sábado, 3 de noviembre de 2012

QUINTANA & MICHAEL



 Quintana Roo Dunne Michael (1966-2003) © Joan Didion

 Michael Carson (1946-2000) © Anne Carson




La vida viene a ser combustión y azar. Un meridiano de azufre que no va a ningún sitio, prende por cualquiera de sus extremos —o por ambos— y se apaga donde se le antoja.
     
     Si la infancia es, en palabras del poeta, “la verdadera patria del hombre”, la edad adulta, la madurez y la senectud no son sino exilios sucesivos por campos de acogida, habitaciones para huéspedes y albergues de una noche. Dejamos por escrito la crónica de nuestro paso por esa geografía en una frase cuyo desplazamiento por la pizarra del tiempo describe un dibujo. Además de combustión y azar, la vida es a un tiempo texto y trazo.
     
     Las variables de la escritura de una vida y su dibujo en el tiempo van desde el párrafo encadenado y con sentido que se cierra en círculo, hasta la sílaba enigmática o la letra única frustradas, abrasadas por la luz de un instante.
     
     No siempre es posible que el relato y la gráfica de nuestra vida o la de quienes queremos dibuje en el tiempo la frase elíptica y hermosa que vemos en nuestros sueños.
     
     Entre el montón de libros que llevan ya días revueltos en la repisa trasera de mi cama han coincidido, se han reconocido como semejantes y han dormido, en abandono fraterno una sobre otra, dos publicaciones dispares pero pertenecientes ambas al género elegíaco y que evocan, cada una en su lengua y su noche, el dibujo vital de Quintana y de Michael, dos meridianos de azufre que ardieron antes de lo previsto.


Además de su función de religado y presentación, la encuadernación de cartón rígido hace las veces, en ambas publicaciones, de yeso extendido sobre lenguaje dolorido y viejas fracturas que han soldado mal. Sobre esa escayola de hospitales diferentes el manoseo y el tiempo han dejado una pátina de tonalidad similar, emulsión sensible donde emergen las instantáneas de Quintana y Michael niños, súbditos de la única patria que cuenta. En los márgenes de esas imágenes se han dispuesto títulos y credenciales: Anne Carson, Nox; Joan Didion, Noches azules.
     
     La primera página es común en ambas publicaciones y hace las veces de pared con dedicatoria, ofrenda colgada y aplique con palmatoria encendida noche y día, que ilumina apenas un nombre o lo agranda y multiplica en exvotos manuscritos hasta abarcar todo el papel.

     “Este libro es para Quintana”

     “Michael, Michael, Michael, Michael, Michael, Michael. Nox, frater, nox”.
     
     Al otro lado de ese delgado tabique está la noche azul y está Nox, la noche sin más.
     
     Ha sido al girar esa página cuando he entrado en libros diferentes y noches muy distintas.


El azul del véspero es el color de los recuerdos. La zapa y los estragos del tiempo son azules, pero también la llamarada de la juventud y el estío acaban teniendo el color de esa hora en que se nos aparecen los que ya no están pero nunca se han ido del todo. El color que rige Noches azules no podría ser otro que el de la melancolía y la llama de los infernillos de gas.
     
     La luz de Nox es la del amarillo tenue del papel envejecido y el sepia de las fotografías antiguas. No en vano la publicación, que se abre con el poema 101 de Catulo tecleado en papel amarillado con té, incluye reproducciones de fotografías viradas a sepia y del desplegable de la única carta que el hermano desaparecido remitió a la madre en veintitantos años. Una delicada tulipa de papel vainilla recogido en pliegues translúcidos. A través de turbias capas de papel velado es perfectamente legible el nervio azul de la escritura intacta.
    
     Los lazos de camaradería que Noches azules y Nox  han establecido en la repisa trasera de mi cama a partir de sus colores y de su comunión con la noche no es más que un eco del viejo precedente que aún los ata. Amarillo y azul, los colores de culto de los primeros románticos alemanes, de la bandera que no tuvo el movimiento Sturm und Drang y de la ropa de los jovencísimos lectores de Himnos a la noche de Novalis fanáticos de Werther. Muchachos que combinaban esos colores en su vestimenta y que por menos de nada —o porque la vida sin la temperatura de un ideal abrasador es precisamente eso: frío y nada— se descerrajaban un tiro en la sien al grito de “el mundo es más pequeño que el alma humana”.
     
     Toda vida breve es un atajo y dos destellos. Un meridiano de azufre que prende por los extremos y se consume en el centro.


Noches azules comienza con un destello blanco. El de la boda luminosa de Quintana. Lleva en la trenza una cascada de jazmines de Madagascar. A través del velo se le ve el tatuaje de una flor debajo del omóplato, por donde sale la punta de las saetas mortales. Desleída en el azul de la melancolía, la luz de ese destello, que espejea aquí y allá a lo largo del texto, se apaga hacia la mitad del libro. Es entonces cuando el azul se hace sombrío y cae definitivamente la noche sobre el texto.
     
     Aunque para no referirse a él da un rodeo por el arco iris, también la primera frase de Nox remite al blanco deslumbrante: “I wanted to fill my elegy with light of all kinds” (Quise llenar mi elegía con toda clase de luces). La convergencia de todos los colores del espectro —de “toda clase de luces”— en un solo haz hubiese dado el blanco puro de la luz, del velo inmaculado de la novia de Noches azules.
     
     La supremacía del blanco abrumador en los comienzos, o su perífrasis, eclipsa en ambos libros la existencia de un tercer color que, aunque está presente y también cuenta, es omitido y desplazado de la imagen de apertura.  Hay que adentrarse en ambas obras para dar con ese color que, aunque está y cuenta, ha sido  relegado y mencionado mucho después.
     
     En un punto determinado hacia el final de Nox (obra impresa sobre un largo papel continuo plegado en acordeón, cuya distribución no está fragmentada en lo que comúnmente denominamos páginas), Anne Carson ha tecleado, en una estrecha tira de papel adherido a otro donde figura el dibujo esquemático de una pierna desde la ingle hasta el pie, esta enigmática  interrogación: “Why do we blush before death?” (Por qué nos ruborizamos antes de la muerte). Y algo más allá insiste nuevamente acerca de ese color en particular y de cuándo debería de haber sido mencionado: “If you are writing an elegy begin with the blush” (Si escribes una elegía comienza por el rubor) y no hagas como yo, parece aconsejar Anne Carson. El rojo de la sangre, que sube en un sofoco hasta la cara y da nombre al rubor —por el que ha de comenzar toda elegía—, es el color cuya mención se ha omitido a favor de un comienzo neutro.
     
     Es en la página 60 de Noches azules donde Joan Didion describe finalmente el atisbo del rojo, presente en la escena de apertura pero no mencionado en su momento:
     
     “Otra cosa que todavía veo del día de la boda en San Juan el Divino: las suelas del color rojo intenso de sus zapatos.
    
     »Llevaba unos zapatos de Christian Laboutin, de satén claro con las suelas de color rojo intenso.
     
     »Cuando se arrodilló en el altar se le vieron las suelas rojas”                       
     
     Lo que menciona Didion es el rubor en el rostro de Quintana —que  ella no podía ver ya que estaba detrás—, el rojo cárdeno de la sangre y su afloramiento en el extremo opuesto del cuerpo de la novia, en las suelas de sus flamantes zapatos nuevos de Laboutin.
     
     Desplazado del movimiento de apertura, el rojo explosivo de la sangre asciende hasta la cara y se transparenta en rubor en las páginas de Nox; o bien desciende en cascada hasta la bóveda del pie, fluye al exterior por la retícula de pequeñas cicatrices que la Quintana de Noches azules —de cuando bajaba descalza diariamente hasta la playa por unas escaleras de madera astillada— tiene en las plantas de los pies, y empapa sus zapatos.
      
     Ambas autoras incurren en idéntica omisión, hecho que no se debe a ninguna coincidencia fortuita, sino a la aplicación en el ámbito de la literatura de técnicas de momificación y conservación de difuntos, que Didion y Carson, llevadas por el deseo de preservar a toda costa el recuerdo de lo que la muerte ha sustraído y no tiene repuesto, llevan a la práctica con la precisión y el cuidado de un embalsamador del Bajo Imperio.
     
     Es la misma Anne Carson quien nos pone, el en segundo párrafo de Nox, sobre la pista de los vínculos insospechados que tienen en común la elegía y la historia. “History and elegy are akin” (La historia y la elegía son afines).
     
     Cuenta la primera que el cuerpo del difunto debía ser sangrado, y sus vísceras y partes blandas, retiradas. Que bajo la venda de lino perfumado y blanquísimo quedara únicamente la mojama impoluta del cuerpo con sus joyas de parentesco y de rango. Todo aquello que se corrompe fácilmente y no se puede conservar era depositado en urnas, en delicados vasos de alabastro que se arrumbaban a oscuras, junto a las paredes de la cámara funeraria.
     
     Algo afín a eso es lo que han hecho Carson y Didion con sus muertos. La publicación es la cámara funeraria, a la que hemos de acceder como arqueólogos: a través de la argamasa que la sella y las advertencias acerca de la maldición y los castigos que acarrea el saquearla “All rights reserved. No part of this book may be reproduced” “Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos por la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos…”. Para llegar hasta la momia hay que retirar sucesivos sarcófagos de lapislázuli, de oro; o bien levantar esas cubiertas de material precioso al girar las páginas de inicio de ambos libros: el jaspe azul de las noches que describe Didion; el poema de Catulo teñido de orina y oro.
     
     La venda deslumbrante que envuelve a la momia ilumina la penumbra con el mismo destello que el velo de la novia de Noches azules en su primer párrafo y el mismo fulgor insoportable que el haz de luz habría dejado en la frase de inicio de Nox. Lo memorable, lo que ha de resistir a la muerte y perdurar no es la momia física, sino la imagen de apertura purgada de sangre, eviscerada y aligerada de todo lo que no sea mediodía, músculo y gracia de la existencia reflejada en el cuerpo del hermano, de la hija. Sangre en la suela de un zapato, rubor y vísceras que, arrumbados en la penumbra del texto, son mencionados de pasada entre el montón de objetos accesorios que, no obstante, el tiempo nunca decantará del lado del olvido.


La imagen que me quedo de Quintana y Michael tras la lectura no es la foto estática y gris que figura en las portadas, sino la de un pedazo vívido y dinámico de sus infancias remotas y en color.

     “When we were children my family moved a lot and wherever we went my brother wanted to make friends with boys too old for him. He ran behind them, mistook the rules, came home with a bloody nose…”

     “Esta semana Quintana cumplirá once años. Se acerca a la adolescencia con lo que solo puedo describir como garbo…”
      

Nox está publicado por New Directions, y Noches azules por Mondadori
                        
                                                                                      






  

domingo, 7 de octubre de 2012

LA ESTAMPA INDELEBLE





Hubo un tiempo en que buena parte de los libros se hacían con el cuidado y el amor al detalle que exigen las Artes Gráficas. Hasta no hace mucho, adentrarse en cualquier modesta edición de tiraje masivo pasaba por franquear una tapa provista de camisa, cruzar las guardas iluminadas y dar con un papel decente y una elegante portada a dos tintas con viñeta incluida.

Muchas de esas hermosas publicaciones andan por el mundo desahuciadas, y han acabado sus días en el cajón de revolver de los libreros de lance junto a obras de papel pajizo editadas al descuido.  Entre la rústica infame de toda época, la novelería de peseta de ayer y el cordel de hoy mismo hay en esos revoltijos promiscuos ediciones modélicas de José Janés, de la editorial Apolo, de Afrodisio Aguado, de Paluzie.

La usura del tiempo y el rasero del olvido hacen de esas frazadas de libros un todo lastimoso donde dominan el color y el olor de la decrepitud. Se nos han ido muchas mañanas de domingo espigando en esas fosas comunes la obra hecha con primor. Bajar a pulmón hasta el fondo de ese pantano de papel barato y volver a la superficie con algo decente ha sido durante años el objeto de nuestro baño místico en la edición.

Hemos acabado por intuir que, más allá del mero pasatiempo y el  sigiloso crecimiento de nuestra humilde colección, esa tarea de recuperación podía tener una finalidad y un sentido. Nos ha llevado tiempo entender que lo que esas publicaciones sentenciadas merecen y buscan en nosotros es una segunda oportunidad, una vida nueva.

Proporcionar expectativas y un nuevo porvenir a una edición cabal, irremisiblemente venida a menos y en peligro de esfumarse para siempre en el molino de papel —cuando no en el fuego—, es lo que nos propusimos al crear La Estampa Indeleble.

El corte con su pasado y la inmersión de un libro modesto en otro porvenir exigen para él una nueva identidad en un ámbito bien distinto al de la vida de anonimato y grisalla que tuvo en su día. El cometido de La Estampa Indeleble es indagar acerca de qué autor y bajo qué estética y pie editorial es creíble esa nueva identidad. Y llevarla a cabo, con todo el esmero y no poca dificultad, en páginas no impresas extraídas de la propia publicación.

Hay un solar que no es de nadie porque es de todos, donde cada cual hace fuego del talento propio y pone a hervir en una olla lo que es común: los procedimientos irreverentes del arte de hoy, la cultura de masas, los hitos del diseño, las ruinas de una determinada estética y todo aquello que a uno le parezca. Y después lo sazona y lo sirve allí mismo, al aire libre. 

Así es como opera La Estampa Indeleble. Aunque el secreto a voces de su cocina vendría a ser ese, lo cierto es que su auténtico latido es bien simple y puede ser descrito con muy poco: la admiración sin reservas por los libros hermosos y las Artes Gráficas tradicionales.


"Mick Jagger , Some girls", colección particular.
















                             © de todas las imágenes, De La Pulcra Ceniza, 2012.

Cada ejemplar de La Estampa Indeleble se presenta sobre un fondo de terciopelo rojo en caja de metacrilato, y lleva en el reverso una etiqueta con la fecha de impresión y la acreditación como ejemplar único.

La Estampa Indeleble se vende en la tienda virtual de la librería anticuaria Volaterra. 

                                                        
                                                                                     






lunes, 24 de septiembre de 2012

DIBUJANDO II


El pasado mes de mayo me referí en “Dibujando I” al inicio de las tareas de ilustración del próximo número de Libros De La Micronesia, que  por aquellos días se hallaban todavía en estado de mera tentativa e indagación. En esa fase —incipiente y de muy delicado microclima— es imprescindible tener a tiro la papelera, entrar al dibujo con el ánimo bien pertrechado de paciencia y el criterio afilado, a ser posible, en la piedra que mencionan los pintores taoístas y que lleva grabada esta exigencia: “la distancia entre la obra válida y la desechable es del grosor de un cabello”.

Todavía tiernos y visibles los arañazos y hematomas típicos de la pelea inicial contra la forma, a cuatro meses de aquel movimiento de apertura, y aún abriendo vía entre lo que la improvisación ofrece a manos llenas y lo que uno persigue —cuya naturaleza es por definición escurridiza—, he venido a dar en una serie de soluciones, de imágenes con cierto grado de elaboración en las que, de manera todavía latente, veo ya en potencia los requisitos y cualidades mínimos a los que aspiro.

Ahora se trata de “proliferar”, como denominaba Miró a la fase de sistematización y consiguiente explotación de un hallazgo. En su caso, esa explotación —en algunos casos sobre explotación, a mi entender— podía dar lugar a una extensa serie de obras. Para el caso únicamente son necesarios una veintena larga de dibujos a los que, llegado el momento, someter a criba. La idea es que podamos disponer a principios del próximo año de una docena de láminas pasables, de ilustraciones que hayan sudado previamente lo suyo y lleguen a esa fase final ya depuradas.

Si bien es cierto que, como sostenía en “Dibujando I”, mi talante  en la mesa de dibujo nunca me ha permitido —salvo excepciones—  saborear a conciencia la felicidad de la improvisación, he de reconocer que el cielo salpicado de astros, el rastrojo de  luces y el efecto general de nocturnidad en bruto de esta serie de dibujos son en buena parte fruto de la casualidad.

Hará tres o cuatro años utilicé como textura de fondo para unas fotocopias un trozo de formica negra rozada y sufrida, que daba tumbos por el taller y servía para todo tipo de menesteres. Inesperadamente, al ampliar por encima del 200%, los roces, impactos y accidentes se destacaron del fondo como una intrincada red de líneas, destellos y fogonazos luminosos. Aunque en su momento no me sirvió para nada, el resultado me pareció interesante y archivé las fotocopias y el pedazo de formica. A ese cabo suelto es al que regresé de nuevo la pasada primavera.

En sus últimos años, William Burroughs pintaba con escopeta. Colocaba en el caballete un retal de madera contrachapada, se retiraba una buena veintena de pasos y abría fuego con escopeta de cartuchos. Los balines mordían la materia y levantaban, a diferente profundidad, astillas de chapas de madera previamente pintadas. El destrozo en aquella superficie era la obra. Allí estaba, reducido a maqueta, todo el universo del viejo maestro: la retícula de las ciudades muertas, los canales infectos, las fibras y trazas de la erosión y el desierto que han podido con todo tras el Apocalipsis.

Yo no disparo. Expongo un trozo de madera gastada a la luz implacable de la copiadora y lo amplio a un 300 o 400%. Y ahí está la noche en bruto: la luz del cosmos, la fosforescencia del viento solar, grumos de estrellas, ovillos de galaxias, el trazo de los meteoritos, el dibujo cambiante de las constelaciones y la migración en masa de la luciérnaga hembra. El resuello luminoso de Dios, visible.

Burroughs soltaba su andanada y le bastaba con la mordida de los perdigones, pero yo he de aplicarme todavía sobre esa dádiva generosa que el azar me ha proporcionado. He de dibujar un humilde camión y su nimbo de luz tenue, que, de camino hacia no se sabe dónde, cruzan por entre el fasto de una noche encendida como nunca.







 © de todas las ilustraciones, Juan Miguel Muñoz, 2012.



                                                                                




domingo, 16 de septiembre de 2012

LIBRO DEL SÁBADO





Sin la muerte solo habría un dibujo: el firmamento.
                       (Libro del sábado)


Acaso la muerte personificada, la parca, sea el único ente verdaderamente superdotado. Su pasmosa velocidad de aprendizaje, asimilación y alta capacidad serían —son— absolutamente sobrecogedores, y su  dominio de procesos, técnicas y habilidades complejas, prácticamente instantáneo.

Si se acepta lo anterior como razonable hipótesis de partida, no sería ningún disparate pensar que la oscura muerte, esa presencia que la tradición, la cultura y el apego a la vida han tachado de execrable y ominosa, pudiera tener también sus veleidades de artista y ser, en el mejor de los casos, creador dotado, sensible y muy capaz de producir alguna que otra obra  estéticamente cualificada o como mínimo pasable.

El Libro del sábado no es otra cosa que el álbum de dibujo de la muerte, el infolio bello y demencial donde queda registrado su vertiginoso aprendizaje, que en escasamente un día —un sábado sublime—  y un buen fajo de esbozos, apuntes del natural y ejercicios libres evoluciona de no saber coger un lápiz a dibujar como los ángeles.

He venido trabajando de manera intermitente en esta obra —saludablemente inacabada y prácticamente inédita— desde 1998. Siempre me he referido al Libro del sábado como un ingente volumen que respira a sus anchas y se resiste a ser concluido, maquetado y comprimido en formato libro; una obra cuyas imágenes y textos están quizá destinados a perdurar en un estado de gracia robusta y salvaje ajena por completo a las formas de compresión, producción y difusión de producto cultural.

Al cabo de estos casi quince años de trabajo discontinuo llevado a cabo como por antojos y pulsiones de muy distinta intensidad, lo cierto es que el magma de la obra no se ha enfriado todavía. Hay dibujos que entran y salen del plan general, pasajes del texto que hacen lo propio y presentan dos y hasta tres versiones, y toda una maleza de bocetos y cuadernos que han brotado en los márgenes del terreno que en su día se acotó y desbrozó como Libro del sábado. La parcela parece dejada, pero nunca ha estado en abandono.

La obra se compone de sesenta dibujos al grafito sobre losas de mármol y una serie de textos grabados sobre vidrio. El conjunto se distribuye en diez aparadores metálicos que ocupan una superficie aproximada de 50m2. Pese al contenido netamente genital de unos cuantos dibujos de la serie, es a todas luces evidente que la obra en su conjunto no tiene parentesco alguno con la obscenidad gratuita ni con el mal gusto, y no será necesario advertir al espectador a cerca de “contenido explícito” cuando sea mostrada, junto al resto del material de De La Pulcra Ceniza, en la exposición que prepara el Espai Betúlia de Badalona para el 2014.

Como adelanto, ahí va una serie de imágenes y textos escogidos del primer movimiento de los cuatro que componen el Libro del sábado.




        La chiquilla furiosa que acude al dibujo vestida
                de pandemias está al caer. Su soberbia esplende más
que el papel en blanco hacia el que acude.
                   Flota pálido su trémulo plumier en las exequias del día,
               y se oye un lápiz dar bandazos como de estiba suelta
                                                                                 en un navío escorado.



           Hecha a la dalla y la desdicha, qué sabrá la muerte
   de dibujo ni su mano inepta de coger un lápiz.
 En ceniza se deshace el papel bajo su zurda.
 Tal una tormenta de pétalos tullidos llevados
por el viento hacia un museo de escombros,
pasan los apuntes de la muerte en pedazos;
   en añicos esparce su talento la noche blanca.




                                  Ahí van las pavesas del primogénito
                                  de sus dibujos, expuestas en el viento.
                                  Se pierde en la madrugada la página inicial
                                  del álbum de una niña dotada como nadie.
                                  Su arranque memorable se ha volado,
                                  pero la valía de esa mano medra y convence.
                                           La muerte sabe, 
                                           ha domado la línea nada más ponerse.




                                  Pero la línea no es nada para quien
                                  tanto promete. Es hora de fríos cotejos
                                  y pruebas de más alta pericia.




                               Chorreando talento, esa muchacha vestida
                               de óbitos controla su pulso bestial de madrugada
                               y dibuja a mano alzada sobre la lisura de una lámina
                               llena de ahogados. Encorvada sobre las aguas estancas
                               de un aljibe fatal, esboza en agua misma
                               a cuenta de papel; carne pudenda copia del natural
                               bajo una luz antigua de pelo de niños
                                                            ardiendo en el fanal.




         La que diezma, orina en las cisternas como quien
                         emborrona ofuscado láminas fallidas. Las aguas desbordan
             y arrastran consigo los posos de un obsceno dibujo
        a su sepulcro de fango. Ese carmín de casquería
           que corrompe la crecida es prueba evidente de que
          la muerte sabe. No ha amanecido aún y ya dibuja
              la carne como tal. Su mano mustia y glacial es capaz
                                                          de infundir el parecido.




 © de todas las ilustraciones, Juan Miguel Muñoz, 1998-1999-2000 y 2001.






Aspecto que presentaba el Libro del sábado en 2005.






                           

domingo, 26 de agosto de 2012

EXPRESIONISMO FELIGRÉS







La señora Celia Giménez, vecina de la localidad de Borja, pintora aficionada y devota de las imágenes sagradas ha copado estos días los trend topics de la red y se ha convertido, muy a su pesar, en una celebridad mundial, siendo en este momento la única persona viva que figura en el apartado “personajes célebres” de la página web de esa localidad.

Ese acceso abrupto a la fama se ha desencadenado a raíz de su desafortunada intervención sobre un Ecce Homo original de Elías García, pintor local que allá por el siglo XIX plasmó la imagen en una de las columnas del Santuario de la Misericordia de aquella localidad.

Si bien la intervención se hizo con el propósito y la intención declarados de restaurar la imagen, que a todas luces se hallaba en estado de abandono y evidente deterioro, el resultado cabe tildarlo, sin paliativo que valga, de auténtico mamarracho.

Aunque al parecer hay unanimidad en considerar que la nueva imagen está lejos de poder ser apreciada siquiera remotamente como estéticamente cualificada, creo que hemos de ser muy cautelosos al respecto, ya que si reconsideramos  su naturaleza peculiar de imagen sacra, valoramos su factura plástica a la luz de lo que hoy se entiende por expresión pictórica y, sobre todo,  la contrastamos con clamorosos ejemplos de ese mismo género que son tenidos por arte auténtico, deja de ser tan evidente y palmario que la imagen carezca de cualquier tipo de cualificación y sea el adefesio unánime del que el planeta entero se ha reído.

Como restauración, esto es, como intervención destinada a la recuperación del aspecto original de la pintura, la falta evidente de técnica de doña Celia ha descarrilado de lleno, ha desfigurado y suplantado una imagen de la escuela realista por un monigote expresionista. El destrozo  es doble: la figura resultante no solo no se parece a la anterior, sino que el nuevo Cristo es una caricatura sacrílega de rasgos vagamente humanoides.

No obstante todo lo anterior, es evidente que en arte sacro esa cadena de fiascos ha de tener otra lectura. Al parecer, Fra Angelico decía que nunca retocaba nada pues lo que plasmaba su pincel era voluntad divina. Eso era así en una época en que  Dios, absoluto e inmutable, ocupaba el centro del imaginario social, el arte sacro era el único arte y Su voluntad fluía sin necesidad de enmienda en pintores de la talla de Fra Angelico.

Es innegable que el soplo del espíritu sigue infundiendo vida al pincel de los pintores sacros, y que quien en su día guió a Fra Angelico maneja hoy la mano de doña Celia. Es aquel mismo Dios pero falible, venido a menos y  desplazado a los márgenes externos del imaginario colectivo; Dios cuyo flujo inspirador se ha estrechado, ha perdido brío y ya no apela a una estética hermosísima e inmutable sino que se aviene mansamente a las convenciones estéticas del momento, las de la pifia, el feísmo, el sarcasmo y el desdén hacia sí mismo, de los que se nutre una buena parte del arte actual y que al parecer han calado también al arte sacro de nuevo cuño, del que doña Celia sería uno de los valores actuales.

Si atendemos al interés manifiesto de Dios en que su Hijo desdeñara a los soberbios y tuviese trato preferente con los niños, los humildes, los sencillos y los simples, a los que garantizaba su entrada en el reino de los cielos, no es de extrañar que haya elegido para manifestarse a una pintora aficionada y de técnica harto deficiente. Lo inesperado es que la haya guiado para vandalizar un icono piadoso y convertirlo, muy al gusto contemporáneo, en obra de un artista manipulada, rectificada o incluso humillada por otro, como ocurre aquí. El caso Borja demuestra que Dios está al día, y que los procedimientos de su plástica y sus legítimas ansias de notoriedad inmediata son los de buena parte del arte y los artistas de hoy.

Puesto que es evidente que “eso” no es el Ecce Homo, que permanece bajo el espantajo que lo ha suplantado, creo necesario observar atentamente la nueva imagen, en la que, yo diría, hay indicios suficientes de elocuencia como para pensar que Dios está utilizando las nuevas formas de expresión para que su mensaje nos llegue con toda nitidez.

El nuevo rostro salido de los pinceles de doña Celia es el de un homúnculo tumefacto, asexuado y sin boca, cuyos escasos rasgos de persona trabajada por la parálisis facial se agolpan en el extremo de una cara que ya no mira hacia lo alto sino que dirige sus ojos apagados de humanoide vegetativo al espectador. El nuevo Ecce Homo de Borja tiene todo el aspecto de un personaje de Beckett sumido en el proceso de degradación y pérdida del yo entre el marasmo de la vida reducida a existencia y persistencia en el absurdo.

Entiendo que es indispensable que la pintura de de doña Celia se conserve con el título que ya tenía, Ecce Homo (He aquí el hombre), puesto que sin duda es un espejo veraz de cómo es el hombre, de cómo somos. Ese rostro informe, genérico y sin boca es el de las víctimas masacradas en las guerras, gaseadas y pasadas por los hornos; el de niños soldados abatidos que se pudren al sol en la sabana; el de las muchachas desfiguradas por el ácido; el de las “morenitas” que a diario aparecen en los vertederos de Ciudad Juárez con un tiro de gracia; es el rostro de los pobres de solemnidad y también el de los estragados por la avaricia. Pensamos que se trata de una lámina risible, pero lo que Dios, la inteligencia del universo, el jefe de los átomos o como quiera llamársele nos ha puesto delante es un espejo. Esa mueca desangelada en una pintura inepta y de baja estofa es la nuestra.

El Ecce Homo de Borja rectificado por doña Celia es arte sacro de hoy, una muestra de expresionismo feligrés que nos recuerda poderosamente a la pintura paleocristiana y que, como aquélla, ha sido plasmada por una mano guiada por la devoción y más atenta a la pureza del mensaje que a respetar las convenciones del parecido o a tener siquiera en consideración la imagen que le sirve de soporte.  

La historia de la pintura no se compone únicamente de cuadros colgados en museos. También abarca lo desconocido, lo humilde y en lo que nadie repara: una vieja mancha de grasa en el arcén de una carretera comarcal, lamparones de cal en el espejo quebrado de una casa abandonada o el maquillaje corrido en el rostro de una muchacha que ha llorado son también pintura, oficiosa y en trance de desaparecer, pero pintura a fin de cuentas.

Inversamente a las obras del pintor de la cueva de Chauvet, que hace apenas unos años no constaban siquiera en la historia de la pintura y hoy la encabezan de manera deslumbrante, el Ecce Homo de Borja ha entrado momentáneamente en la historia para salir de ella de inmediato y adentrarse para siempre en el olvido. Hoy por hoy, mientras escampa y llega lo inevitable, uno de los capítulos recientes de la biografía de la pintura lleva la firma de doña Celia Giménez, vecina de Borja.


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