domingo, 15 de noviembre de 2015

EDITAR EN INVIERNO (1): MARCA DE TIEMPO



Teatrillo Tiquismiquis, © 2014, Almudena Maestro



Nos complace informar de que tras una larga moratoria que ha durado prácticamente lo que va de año, hemos retomado la actividad y trabajamos de firme en la reedición del tercer número de Libros De La Micronesia, nuestro primer y único best seller, que publicamos en el ya lejano 1999. Si la onda expansiva de aquella edición, que tuvo una influencia decisiva en la trayectoria inicial de este humilde proyecto editorial, pasó y se esfumó para siempre, el adorable fantasma de aquel fenómeno nunca se ha retirado de nuestros sueños de editores modestos. Para más información acerca de aquella edición (fabricación, publicación, anecdotario), remitimos a nerds, mitómanos y fans de De La Pulcra Ceniza —si los hubiere— a la entrada de diciembre de 2011 en este mismo blog Nuestro primer best seller.

    Los escasos 101 ejemplares de que constaba la edición se agotaron en unos meses, y desde entonces es publicación descatalogada y prácticamente inencontrable. Nosotros nos quedamos unas pocas unidades que nunca hemos querido vender y llevamos, con el resto de nuestro catálogo al completo, a cada edición de Arts Libris, donde año tras año hemos venido constatando que todavía gustan y siguen teniendo mercado potencial.

    Esa demanda latente fue uno de los factores que tuvimos muy en cuenta —a qué negarlo— cuando nos planteamos editar de nuevo el tercer número de Libros De La Micronesia, una colección de publicación objeto, de tiraje restringido y numerado de ejemplares únicos e irrepetibles que nunca reedita ninguna de sus ediciones, por coherencia y respeto para con las reglas del juego.

   Y eso es precisamente lo que hemos hecho: acatar las reglas del juego y no limitarnos a despachar una mera reedición aproximada sino abordar un proyecto mucho más ambicioso: una nueva edición corregida, ampliada, apostillada e ilustrada para la ocasión. Un nuevo tercer número de Libros De La Micronesia



Portada del nº 3 de Libros De La Micronesia. 1999, De La Pulcra Ceniza.


El nº 3 abierto y desplegado


Contraportada del nº 3


Lo cierto es que hacer una reedición cabal de esa publicación hubiese sido una empresa complicada por varios motivos: los tres modelos de papel pintado de Laura Ashley que se emplearon ya no se fabrican, y tampoco los almacenes centrales de la marca tienen stocks, remates ni rollos sueltos de esos viejos estampados. Con la galleta ocurre más o menos lo mismo: la marca Fontaneda sigue fabricando su famosa galleta María Tostada, pero ya no es exactamente la misma que nosotros utilizamos en su día, sino algo más pequeña y con un diseño ligeramente diferente. Aunque todavía es pronto para confirmarlo, otro asunto con el que podríamos tener problemas es con la tipografía que en su momento se utilizó para fijar el texto El oso de arenisca y la fuente tiquismiquis, vieja y enigmática fuente de PC cuyo paradero es de momento desconocido para los diseñadores que nos asisten, todos ellos abducidos por la secta Mac y peleados por definición con todo lo que sea entorno Windows. Con lo demás no hay problema: la caja transparente de CD y los papeles blanco de seda y vegetal son productos estándar que se siguen fabricando exactamente igual.

    Reeditar esa publicación tal cual era complicado, como he dicho, pero no imposible. Por descontado que hubiésemos podido realizar un facsímil virtual, un doble exacto del tercer número de Libros De La Micronesia. Pero era un recurso carísimo, aburrido por lo previsible y sobre todo reñido con la particular filosofía de De La Pulcra Ceniza, que por la época en que se hizo el tiraje original apostaba preferentemente por la economía, la ligereza, la espontaneidad y el echar mano de lo que había. Aunque la lógica evolución del sello ha desdibujado con el tiempo esos requisitos, entendimos que la reedición no debía faltar a los principios básicos que en su momento alumbraron esa curiosa edición.

   Al factor demanda se sumó en su momento un hecho propicio y muy oportuno que venía que ni pintado para justificar la nueva edición: en 2014 se cumplían quince años del lanzamiento de la publicación original. Habían transcurrido como si nada tres lustros, y vimos en esa efeméride el momento ideal para presentar el flamante nuevo tercer número de Libros De La Micronesia. Con esa estrategia en mente nos pusimos manos a la obra a finales de 2013.


   
A día de hoy, constatamos que se esfumó el factor propicio de la efeméride de los quince años, que hemos dilapidado bastante tiempo y que todo apunta —ahora sí— a que será en la primavera de 2016 cuando tendremos por fin lista la edición. Vamos con algo más de un año de retraso, pero no se me antoja un dato preocupante sino todo lo contrario; diría que, como la marca de agua en el papel, esas señales de divagación y retardo sobre la fibra del tiempo que le hemos dedicado acreditan que es uno de nuestros trabajos; que, en un entorno editorial, social y vital pervertido por la prisa, esa edición se ha elaborado con la cadencia, la demora, los escrúpulos y el primor de siempre; que es genuina, auténtica y no lucirá en vano el pie editorial que la acredite como publicación de De La Pulcra Ceniza.



Libros De La Micronesia, nº 3 / Nueva edición 2016

Tripulación:

Textos: David Aceituno, Carlos Ballester, Jordi Galli, Juan Miguel Muñoz, Ángel Pérez, Magela Ronda y Héctor Sánchez
Ilustraciones: Almudena Maestro
Diseño: Araceli Ramos
Maquetación: Ángel Pérez
Fotomecánica: Óscar Tomás


 †



sábado, 7 de noviembre de 2015

20 LÍNEAS





Procuro siempre dejar las tardes de los viernes para la deriva, el vagabundeo ocioso y la caminata demorada y sin propósito alguno. Rectifico: a decir verdad, propósito si hay, y no es otro que el de poner en práctica la hermosa exhortación de Valéry: “Hay que reservarse tiempo para el espíritu. Para el espíritu hace falta tiempo perdido”.

    Valéry está todavía ahí mismo, pero a la vez, y dicho sea con todo respeto, es una antigualla, una reliquia de aquella bendita época que todavía ―pero ya por poco― transigía de buen grado con la existencia de tiempo improductivo, de ocio sin más. La nuestra ―la de la sociedad líquida y el tardocapitalismo cínico y farmacopornográfico― es una época sombría  incapaz de concebir el ocio como tal y por separado del ajetreo consumista, o sea, como tiempo para la higiene del alma.

    A eso tan delicado de ejercer el ocio para la higiene del alma me quiero volver a dedicar, como decía más arriba, las tardes de los viernes.

    
La deriva de turno me condujo ayer hasta las callejas tardías del Raval, y me hizo pasar, justo cuando conectaban la iluminación, por delante de la galería etHALL. La exposición ya la había visto hacía semanas ―de hecho hoy es su último día en cartel―, pero me pareció que no había casualidad alguna, que la sala abría y se iluminaba para mi exclusivo deleite. Y entré a ver de nuevo la muestra 20 líneas del ilustrador Matt Madden.




    Según indica el autor mismo en el pliego explicativo, esas "20 líneas" son una réplica gráfica a las veinte líneas de redacción que practicaba a diario el escritor Harry Matthews ―su referencia directa―, quien, a su vez, no hizo más que aplicarse y seguir el consejo de Stendhal de escribir diariamente, “seas o no un genio”, un mínimo de veinte líneas. 

    Es más que probable que a Stendhal nunca se le pasara por la cabeza que con el paso del tiempo la porosidad de los lenguajes, las prácticas transversales y las influencias entre las diferentes artes, convertidas hoy en un solo vaso comunicante, harían que su conseja de escritor a escritor fuese literalmente utilizada en el ámbito de las artes plásticas. Y es que Madden, que es ilustrador, ha puesto en evidencia que la línea de escritura y la dibujada podrían en cierto sentido ser equivalentes, y que el contenido semántico de la expresión “veinte líneas al día” es polisémico y de aplicación y provecho indistinto para escritores y también para grafistas.

    Es muy significativo el comentario que Madden deja ir respecto a la estrategia que hay tras esos ejercicios de línea y diga que su objetivo era “profundizar en el dibujo, porque siempre tiendo más al pensamiento estructural/lingüístico”. Creo que el comentario permite entrever que, aunque sea autor de comics, Madden pertenece sin duda al ala pop de esa hermandad de gente rara que, cuando se sienta ante la hoja en blanco, no sabe todavía bien si es para escribir, dibujar y pintar o ambas cosas. La hermandad de los Blake, Michaux, Sarduy, Lamborghini y Ullán, entre otros.

    La exposición me pareció una delicia en su día y me lo ha vuelto a parecer en esta segunda visita. Según Madden, son meros ejercicios de rigor e inventiva hechos a diario utilizando tan solo veinte líneas, pero sorprende ver cómo con mimbres tan primarios y escasos es capaz de articular un repertorio tan variado. Aunque su puesta en escena ―sobre el mismo tipo de papel blanco, en idéntico formato y siempre con tinta negra― es de índole serial, los resultados que obtiene son afortunadamente diversos y muestran un amplio espectro de intereses que van de  lo gráfico a lo caligráfico e incluso a lo narrativo, en algunos de sus resultados más elaborados y felices.

    Y luego está, para rematar, la factura de la exposición, de una sobriedad y delicadeza admirables. Los dibujos no se han enmarcado, se han dejado tal cual sobre una discreta moldura blanca que apenas sobresale un centímetro del plano de la pared y recorre, en uno o dos niveles, el perímetro de la pequeña galería. Notable alto, sin duda.
















domingo, 1 de noviembre de 2015

ARTE REGENERADO





De poco le ha ido que me quedase sin ver la exposición que, bajo el título “Del segundo origen, artes en Cataluña, 1950-1977”, ha permanecido en cartel desde el 2 de julio hasta el 25 de octubre. La vi, como digo, por los pelos, ya que me dejé caer por las espaciosas salas del MNAC el último  domingo de octubre, día de clausura de la muestra. Tuve, eso sí, la precaución de ir temprano para evitar en lo posible las hipotéticas aglomeraciones de día festivo y poder hacer el recorrido con la suficiente demora y sin la molesta contaminación acústica de las visitas guiadas. Con todo, a mi precaución de salir temprano vino a sumarse un descuido fortuito que descubrí nada más entrar al metro: la noche anterior no había hecho el preceptivo cambio de hora. Iba con una de adelanto.
   
   No ya cuatro, sino solo tres fuimos los gatos que accedimos a la exposición a la hora de apertura. Y sí: la vi muy a mis anchas y sin el molesto tábano de las visitas guiadas. Así da gusto.


La tarea de revisar un panorama cultural finiquitado y cerrado, y escoger de entre sus actores y sus obras aquellos que se consideren relevantes no es un mero ejercicio de museografía, sino una operación de naturaleza artística llevada a cabo por comisarios y curadores, que aplican en el ámbito de la cultura la ya célebre máxima del naturalismo acuñada por Émile Zola: “Un fragmento de la naturaleza visto a través de un temperamento”.
   
   “Un fragmento de la cultura visto a través de un temperamento”, esa es la compleja fórmula que está detrás de toda exposición dejada al cuidado de un curador. En este caso, la complejidad inherente a cualquier  operación de ese tipo ha tenido un plus de complicación, ya que no cabe hablar de uno sino de tres temperamentos; y es que, según el doble pliego explicativo que se ofrece con la entrada, son tres los comisarios que están tras la selección de obras que componen el corpus de la muestra.

   Mucho antes de que la industria editorial la manipulase para el negocio y la transformase en el socorrido eslogan “Somos lo que leemos”, la observación de que es la mirada la que verdaderamente nos nutre el carácter se remonta a Plotino. “Somos lo que vemos”, dejó escrito el maestro. Sin poner objeción alguna al aserto de tan venerable clásico, que damos por bueno, no es menos cierto que la frase no pierde un ápice de veracidad si se la articula a la inversa: vemos lo que somos, o sea, que miramos de la única manera posible: con el temperamento.

   Que también para un curador sea ineludible mirar con el temperamento no siempre explica por qué una exposición es como es, y menos una como ésta, que por la estrategia museográfica que la ampara; el presupuesto con el que ha contado; los fondos a los que se ha tenido acceso; el aparato teórico que la sustenta y el magnífico catálogo que aporta —que se ha concebido como obra de referencia y de consulta ineludibles—  deja bien patente su carácter de empresa compleja, discutida, calibrada, pactada y poco porosa a los personalismos y las veleidades del temperamento.


Yo diría que la panorámica que se ofrece de esos veintisiete años de arte catalán no es “una opción neutral y libre de lecturas”, como sostienen los curadores en el texto de presentación, ni es del todo cierto que la exposición no establezca ninguna tesis en concreto, como también se dijo el día de la presentación. Entiendo que la selección de los artistas —son todos los que están, pero no están todos los que son, o fueron, para hablar con propiedad— y los escrúpulos, preferencias y minuciosos cotejos en la selección de obras son todas ellas maniobras hechas a través de un temperamento tripartito pero con una sola intención y muy clara: ofrecer una versión de los hechos y avalarla con un importante catálogo que le otorgue validez de tesis.

   Es evidente que de la revisión de esos veintisiete años de arte catalán —un fenómeno muy localizado, de pequeñas dimensiones y con una reducida nómina de artistas, galerías, grupos y movimientos— no puede salir una ingente cantidad de versiones, que a buen seguro serían muy parecidas entre ellas. Lo que defiendo aquí es que por nimias que fueren las diferencias en la selección de obras y su disposición, supondrían, con todo, ligeras pero importantes modificaciones en gradaciones, énfasis y ritmos del significante, lo que sin duda acarrearía levísimas matizaciones de sentido, significado y discurso. Toda esa red de diferencias microscópicas entre una muestra y otra las convertiría a cada una de ellas en exposiciones únicas de entonación bien diferenciada. Y eso es precisamente lo que ha ocurrido en este caso, aunque el triunvirato de curadores se arrogue de haber alumbrado una muestra “neutral y libre de lecturas”.


A mí me dio la impresión de que se ponía cierto énfasis en algunos artistas, a la par que se atenuaba a otros o se les dejaba fuera sin mayores miramientos. Eso se veía nítidamente en el movimiento de apertura de la exposición, donde yo creo que faltaban los escultores Fenosa y Granyer, y los surrealistas Massanet y Planells. Y era también evidente más adelante, en el ámbito dedicado a pintura de la década del setenta, donde encontré a faltar a la mitad del grupo Trama: Javier Rubio y Gonzalo Tena.

   Por otro lado, al no ser esta una muestra monográfica acerca de un lenguaje o movimiento específico, sino que ha querido abarcar la panorámica del arte catalán a lo largo de dos décadas y media mostrando para ello “las disparidades y tensiones” que confluyeron en la época, es obvio que se ha puesto toda la atención en los movimientos de reactivación de las vanguardias, de ruptura, de Arte Regenerado o que seguía a pies juntillas las modas del momento, en detrimento de gente muy válida que trabajaba al margen de ese tipo de supersticiones —Todó, Villà, Casaubón, Madola, Luisa Granero, Niebla, Joan Mora y los surrealistas de la Sala Gaudí, entren otros muchos—; lo que convierte a la exposición en una maniobra algo sesgada, parcial y sobre todo engañosa para el espectador poco informado, que ha salido de la muestra pensando que la totalidad de los artistas catalanes del período cerraron filas en pos del último grito, cuando lo cierto es que el panorama era rico, variado y, como en botica, había de todo.


Discrepancias al margen, es indudable que ha sido una muestra interesante y de gran riqueza testimonial, en la que se han podido ver obras poco o nada conocidas —y eso siempre es de agradecer— que iluminan la germinación y los recodos, umbríos y poco frecuentados, de las trayectorias de algunas de las luminarias locales del arte del siglo pasado.


Figura en espai fluidic, de Josefa Tolrà, una de las mejores obras de la muestra.


                                                            †



domingo, 20 de septiembre de 2015

BIBLIOTECA FÓSIL, Nº 5 (CATHAY)




Ezra Pound, autor de Cathay, en su pose más
desafiante y conspicua..



Biblioteca Fósil es la colección más radical de De La Pulcra ceniza y el ejemplo que mejor ilustra el talante verdaderamente peculiar de nuestro proyecto. Ninguna de las piezas que la compone es una labor de imprenta, y ni siquiera su factura, y mucho menos su técnica, tienen parentesco alguno con las Artes Gráficas.  No obstante esa filiación extraña, nosotros la presentamos y defendemos, con total honestidad y sin ningún tipo de complejo, como colección neta y estrictamente editorial, en el sentido amplio, necesariamente renovador y no siempre ortodoxo que puede tener en nuestros días editar.

    Siguiendo con la presentación pormenorizada, desordenada y muy espaciada de cada uno de esos trabajos, que iniciamos en junio de 2012 con la entrada dedicada a Four quartets, octavo número de la colección, hacemos hoy lo propio con un trabajo algo anterior dedicado también a un título tan legendario como el del maestro Eliot pero menos popular.

     Es uno de nuestros trabajos de talla más depurados y de elaboración más laboriosa. Reproduce una supuesta edición artesana, hecha a la japonesa y con el religado visto, del célebre poemario de Ezra Pound. Las características de la edición y la editorial son ficticias.
    
    Con todos ustedes nuestra particular versión de Cathay, quinto número de esta Biblioteca Fósil.  






Biblioteca Fósil, nº 5
Cathay, Ezra Pound
Mu Publishing. Ibiza, 1973


Mediada la década del sesenta del pasado siglo, una migración de jóvenes, melenudos, iluminados y muchachas que abominaban del sujetador recaló en la isla de Ibiza para quedarse y, bajo el eslogan “Free, Love, Flowers, Happiness”,  hacer del lugar una habitación promiscua rodeada de mar. La fiesta fue, como es de prever, intensa pero breve; su pico de ósmosis y disolución orgiástica coincidió con el verano del amor de 1969. Después todo haría aguas con rapidez, y apenas en 1972 ese capítulo era ya un hermoso espejismo.

    La mayoría se marchó, y quienes pudieron se reciclaron en profesionales de algo y no se movieron de aquel edén. Tony Townsed rehusó volver al lujoso redil familiar en el exclusivo Primrose Hill. El dinero no había sido ni sería nunca problema para él. Así que se hizo con una destartalada casa solariega provista de higuera y reloj de sol, en la que se instaló para dedicarse a lo que le gustaba. Registró Mu Publishing como marca editorial, habilitó el desván como imprenta y allí realizó sus meritorios tirajes de poesía, filosofía y pensamiento místico, particularmente hinduismo.

    De esta delicada edición en papel artesano del justamente famoso Cathay de Ezra Pound, Mu Publishing hizo un tiraje restringido escasamente a ciento cincuenta ejemplares numerados. El volumen ha quedado como distinguido epítome de lo que aquel proyecto editorial dio de sí.

    Muy imbuido ya en el hinduismo y acaso amodorrado por los aromas del incienso, en 1979 Townsed cortó la higuera, que había contraído un hongo y se pudría irremisiblemente, liquidó lo poco que quedaba de Mu Publishing y fijó su residencia en Benarés.

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En la piedra de factura impecable de este volumen perfectamente conservado todavía se deja ver la vibración dorada del papel artesano amarillo en que fue impreso. Toda la delicadeza de la encuadernación “a la japonesa” y la filigrana del religado visto han pasado milagrosamente a la calcita para dar fe de la hermosura formal y la hechura cabal de este Cathay de Ezra Pund, impreso artesanalmente en Ibiza durante el otoño de 1973.
     
    El escáner ha revelado que este ejemplar es el setenta y ocho de un escaso tiraje reducido a ciento cincuenta unidades numeradas.




Nº de registro                      BF0052009B

Ficha bibliográfica             Cathay
                                                Ezra Pound
                                                Mu Publishing, Ibiza, 1973
                                                62 páginas
                                                Edición hecha a mano en papel artesano
                                                150 ejemplares numerados

Ficha fósil                              Velocidad de fosilización: vertiginosa.
                                                 Estado: endurecido pétreo y de color 
                                                 blanco amarillento con máculas de amarillo
                                                 ictérico en el anverso. Completamente curado y
                                                 con plena apariencia de calcita.  



Cathay, Biblioteca Fósil, nº 5, vista del anverso.

vista del reverso.


Escáner del anverso.

Escáner del reverso.



Logotipo de Mu Publishing.



             
                                                            

domingo, 1 de febrero de 2015

CIRCULAR NOCTURNA II



Vista de la Galería El Catascopio desde el exterior.


El pasado jueves día 29 a las 19,30 h. se abrían las puertas de la galería El Catascopio y quedaba formalmente inaugurada Circular nocturna, mi décima muestra individual y exposición por completo distinta a Nilo abajo, clausurada hace apenas medio año en el Espai Betúlia de Badalona.

    La obra que cuelga de las paredes de El Catascopio es de hecho tan diferente a la que se exhibía allí, que ni por asomo parece del mismo autor. Esa circunstancia descolocó a algunos de los asistentes que nos han seguido poco y no acaban de estar al día de la feliz circunstancia de que nunca (o casi) nos repetimos.

    A diferencia de Nilo abajo, exposición de mucho aparato, hecha con el diafragma de la sensibilidad completamente abierto y en la que coexistían y se cruzaban multitud de técnicas, poéticas, caminos y propuestas, esta Circular nocturna es una muestra austera, casi severa, exenta de aparato y hecha con el diafragma cerrado y enfocado sobre una sola técnica y un único asunto: el collage mixto y los camiones circulando de noche.

   Como ya hemos apuntado en alguna entrada anterior, las ilustraciones fueron realizadas en 2012 para iluminar Ruta nocturna, poemario de David Aceituno publicado al año siguiente por De La Pulcra Ceniza.


Tras pasar por el escáner, las ilustraciones de Circular nocturna llevaban archivadas desde la primavera de 2013. Desde entonces, dormitaban fuera de circulación en un portafolio depositado en uno de los estantes del taller. Sin saber lo que se me venía encima, el pasado verano decidí sacarlas y airearlas.

    El catalizador que puso en marcha las reacciones que culminaron en la inauguración del pasado jueves fue mi buen amigo Lorenzo Casado, quien, en una visita relámpago a mi taller, vio los originales, sin encuadrar ni enmarcar, sujetos con imanes a un riel metálico. Como quiera que le dije que los tenía a la vista para ir revisándolos, ver de enmarcar algunos para compromisos e ir mirándolos sin mayores propósitos, él me espetó una exhortación que resultó providencial: “No divagues, tío. Tienes delante de las narices una bonita exposición”. Ahí comenzó todo.

    Con posterioridad, he caído en la cuenta de que ese “No divagues, tío…” tiene cierta similitud con la conocida (es un decir) amonestación que Lady Macbeth lanza a su marido en el segundo acto del célebre drama: “No caviles tanto”. Los amigos con visión y las esposas decididas están para eso: para que acertemos a ver lo esencial entre lo meramente accesorio.

    Como me gusta hacerlo a mi manera y barato, los dibujos los enmarqué yo mismo (corte del vidrio incluido) cómodamente y sin prisas a lo largo del pasado verano, cuando ya había acuerdo con Rebeca, la galerista que pilota El Catascopio.


Lo mencioné en la breve alocución que hice durante la inauguración y lo repito aquí para que, por así decirlo, conste en acta y no quede como apunte oportunista o flor de una sola tarde: por nitidez de enfoque, gracia en la ejecución y rotundidad poética, yo diría que Circular nocturna es una de mis mejores exposiciones, si no la mejor.



Vista parcial de la exposición. A la derecha, tablón de avisos que contiene la circular nocturna.


Documento que da nombre a la exposición.


Vista parcial de la exposición



Vista parcial de la exposición desde el exterior.

Vista parcial de la exposición

Vista en detalle de una de las obras expuesta.

Vista en detalle de una de las obras expuesta.

Vista en detalle de una de las obras expuestas.




Vista general de la galería desde el exterior.


Rebeca, galerista y piloto de El Catascopio.



                                                                                   

domingo, 28 de diciembre de 2014

LA ÚLTIMA NOCHE DEL ATRASO - II


(viene de la entrada anterior)





II – La noche española

La última noche del atraso es la noche específica, mítica e irrecuperable a la que dan directamente las pequeñas ventanas de esta quincena larga de dibujos que bajo el título Circular nocturna Juan Miguel Muñoz ha reunido en la galería El Catascopio. Esa noche común y al mismo tiempo legendaria, ordinaria y señalada, es la noche de autos (dicho en toda su amplia polisemia) donde se desarrolla el meollo de una curiosa poética de ultracuerpos móviles, fantasmas rodados y apariciones de vehículos difuntos.
   
    El camión que aparece en estos dibujos es el vehículo etéreo y fantasmal que, al igual que esos aparecidos que siempre vuelven a la curva donde fueron embestidos, cubre la misma ruta nocturna cada aniversario de la legendaria última noche del atraso.
   
    Si el encargo de este texto me hubiese llegado antes de que el título de la exposición se hubiese decidido, sin duda habría sugerido que se reutilizase a tal fin Noche española. Es el título ideal; y lo hubiese defendido como si fuese por completo original y Francis Picabia, Eduardo Arroyo o Ángel González, entre otros, no se nos hubiesen adelantado. Sin ánimo de polemizar, entiendo que el lamparón de ese título enigmático, furioso y melodramático queda mejor en la camisa zurcida y pobre de chófer humilde de esta exposición que sobre algunas de las pecheras inmaculadas donde se ha colocado en ocasiones. Pero las cosas son así y hay que aceptarlas, el mérito de haber dado con el título La noche española es de Picabia. Él lo vio primero.
   
    Mi predilección por ese título no es arbitraria. Entiendo que el paisaje que se deja ver en esta serie de dibujos y se obstina en permanecer a oscuras es de España, no hay duda. En esa tiniebla rasgada por los haces de luz de los camiones late la España cárdena y visceral de siempre, la de Goya y El Greco, la de Ramón y Solana, la de Cela y Delibes. La de El Lute y también y sobre todo la de Franco. Sobre todo ésa. Aunque no se ve, el perfil imponente del toro de Osborne anda por esos cerros. Tampoco se ven las vallas donde se publicita La Casera, los viejos transformadores de la luz historiados con el yugo y las flechas o los paredones desvaídos donde figuran la promoción anual de mozos llamados a quintas. Toda esa imaginería está sin duda por ahí, fuera de los haces de luz de los camiones, pero muy cerca.
   
    A poco que le interese el mundo del motor, tenga algo de retentiva y también cierta edad, el espectador medio caerá rápidamente en la cuenta de que los vehículos que aparecen en las ilustraciones no son camiones genéricos sino modelos específicos de marcas nacionales de hace unos años. Ebro, Avia, Nazar, Pegaso, Barreiros, esas son las firmas legendarias que levantaron el parque móvil español de vehículos pesados durante el desarrollismo franquista y cuyos modelos aparecen aquí en todo el esplendor épico de su tarea. Aunque parcialmente velada, la estampa inequívoca de esas viejas glorias se deja entrever lo suficiente para permitirnos adivinar que el camión que se acerca de frente a un cambio de rasante es un Avia; el que deja atrás el perfil de un municipio y encara una pendiente, un Pegaso “mofletes”; el que se dispone a cruzar un puente alto de doble arcada, un Ebro. Y así en cada una de las ilustraciones.
   
    Aunque no es lo más evidente de su complejo discurso, Circular nocturna —cuyo título ideal hubiese sido, repito, Noche española— es también y sin lugar a dudas una exposición de añoranza camp de la imaginería del mundo del motor durante el mediodía del franquismo, fase que hoy, a más de medio siglo de distancia, se nos aparece como un capítulo de relevancia técnica y tenue modernidad acaparado por el casticismo español de viejo cuño y subsumido en su rancio barniz de gloria y fanfarria; una exposición apolítica y apolémica que coincide con el auge del enconamiento antiespañol que se vive en Cataluña —donde campa a sus anchas el eslogan “España nos roba” y funciona a todo tren el aspersor secesionista— y comparece puntualmente en la galería El Catascopio del barrio de Poble Sec de Barcelona sin mitigar ni mucho menos disimular ese rasgo suyo que, precisamente porque podría pasar desapercibido, conviene señalar aquí y evitar así que se pierda irremediablemente en el amplio flujo de un discurso puramente estético focalizado en la puesta al día de la nocturnidad romántica y su inevitable reseña de la insignificancia humana y técnica frente al pasmo del cosmos insondable.


Lo crucial en estos dibujos no es la anécdota que se repite en todos ellos con ligeras variantes. A saber: las luces de un camión solitario abriendo brecha en el paisaje sometido a la supremacía abusiva de la noche estrellada. Que esa luz desvele y enfatice la forma específica de un camino de grava, un árbol o una pared en ruinas es lo de menos. Aunque no es irrisoria —de hecho, va a interesar también al espectador más exigente—, esa anécdota figurativa y tenebrista funciona como reclamo para que nos aproximemos y, con algo de suerte y bastante fe, percibamos que lo esencial no es la luz ambulante del camión ni el resplandor eterno de las constelaciones, sino que lo crucial se da en las zonas sombrías del dibujo donde acampa el paisaje terrestre.
   
    A poco que nos demoremos lo suficiente frente a alguna de estas ventanas, acertaremos a distinguir en el negro uniforme y pleno vagos perfiles familiares. Son formas, cosas, gente, símbolos, traumas, tormentas y lo que cada quien acierte buenamente a ver; presencias que no están en el dibujo sino que las añade, en un acto de transferencia espontanea, el fervor del espectador. Cada hombre en su noche, así de hermosamente tituló Julien Green una de sus obras, frase que vendría a postular la existencia de una noche capital en la vida de todo hombre y, por extensión, de toda persona. El contenido torrencial de esa noche irremplazable es lo que volcamos en las tinieblas del dibujo. Lo que sea que veamos en esa intemperie anochecida es de lo más íntimo que hay en nosotros.
   
    Ignoro lo que, aparte de los inevitables camiones, otros verán en ellas cuando esas imágenes se exhiban en la galería, pero recuerdo perfectamente lo que yo vi la tarde que, puestas en hilera, las contemplé en el estudio de  Juan Miguel. Y lo que vi fue, ni más ni menos, que la última noche del atraso.


III – La noche propicia

Ser de origen rural es un absoluto sin grados ni matices ni escapatoria posible, un estigma visual y auditivo inconfundible, perdidamente irrevocable. No hay comunión como la de mentar con quien también lo ha visto cómo el almidón de la helada deja los rastrojos tiesos, cómo se aleja el soniquete de la esquila. No sé los otros, pero el atraso rural era hermoso: el viento era lo más lozano, y hasta el nombre de las maestras de las escuelas remotas era brisa leve y común: Claudia. De tan flacas, las evaporaba la canícula, y una áspera tormenta de gramíneas y barro las devolvía intactas: el mismo tacto de manzana claudia recobrado al cabo del diluvio. El viento. Era lo más lozano pero también lo más cruel: agitaba rosaledas y deshacía el pelo de las niñas con el mismo brío que los nidos. Pistilos de rosa, broza de gorriones y horquillas de alambre mortífero: el aire del atraso era irrespirable y así de hermoso.
   
    El recuento sesgado de la ruralidad siempre va de eso: de lo rudo y sensual que era todo por entonces. El tópico es cierto, pero en lo referente al verano se queda corto: era sublime y perverso de día, y doblemente sublime y acaso infinitamente pérfido de noche.


Las falenas y las palomillas que acuden a la luz son las que más saben de la brevedad del verano y del valor incalculable de la luz y el calor de una bombilla encendida en la noche tibia de las postrimerías del estío. Ya que me es literalmente imposible describir la secuencia inicial de esa última noche del atraso sin mencionarlas, la dejaré así: un sinfín de falenas cruzaban sus órbitas alrededor de un aplique de pared pobremente iluminado en la calle abierta al desvío de la nacional. Al detenerse el camión, la plaga abandonó de una la luz mortecina del aplique por el resplandor vivo y caliente que brotaba de los faros del vehículo parado. El chofer dejó el contacto y la radio puestos, y bajó a recoger un cabo suelto de lona que rozaba el suelo y a fumar de paso en la penumbra. Entonces oí la canción, el himno bisagra que delimitó con nitidez las áreas de sombra y luz de mis recuerdos. De una parte la mitad umbría de la ruralidad y la belleza absoluta del atraso secular; de otra, el porvenir iluminado, la belleza justa. Acabó de sonar el final de alguna pieza de música borrosa; qué sé yo a estas alturas la coda de qué canción exactamente eran aquella. Ni idea. Lo que recuerdo vivamente es que el prodigio desplegó su tapiz sonoro a continuación. Inextricablemente unido al aroma de gasoil y grasa de motor que transpiraba el camión, fluyó también de sus adentros el hachazo de una canción deslumbrante que partió mi mundo en dos. Yo era una falena que no sabía nada la brevedad del verano ni intuía siquiera el valor incalculable que la luz, el calor y el sonido de aquel estío tendrían para mí el resto de mi vida. Una falena que, como las otras, en aquel instante dejó la bombilla pobre del pasado por el resplandor caliente y vivo de un foco de luz distinta y poderosa. Un insecto adolescente que no sabía que aquel prodigio era Qué noche la de aquél día, ni por supuesto quiénes eran los Beatles.


Lo que yo veo en esta exposición es aquella noche repetida tantas veces como dibujos se exhiben. Veo hasta diecisiete variantes del adorable fantasma de un camión difunto desasido de sus propios despojos que circula hacia un levante de progreso y esparce en la noche las esporas de una canción. Un vehículo espectral que deja atrás la ceniza del pasado, el atraso de las aldeas humildes y las pedanías ilegibles entre tanto polen en suspenso, el de las bandadas de muchachos espiando en el crepúsculo y las niñas orinando en cuclillas en la espesura de una maleza llena de ojos; el atraso de las ancianas camino del rosario, el de las escuelas despobladas por una pasa de paperas y el de los oligofrénicos y los tontos de solemnidad sentados solos en los poyos, mirando nada; el atraso de los suicidas con boina y el de los párrocos cruzando el lodazal de las almas caídas; el atraso de las caballerías cargadas de lavanda y el del plasma de la tarde profunda que gotea sobre el atraso del mundo espesos coágulos de bodas, bautizos, comuniones y sepelios. 


Que cada cual decida a qué profundidad personal alude el vehículo que se abre paso en la densa noche de esta modesta serie de dibujos. Yo veo en todos ellos el espectro de un camión que atraviesa España por su ecuador simbólico: el surco que separa la modernidad incipiente de la ruralidad y el atraso secular. En mi caso, esa dolorosa linde la trazó con toda nitidez una canción crucial e indescriptiblemente hermosa que brotó una noche precisa de la radio de un camión parado.

    Lo que echo a faltar en estos dibujos es la tonada de la canción y el tufo a gasoil. Lo demás está todo igual que aquella noche inolvidable y propicia. La última noche del atraso.


© 2014, Eladio Palomares



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