:

La posteridad es sintética; movida por ese afán llega a omitir nombres y circunstancias. Como si no tolerase más comparecencia que la de los nombres principales, el resto es desatendido sin misericordia. Unánimemente, la literatura que menciona la partida de las naves utiliza sin alternativa una frase que adolece de pretensiones de posteridad y quiere transmitir resolución, autonomía y grandiosidad: “La Erebus y la Terror zarparon orgullosamente de Inglaterra el 19 de mayo de 1845”. El aserto es rigurosamente cierto. A media mañana, los vapores que remolcaron las naves salieron del último recodo del Támesis y las dejaron en mar abierto. Lo que la frase quiere ocultar es toda referencia a la desvalida estampa de dos poderosas naves postradas en el Támesis raquítico. En una empresa de esa envergadura no tienen cabida palabras de alusión a la Erebus y la Terror como entes dependientes. No obstante sus nombres míticos y el carácter histórico de la empresa a que se encomendaban, lo cierto es que el inicio de su viaje fue común: bajaron por el Támesis tiradas por los mismos remolcadores que arrastraban las grandes gabarras atestadas de ganado y las barcazas cargadas de áridos.

    El lunes 19 de mayo de 1845 las naves de Su Majestad Erebus y Terror dejaron las atarazanas del muelle de Greenhithe. Para bajar por el Támesis la Erebus fue remolcada por el Rattler, un pequeño vapor de rueda; y la Terror por otro aún más pequeño, el Blazer. Los remolcadores las dejaron en la boca del río y durante un rato se mecieron en el agua mixta. La navegación propiamente dicha comenzó al dejar atrás el malecón de la isla de Rona. El mar veraz comienza ahí.

   Mencionar las etapas iniciales del viaje es nombrar un fetiche o un hito: es invocar. Han sido y serán referidas con la reiteración morbosa con que se rememoran hechos banales que han precedido al horror. No obstante la asidua remembranza de que es objeto, la consabida secuencia ni harta ni se devalúa en simple cadena de anécdotas; la solemnidad que le otorga el ser una confiada secuencia de actos penúltimos lo evita. El número de escalas fue breve y progresivamente frío: islas Orkney, islas Whalefish, estrecho de Lancaster. De no ser porque contactaron con la expedición, el nombre de algunos barcos sería inencontrable fuera del registro del muelle de desguace: la nave de suministros Barretto Junior, que los proveyó de carne fresca y carbón, y que el 12 de julio de 1845 dejó a la expedición en las islas Whalefish para regresar a Inglaterra con la correspondencia y cuatro o cinco marineros que no continuarían; las balleneras Prince of Wales y Enterprise, que contactaron con la expedición el 26 de julio de 1845 a la entrada del estrecho de Lancaster, y cuyas tripulaciones privilegiadas tuvieron en sus pupilas el fotograma que a ojos del mundo ponía punto final a la mayor expedición ártica: la Erebus y la Terror internándose en la entrada del paso del Noroeste.

    Nadie les volvió a ver con vida. Lo que resta ha sido recuperado del celoso dominio de la muerte blanca.

                        
     Erebo & Terror, Libros De La Micronesia, nº 6. De La Pulcra Ceniza, Barcelona, 2003.



Cuadro de oficiales y cuerpo médico del Erebus y el Terror, 1845. National Maritime Museum, Greenwich.

"El Erebus y el Terror," acuarela de Albert Operti.

"El Consejo Ártico preparando la búsqueda de Sir John Franklin", Stephen Pearce, National Portrait Gallery, Londres.

Erebo & Terror, vista parcial de la publicación.

Erebo & Terror, Libros De La Micronesia, nº 6. De La Pulcra Ceniza, Barcelona, 2003.