lunes, 2 de septiembre de 2013

RUTA NOCTURNA (I)






El próximo día 9 de septiembre publicamos, finalmente, Ruta Nocturna, décimo número de la colección Libros De La Micronesia, de cuya gestación a lo largo de estos dos últimos años hemos informado parcialmente en algunas entradas de este blog.

     A consecuencia de nuestra particular noción de lo que significa editar, y de la relatividad con que afrontamos las exigencias de premura y puntualidad, la publicación ha visto la luz con casi medio año de retraso sobre la fecha de aparición inicialmente prevista. Lo cierto es que nos quedamos cortos y no la pudimos presentar en la última edición de la feria Arts Libris del pasado mes de abril, como era nuestro deseo.

     El décimo número no es un ordinal cualquiera en la trayectoria de una publicación que ha alternado la periodicidad anual con la bianual e incluso la trianual, como es el caso de Libros De La Micronesia. Señala el momento preciso de inflexión en que el proyecto pasa de uno a dos dígitos para numerar cada una de sus entregas; tránsito simbólico en el que ―así queremos creerlo― deja atrás su primera época y alcanza la mayoría de edad, su incipiente madurez como empresa que ha logrado, como mínimo, mantenerse en el tiempo.
  
    Trabajando en este número, colocándole ese intimidante “Nº 10”, hemos percibido por primera vez que nuestra criatura franqueó hace tiempo su pubertad y su particular adolescencia, y que la hemos llevado de la mano a través de la maleza mustia de los años sin advertir que todos nos hacíamos  mayores.

  Gestar y culminar una publicación tan poderosamente señalada por las circunstancias es un reto para cualquier proyecto editorial. En De La Pulcra Ceniza nos pusimos manos a la obra totalmente convencidos de que el décimo número iba a ser especial en nuestra trayectoria, y de que si puede hablarse de “continuidad ascendente” en la curva que la colección describe, Ruta Nocturna debería ocupar, con suficiencia y por méritos propios, la cresta de la primera época de Libros De La Micronesia.

     Que hayamos logrado o no ese propósito lo sabremos en breve y nos lo delatará un sonido: el eco que el impacto de la publicación tenga entre nuestro público.


Como todo Libro De La Micronesia que se precie, Ruta Nocturna es una publicación compleja que integra elementos textuales, plásticos y objetuales que interactúan entre sí en estrecha piña conceptual y estética. Su cuerpo central (Ruta Nocturna) se ha destilado a partir de los textos de David Aceituno y las ilustraciones de Juan Miguel Muñoz, que trabajaron por separado con intención de que imagen y texto no se solaparan o fueran redundantes más allá de lo inevitable. A ese cuerpo central hay que añadir La bestia que desprende luz, de Luís Vadillo, un texto lateral pero imprescindible para la compensación de fuerzas de la publicación.
      
      A esos dos elementos constituyentes se suman una serie de añadidos entrañables y detalles curiosos que otorgan al conjunto su peculiar timbre de edición fuera de lo común: el libreto con imágenes de camioneros y sus venerables máquinas, un tacómetro usado, fragmentos del manual de instrucciones de un camión Pegaso, etc.

    Como ya es habitual, la publicación se presenta en el típico estuche impreso a una sola tinta, negra en este caso, iluminada únicamente con nuestro conocido logotipo.

   La publicación va dedicada a Alfonso Lozano, amigo, mecenas y mucho más recientemente desaparecido, y ha contado con el apoyo incondicional de: Élite Gràfic 2000; Group Advance Industrias Gráficas; Service Point; Baró Siglo XXI; Doresa S.A.; Guarro Casas, Egedsa y Luis Milá. Nuestra sincera gratitud a todos.

   El equipo que ha alumbrado Ruta Nocturna lo componen: Araceli Ramos, Juan Miguel Muñoz y, muy especialmente, nuestro ya legendario e irrepetible binomio de productores: Ángel Fraternal & Daisy Dusk.

   La edición consta de 450 ejemplares numerados, que ponemos a la venta el próximo día 9 de septiembre al precio de 40 € c/u. Únicamente lo venden De La Pulcra Ceniza y la Llibrería Laie CCCB de Barcelona.   
   























                                                                                  






sábado, 16 de marzo de 2013

LEERLO TODO - II





Giacomo Leopardi metido de lleno en la ardua tarea de leerlo todo. Obra de Raffaele Faccioli.



En una frase de mucha temperatura romántica, José Antonio Primo de Rivera afirmó que “la vida no vale la pena si no es para quemarla en una gran empresa”. Hasta no hace mucho esa expresión podía tener, al menos, dos sentidos: el de quemar la vida con arrojo en un asunto de dimensiones épicas, y el de cursar toda la vida laboral en una gran empresa comercial, fijo y con contrato indefinido; en cuyo caso ya no cabe hablar de arder en un empeño memorable, sino más bien de quemarse a fuego lento y acabar consumido en algún despacho hasta la jubilación o el ictus. Es a todas luces evidente que la caída del empleo, el ascenso del contrato a tiempo parcial, el nomadismo laboral, la deslocalización de empresas y la crecida de las aguas cenagosas de la sociedad líquida lo han puesto difícil para que hoy en día pueda alguien quemar toda su vida en una gran firma comercial, circunstancia esta que ha propiciado que el valor polisémico del término “empresa” en la frase de referencia se haya retraído y solo conserve ya un significado: el de asunto grandioso al que inmolarse uno.
     
    Por su magnitud descomunal y su evidente naturaleza de causa perdida de antemano, la empresa de querer leerlo todo, absolutamente todo, bien podría ser uno de esos grandes asuntos en los que acaso valga la pena dejarse la vida.
     
    Entre los libros que, como decía en la entrada anterior, he rescatado de la repisa trasera de mi cama y devuelto a su estante (en los que he advertido que, curiosamente y pese a su diversidad, coinciden en hacer mención, siquiera de pasada, del peliagudo asunto de leerlo todo o al menos intentarlo), hay uno que se ocupa precisamente de un caso archiconocido de furia lectora incontinente y de consecuencias trágicas. El de Giacomo Leopardi, figura legendaria de las letras italianas cuya corta vida ardió y se consumió velozmente a causa de la entrega sin reservas al estudio sistemático y la furibunda lectura de la vasta biblioteca familiar. Aparte de ocuparse de su figura, el volumen es también una monografía que repasa los contenidos, la formación y los avatares de ese fondo bibliográfico desde los modestos inicios como biblioteca personal del conde Monaldo ―padre de Giacomo―, hasta su apertura al público en 1812 convertida ya en un importante fondo que contaba con más de 12.000 volúmenes. En esa frondosa umbría de papel se inmoló Giacomo Leopardi.


Vista parcial de la biblioteca de Monaldo Leopardi, Recanati, Italia.


Al parecer, en pleno fervor revolucionario y bajo el claro dominio de la pólvora napoleónica, el joven Monaldo Leopardi seguía apegado al viejo régimen y estaba tan chapado a la antigua, que a más de ser un acalorado defensor del trono y del altar fardaba de ser el último italiano que aún llevaba espadín cogido al cinto. Su facha algo caduca y ese particular talante ideológico de que hacía gala no eran óbice para que en lo referente a sus intereses intelectuales fuese persona de amplias miras puesta siempre a la última, pero por debajo de sus aspiraciones. En su Autobiografia, Monaldo Leopardi reconoce que si hay una certeza que ha marcado su vida es precisamente la de es saber que iba a “vivir y morir sin ser docto”. El crecimiento y la consolidación de su biblioteca ―a la que dedicó ingentes cantidades de tiempo, desvelos y capital― como una de las mejores de Italia, lo consoló en parte de la insuficiencia primordial de no haber llegado a ser lo suficientemente cultivado.
     
     Sin duda Monaldo, herido en lo más íntimo por ese complejo, traspasó a sus hijos, especialmente a Giacomo, el primogénito, el urgente afán de procurarse cuanto antes una vasta erudición. Espoleado desde niño por el alto designio de verse obligado a resarcir con creces las limitaciones del padre y de llegar a poseer una cultura formidable, Giacomo Leopardi se encerró en esa biblioteca desde los doce a los diecinueve años y se entregó a “siete años de estudio loco y desesperadísimo”. Hacia 1815, cuando llevaba ya cinco años ocupado a tiempo completo en esos arduos menesteres, el conde Monaldo se refería así, en carta a un familiar, acerca de los fabulosos avances de su hijo dilecto: “De los cerca de 12.000 volúmenes de que consta mi biblioteca no creo que haya siquiera uno desconocido para él, del que no pueda darme razón.”
     
     Aunque no sabemos a cuánto se quedó de lo leerlo todo, absolutamente todo, lo cierto es que Giacomo Leopardi leyó y retuvo lo suficiente para dominar, a sus diecinueve años, seis idiomas y ser una autoridad en hebrero, filología grecolatina, ciencias, literatura y teología, amén de conocer de primera mano las nuevas corrientes de pensamiento que soplaban desde Francia e Inglaterra.
     
      El ambicioso esfuerzo de poner los ojos sobre una buena parte de todo lo editado y atiborrarse con verdadera codicia se cobró, como es natural, un alto precio. Tras siete años de postración ante el dios de la lectura, cuando Giacomo se incorporó apenas se tenía en pie y su complexión solo era vagamente humana. Además de padecer serios problemas nerviosos,  oculares y de huesos, era raquítico, macrocéfalo, muy poquita cosa y carecía por completo de tono muscular. Hacia sus veinte años y tras todo ese tormento, a Giacomo se le cae la venda de los ojos y reconoce que la vida de reclusión y estudio feroz que ha llevado hasta entonces lo ha conducido a la ruina física y la enfermedad: “Me he destruido con siete años de insensatos y desesperados estudios en el tiempo en que estaba formándome y en que debía consolidarse mi complexión”.


Carta de Carlo Antici dirigida al padre de Giacomo, en la que le advierte de los peligros que entraña el exceso de estudio.


Si a modo de advertencia son las propias Escrituras las que nos alertan de que no se puede mirar directamente a la deslumbrante faz de Dios y salir ileso. El caso Leopardi nos alecciona a su vez acerca de que, aunque el de la lectura sea un dios menor y subalterno, solo hasta cierto punto y con las debidas precauciones se puede mirar de cerca su rostro encendido, que  fulge con violencia en cada libro, en toda página.
     
     Como el amor y la esencia de la adormidera, la lectura también puede ser una droga dura.


Por la desmesura de su alcance, su tono de máxima exigencia con lo que se lee y su necesario anclaje en una vida de reclusión como único camino para llevar a cabo la insensata empresa de leerlo todo, absolutamente todo, el caso Leopardi se sitúa en las antípodas de las corrientes que vinculan la lectura con la libertad y con lo placentero. Barthes regocijándose en el placer y el goce del texto, y la mercadotecnia editorial postulando que un día sin leer es un día perdido y que los libros nos hacen libres, son como niños jugando todavía con pistolas de agua a una edad en la que Giacomo Leopardi conocía de primera mano lo que supone asumir la lectura como trinchera y suplicio.
     
     La sobredosis que minó la salud de Leopardi es lo opuesto a la lectura de baja tensión, salutífera y asimilada en dosis soportables que aconsejan las autoridades culturales al probo ciudadano, y supone una nueva constatación de que, también en lo relativo a la lectura, la vieja observación de Paracelso acerca de que “el veneno está en la dosis” no ha perdido vigencia.
     
    Entiendo que Leopardi es un ejemplo extremo y sin duda morboso de lo que Marshall McLuhan define como Homo Tipographicus, espécimen  condicionado por los patrones espaciales adquiridos en el hábito de leer ―caracteres negros sobre papel blanco, letras puestas en hileras que se extienden uniformes  por párrafos acotados a través de páginas y más páginas de aspecto regular― y en cuya forma de mirar, educada en la estética de la imprenta, priman la uniformidad, la serialidad y la secuencia.
     
     A tenor de lo anterior, no es de extrañar que Leopardi viese en el caos de astros y grumos luminosos que jalonan el fondo oscuro de la noche lo contrario del espacio acotado, el orden y la luminosidad uniforme de toda página impresa; algo abrumador, ominoso y excesivo hasta el punto de hacerle reflexionar así:
                                      
                                      “… cuando veo
                                      arder allá en el cielo las estrellas,
                                      pensativo me digo:
                                      ¿para qué tantas?



Giacomo dei libri está publicado por Mondadori Electa.





Aspecto que presenta a día de hoy mi ejemplar del Zibaldone, atacado hacia 1991 por mi loro, gran devorador de libros.







sábado, 23 de febrero de 2013

LEERLO TODO - I



Mallarmé en el rincón de su casa, descansando tras haber leído ya todos los libros.



Entre el montón de libros que llevan meses revueltos en la repisa trasera de mi cama han venido a coincidir una serie de títulos dispares y sin mayor afinidad entre ellos que la de, en principio, formar parte de ese depósito y haberse amontonado, unos sobre otros, en abandono promiscuo durante una buena temporada. Lo cierto es que ahora que me ha dado por aligerar la repisa y reintegrar a sus estantes una buena parte de esos títulos, me percato de que entre varios de ellos hay una afinidad más profunda y un eco que les es común, pues en algunas de sus páginas se hace mención, siquiera sea de pasada y desde diferentes puntos de vista y con diagnósticos bien dispares, de la desazón de querer leerlo todo, absolutamente todo.
    
    De nuestro Miguel de Cervantes se dijo que “leía hasta los papeles que volaban por las calles”, expresión comedida que únicamente informa de la fruición lectora de Don Miguel, pero que ni por asomo hace insinuación alguna de que tuviese el afán de leerlo todo, absolutamente todo. Uno diría que, a ese respecto, los clásicos son ponderados y nunca se tiran el farol de haber hecho tal cosa; y no digamos ya los antiguos, cuyas recetas van de la templanza lectora al ayuno severo. “Déjate de libros”, recomienda Marco Aurelio en sus Meditaciones.
    
    Se diría que el afán, desmesurado y a todas luces demencial, de querer leerlo todo, absolutamente todo, bien pudiera ser síntoma de algún tipo de ansiedad. De ahí que haya sido la modernidad, incontinente editorial y ansiosa de por sí, la época en que aparece la figura del lector al por mayor que fantasea con agotar y dar cuenta de todo lo editado.
    
    Que yo sepa, fue precisamente uno de los popes de la modernidad tardía, Mallarmé, el primero que dice haberlo leído todo: “La carne es triste y ya leí todos los libros”. Ahí es nada: leídos todos y cada uno de los libros; todo el forraje colosal de la cultura pacientemente deglutido, a lo largo de toda una vida ―o de varias―, en un sillón de orejas junto al fuego.
    
    Es preciso tener en cuenta que Mallarmé abre con esas palabras su poema Brisa marina, y que la poesía es lenguaje que se ha deshecho del estorbo del sentido literal, y va por libre. Aunque lo diga, no parece que el maestro quiera alardear de haberlo leído absolutamente todo. Su propósito sería levantar acta poética de un anhelo de huida y decirnos, muy hermosamente, que los hastíos del sexo y de la cultura impresa (el instinto de la tribu, las palabras de la tribu) han acabado aburriéndolo por igual; y que se va, que embarca hacia lo desconocido.

¡La carne es triste y ya leí todos los libros!
¡Huir, huir allá! Siento a las aves ebrias
de estar entre espumas ignoradas y cielos. Nada,
ni los viejos jardines que los ojos reflejan,
retendrá a este corazón que se templa en el mar,
¡Oh noches!, ni la claridad desierta de mi lámpara
sobre el papel vacío que la blancura veda,
y ni la joven madre que amamanta a su hijo.
¡Partiré! Nave que balanceas tu arboladura,
¡Leva por fin el ancla hacia exóticas tierras!

(Fragmento de Brisa marina, versión de Federico Gorbea, Plaza & Janés, 1982)


Lecturas compulsivas está publicado por Anagrama.

Como decía más arriba, en alguna página de los libros que he devuelto estos días a su anaquel se hace mención, mayormente para refutarlo, del propósito demencial de leerlo todo, absolutamente todo. Excepto uno, el resto de sus autores se muestran escépticos o abiertamente críticos respecto a que tal complexión lectora sea viable, materialmente posible, saludable o siquiera cierta. La excepción es Félix de Azúa, quien, en la página 13 de su Lecturas compulsivas, asegura que “Semejante tarea, leerlo todo, que puede parecer enorme, es perfectamente posible.” Entendemos que la cursiva confiere a ese todo un valor relativo adecuado para  referirse a  lo que valga la pena, vaya a misa, sea pertinente o estéticamente cualificado, que sin duda es una cantidad ingente de material textual, pero que nunca abarcará, por razones obvias, la totalidad de la oferta cultural. El todo descomunal al que se refiere Mallarmé.


Fresy Cool está publicado por Mondadori.

Si bien cabe decir que a lo largo del libro se hace más hincapié ―pero que mucho más―  en escribirlo todo que en leerlo, aunque también, este Fresy Cool es otra de las obras que he rescatado de la repisa trasera de mi cama que se refiere a su vez, aunque sea de pasada y en tono paródico, en un caso, y de sospecha fundada, en otro, al asunto de la voracidad lectora con ínfulas de abarcarlo todo o por lo menos bastante. Desde un remoto y post apocalíptico enclave denominado Madrizentro, Pleonasmo Chief se pregunta en la página 136 “¿Por qué ese empeño en parecer que uno lo ha leído todo, todo y todo? ―Pues no, no he leído nada de Flaubert ni de Melville ni de Guattari. De hecho, lo que en verdad me gusta es salir con los colegas del barrio por Desengaño a escuchar los piropos de las fulanas. Y aquí estamos, tío.  ―Sin el más mínimo ápice de vergüenza, gregario, como gusta ser.”
    
    El fragmento es paródico, por cuanto la verdadera naturaleza de Pleonasmo es precisamente la inversa. Entiendo que al igual que ocurre con el todo de Azúa, ese gregario en cursiva es un guiño. Pleonasmo no es ningún gregario, "quiyo" de barrio ni nada parecido, ni su chati una "choni" cualquiera de polígono, y, aunque no lo ha leído todo, ha leído bastante; de hecho, su Fresy Cool es, entre otras cosas, un largo, interesante y por momentos brillante decantado de autores, poéticas, filias y fobias literarias.
    
    Como decía más arriba, en el libro hay una segunda referencia a la voracidad lectora, si bien su tono es de fundada sospecha acerca del verdadero calado y la supuesta amplitud de ese hábito declarado. En la página 231, uno de los secundarios que prepara su tesis para la Academia Google dice acerca del profesorado: “…lo más importante es ser cauteloso. Y escéptico: esa gente (Lundberg, mi tutor, el primero de todos) no ha leído ni la mitad de lo que sospechas cuando entras en la Academia.”


Mallarmé en un hermoso y falso tropo, Azúa fintando y eludiendo mediante la cursiva la verdadera magnitud de tal empresa, y Antonio J. Rodríguez poniendo en boca de uno de sus personajes la sospecha de que al respecto acaso todo sea fachada, vienen a coincidir en que leerlo todo es, a estas alturas, empresa a todas luces inhumana.

                                                                 
                                   †






lunes, 11 de febrero de 2013

EREBO & TERROR - II




Nota de Victory Point. National Maritime Museum. Greenwich

En 1912, una inspección rutinaria detectó cardenillo y lamparones de humedad en el techo de una mansarda trastero del Museo Marítimo Nacional inglés. Durante las labores de desalojo, una antigualla de madera querada cayó y se desportilló contra el rodapié. La fisura delató que aquel estuche de instrumental óptico, recuperado de los restos de una expedición malograda en el Ártico, contenía un haz de papeles alojados en el doble fondo inadvertido hasta entonces.
   Nueve décadas después, esos papeles de azaroso pasado tienen un lugar asegurado en el porvenir: aparecen mencionados en dos entradas de la Encyclopaedia Britannica. En una, como patética reliquia; en la otra, como obra literaria. Los hechos que expone la primera son objetivos y una vez impactaron al mundo: en misión de descubierta de Paso del Noroeste, el Erebus y el Terror colapsan en pleno Ártico en 1848. La tripulación emprende una frenética diáspora hacia el continente pero no aguantan el clima, perecen todos y el estuche vuelve a Inglaterra entre los objetos que doce años después se recuperan. El argumento en que divaga la otra entrada es estético y opinable y queda circunscrito al ámbito inglés: obra críptica y minoritaria, el contenido de esas cuartillas ha sido no obstante objeto de estudio y prolífica exégesis. Auden encumbró el texto; Spender lo tildó de fascinante medianía.
    Sordo a esa polémica, el original, astroso y salpicado de pasajes de dudosa lectura, ha suscitado media docena de versiones, un sinfín de imitaciones, duplicados bastardos y ediciones piráticas en las principales lenguas. La versión que aquí presentamos es traducción de Voice of the passage, escrupuloso trabajo grafológico de Rita Weymouth.

                                               Erebo & Terror, Libros De La Micronesia, nº 6, Barcelona, 2003.


En este segundo y último comentario acerca de Erebo & Terror dejamos a un lado la expedición de Franklin y ponemos el acento exclusivamente en la edición y en lo que en su día supuso para nosotros. Pero antes creo necesario resumir, siquiera de pasada, el largo y trágico epílogo del movimiento de inicio que cerrábamos con la imagen de la Erebus y la Terror adentrándose en el Estrecho de Lancaster, la puerta del Paso del Noroeste.
    

Al no recibir noticia alguna de la expedición en tres años, el Almirantazgo inglés puso en marcha, en 1848, la que ha sido la mayor operación de rescate naval de la historia. A lo largo de ocho años se enviaron al Ártico hasta un total de cuarenta expediciones, sin que ninguna de ellas diera con el paradero de las naves. Sí quedó constancia, no obstante, de que la entrada en el Ártico no había sido todo lo venturosa que se suponía: en agosto de 1850 se descubrieron en la isla Beechey tres sepulturas de miembros de la tripulación de Franklin. En 1854 el Dr. Rae compró a los esquimales de Pelly Bay una serie de objetos que sin duda provenían de las naves, entre los cuales figuraba la Royal Guelphic Hannoverian, condecoración que pertenecía a John Franklin. Si bien de manera confusa, El Dr. Rae fue el primero en recabar de los inuits la información que aún tardaría años en ser confirmada: que las naves habían sido abandonadas y que sus tripulaciones practicaron el canibalismo para sobrevivir. En 1857, Lady Franklin sumó parte de su fortuna a los fondos captados en una colecta nacional y al capital aportado por el Almirantazgo. Con ese monto sufragó la expedición que finalmente, en mayo de 1859, daría con el único documento escrito que ha sobrevivido al desvanecimiento de la expedición: la nota de Victory Point, en la que, en dos anotaciones realizadas con un año de diferencia, se deja constancia de la muerte de Franklin, la derrota seguida por los navíos y su posición en la banquisa al ser abandonados por la tripulación, que se dirigió a pie hacia el estuario del río Back.

    A partir de esa constatación, el asunto Franklin se hunde en un marasmo siempre polémico y misterioso, pero sin aportaciones de alcance para su esclarecimiento. Hasta que, en 1988, un informe del antropólogo forense Owen Beatie lo interroga a la luz de la ciencia y lo saca de su letargia. Beatie exhumó los tres cadáveres de la isla Beechey, analizó sus tejidos, estudió minuciosamente el vertedero de latas de comida que la expedición dejó allí, y se pronunció: el sellado del metal era tan deficiente, que la comida entró en contacto con la soldadura y la tripulación sufrió intoxicación aguda por ingesta de plomo en dosis desmesuradas. Su conclusión es que las repercusiones físicas y anímicas del saturnismo fueron en gran medida determinantes para la total extinción del colectivo. A día de hoy la Erebus y la Terror siguen sin aparecer, y el asunto Franklin está todavía bajo la onda expansiva del informe Beatie.



Erebo & Terror fue una publicación clave en la progresión de la colección Libros De La Micronesia. Hizo de engarce entre la primera época, que va de 1996 a 2000 y abarca los cinco primeros números, y la segunda, que se abre en 2006 con el séptimo número y en la que, a punto de publicar el décimo, todavía estamos. Erebo & Terror queda justo en medio del largo hiato que va de 2000 a 2006. Se publicó en octubre de 2003 y, como digo, es un eslabón perdido que, aunque une pasado y presente, no pertenece a ninguno de esos ámbitos y parece habitar fuera de toda cronología. Cada vez que exponemos por orden de aparición los números de la colección, la vitrina de Erebo & Terror despliega sus poderosos atributos en medio de otras ocupadas por las breves y lacónicas publicaciones que tenemos por costumbre. Esa excepción es el trabajo más extenso y probablemente también más ambicioso de cuantos hemos hecho. Nos tuvo tres largos años ocupados.

Erebo & Terror, Libros De La Micronesia, nº 6. Barcelona, 2003. 

Detalle de la publicación con todos sus elementos desplegados.


Todos y cada uno de los nueve números que hasta el momento han aparecido de Libros De La Micronesia son productos múltiples semimecanizados de acabado artesanal. Desde la óptica editorial, cuya lógica se asienta en la repetición exacta de ejemplares en tiradas largas, son objetos extraños a tal industria y más cercanos a la edición de autor de tiraje corto y factura predominantemente manual. Además de su tiraje, restringido a un escaso número de copias numeradas (101 y 202 ejemplares), lo que definitivamente confería a los primeros números de Libros De La Micronesia una personalidad más afín a la edición de autor que al producto editorial era su resistencia, entre deliberada y resignada, a dejarse atrapar por la repetición exacta y la serialidad a ultranza.

   Los tres primeros números de la colección, publicados en sendos tirajes de 101 ejemplares numerados, requirieron un diseño simple y demandaron una absorbente manipulación de materiales encontrados o reaprovechados. Ese factor propició que en la fase inicial de la colección se aprecien a simple vista diferencias evidentes entre ejemplares del mismo número.

   Podría decirse que aunque siempre aspiró a ser un sello de factura editorial en su estricto sentido, Libros De La Micronesia era en aquella época un proyecto netamente artesanal cuyos productos, atendiendo a estándares de producción editorial, no alcanzaban el rango de manufactura serial.

   El cuarto y quinto números de la colección, que se publicaron conjuntamente a principios de 2000 en tiraje de 202 ejemplares numerados, son trabajos de transición. Aunque exigieron mucha manipulación, y son por tanto proclives a presentar diferencias entre ejemplares, la masiva utilización de troqueles, offset de última generación y soluciones de imprenta avanzada hizo que las diferencias sean apenas perceptibles. Pese a su complejidad y a la dificultad añadida de que exigieron una exhaustiva manipulación, esos números son productos ya muy cercanos al estándar editorial de calidad.

    La incorporación en 2002 de Ángel Fraternal Pérez al proyecto en calidad de productor, entre otros cometidos, aportó la experiencia y la solvencia suficientes que nos permitieron llevar a buen puerto Erebo & Terror y ofrecer una publicación/objeto compleja, minoritaria y todo lo marginal que se quiera, pero resuelta con hechuras de producto editorial plenamente aceptables.


Que sepamos, a día de hoy Erebo & Terror es todavía la única monografía acerca del Paso del Noroeste disponible en castellano. Vaya por delante que la hicimos a nuestra manera y que por su registro, entonación e intención está lejos de ser una mera compilación de datos repescados en la red o en otras publicaciones. Las veinte primeras páginas se nos van en un preámbulo que glosa de pasada el impacto que el desvanecimiento de la expedición de Franklin tuvo en la escena española, y en el eco que ese desastre debió de tener en el ámbito de nuestras letras y nunca tuvo. Las veinticinco páginas siguientes las ocupa Los pergaminos de Cabo Félix, nuestra humilde aportación a ese corpus textual legendario y hasta el momento apócrifo, pero que tarde o temprano acabará apareciendo. Y si no, al tiempo. A doble columna, Mallory y Hatteras y El Paso del Noroeste se extienden desde la página cincuenta a la ciento veintiocho, forman el grueso de lo que sería la tesis de la publicación y hacen de punto de anclaje de todo lo anterior. El primero reflexiona acerca de por qué desde siempre hemos sentido la misteriosa llamada de la geografía y nos hemos puesto en marcha incluso hacia latitudes inhóspitas y mortales de necesidad. El segundo cierra el volumen con una exposición cronológica del descubrimiento del Paso del Noroeste y con la revisión en profundidad del caso Franklin, desde las hipótesis iniciales hasta el informe Beatie.


Si bien he dicho que Erebo & Terror es una publicación de cierta complejidad que nos tuvo ocupados tres largos años, he de matizar que, como ya es habitual, no fue una actividad a tiempo completo. Por aquella época, trabajábamos también en las ilustraciones para Libro del sábado y en el germen de lo que más tarde sería la Biblioteca Fósil.

    Cada publicación va ligada a una anécdota que la marca y le confiere carácter, y con E&T ocurre lo propio. La primera maqueta se hizo en el año 2000, la dimos por buena y se dejó dormitar lo suyo mientras avanzábamos en otros frentes. Al cabo de bastante tiempo de haberles comprado la que utilizamos, volví a la tienda con el propósito de adquirir la totalidad de las doscientas cincuenta brújulas que necesitábamos. Resultó que de ese modelo no disponían de tanta cantidad en aquel momento. Eso sí: se ofrecían a cursar a mis expensas una orden de importación a Malasia. Me quedé otras que eran algo más grandes, muy poco pero lo suficiente como para complicárnoslo todo: para que se pudiese cerrar el contenedor, tuvimos que fresar y rebajar a mano uno de sus perfiles en cada uno de los doscientos cincuenta que empleamos.


El resto es historia en minúsculas o ni siquiera eso. Erebo & Terror es nuestro título menos vendido. La miríada de blogs y de páginas web que se ocupan del Paso del Noroeste, y sobre todo la publicación de El Terror de Dan Simmons, nos han ido reportando, de un tiempo a esta parte, gente interesada. En ese sentido, entiendo que merece expresa mención Russell Potter, autoridad mundial, estudioso, comentarista y coleccionista también de todo tipo de material gráfico relativo al Paso del Noroeste y a la expedición de Franklin, quien, en su blog Visions of the north (la entrada es de noviembre de 2009) se refirió de manera encomiable a nuestra publicación como “…una pequeña obra de arte” ¡Vale, maestro!


Carátula de la publicación.

Reverso de la carátula. Pliego de créditos.

Detalle del interior.

Reverso del contenedor.

Detalle del ataúd de John Torrington.

Cadáver de John Torrington, fogonero del Terror, exhumado en la isla Beechey en 1984.

Detalle de una de las páginas.

                                                                               






     

domingo, 2 de diciembre de 2012

EREBO & TERROR - I


Sir John Franklin, comandante de la expedición inglesa a la descubierta del Paso del Noroeste, 1845.


Francis Rawden Moira Crozier, capitán de navío al mando del Terror, segundo oficial.

James Fitzjames, capitán de navío al mando del Erebus, tercer oficial.


Última expedición de Franklin. Resuelto en 1840 el problema de que por el norte del continente americano podía pasarse del Atlántico al Pacífico, si bien se ignoraba aún con exactitud cuál era el camino practicable entre el laberinto de las tierras polares, se confió a Franklin para que con los buques Erebo y Terror llevase a cabo la delicada empresa.
Enciclopedia Espasa


Que para llegar al mar haya que subir no tiene nada de incongruente. Aunque siempre se desciende para llegar a la costa, ascender hasta el mar no solo es coherente sino también la mar de sencillo: basta con rememorar el espejeo de sus aguas quietas o el estruendo de la galerna. Y es que recordar, según José-Miguel Ullán, es subir una cuesta. La única manera de subir hasta el mar sería esa: recordando cuesta arriba. El mar que se extiende tras el breve repecho de este párrafo de invocación del recuerdo no es "el mismo mar de todos los veranos", sino otro remoto y raro, de un blanco espectral y de frías aguas de piedra. El Océano Polar Ártico.
    
    En 2013, el redondeo del tiempo en décadas exactas pondrá su broche solemne sobre dos asuntos que nos conciernen. Se cumplirá el ciento setenta aniversario de la llegada de Sir John Franklin a Londres con objeto de preparar minuciosamente y asumir el mando de su mítica y última expedición. Y también hará diez años ya de la aparición de Erebo & Terror, sexto número de la colección Libros De La Micronesia y humilde contribución de esta modesta casa editora a la difusión de aquel viaje, de la literatura ártica en general y, muy especialmente, del descubrimiento del legendario Paso del Noroeste.

    Diez años atrás, Libros De La Micronesia era —y sigue en sus trece— una colección cuyas entregas no estaban sujetas a periodicidad ninguna, y cuyos intereses, temas y preferencias no eran otros que los míos personales. Era pues del todo coherente con ese talante que tras la aparición simultánea de los ligeros, líricos y relativamente baratos cuarto y quinto número de la colección en marzo de 2000, diera un bandazo en sentido opuesto y estuviese tres largos años enfrascado en una publicación de tesis, densa, extensa, minoritaria y algo excesiva para la envergadura financiera de De La Pulcra Ceniza.


De ser cierta la hipótesis de Mallarmé, el mundo existe para acabar en un libro y el destino último de todo átomo es inspirar una frase. Sea o no la desmesura del cosmos reductible a un fascículo de mano, lo que sí parece evidente es precisamente lo contrario: que el texto genera universos, y que un libro germina, en ocasiones, no a partir del mundo sino de otro libro previo. El motor primordial de Erebo & Terror fue Atrapados en el hielo, álbum ilustrado dirigido al público juvenil que la editorial Plaza & Janés lanzó en la colección Misterios del Pasado a mediados de los ochenta o por ahí. El volumen, que repasa muy por encima la última expedición de Franklin, las pesquisas llevadas a cabo por Beatie (por entonces muy recientes) y su célebre y espectacular exhumación en la isla Beechey, me cautivó de inmediato.

   Mi conversión a la fe ártica fue instantánea, y mi devoción por su teología de nevasca, su severa liturgia y sus mártires de noche blanca fue de menos a más hasta que, hacia finales ya de los noventa y tras algo más de una década interesado en el asunto, se me hizo evidente que Libros De La Micronesia podría acoger perfectamente una publicación monográfica sobre la última expedición de John Franklin, capítulo particularmente sugestivo y patético de entre los muchos que jalonan la conquista del Océano Polar Ártico .


El Ártico da para mucho, no se agota así como así. El catálogo de naves y la minuta de oficiales, tripulaciones, estrategias y técnicas que se han medido con esa latitud poderosa y difícil es abrumador. Si bien es cierto que Ross, Parry, Davis o Hudson no le van a la zaga a John Franklin en cuanto a peso específico en el drama ártico —de la misma manera que las legendarias naves Hecla, Gripper, Fury y Discovery están a la altura de las Erebus y Terror—, es indudable que su figura ocupa un lugar de privilegio en el panorama de la épica ártica.

    Sin menoscabo de la importancia de otras, el rastreo y descubrimiento del Paso del Noroeste es sin lugar a dudas la hazaña capital de la empresa ártica. Ya desde la Edad Media Inglaterra buscó una vía marítima practicable por encima del continente americano, empeño que se convirtió en fijación obsesiva para la Royal Navy especialmente durante el siglo XIX.

   Se ha dicho que el interés de Inglaterra en dar con el paso era estrictamente comercial; que una vía rápida a través del Ártico acortaría notablemente la duración del viaje, abarataría el coste de los fletes y haría más fluido el comercio con el extremo Oriente. Y si bien el trasfondo del empeño pudo alguna vez ser ése no parece que fuese realmente argumento sostenible, pues ya desde las primeras expediciones quedó claro que, en caso de existir, el Paso del Noroeste sería prácticamente intransitable la mayor parte del año, circunstancia que lo convertía en vía muerta para el comercio.

    Sin desdeñar el interés estratégico de la zona y los inevitables apremios que la vida material impone a toda aventura ―búsqueda de oro, metales, materias primas y demás―, lo cierto es que el pistón noble del motor de la gesta ártica fue el puro afán de comerle terreno a la Terra Incognita, ir completando el rompecabezas ártico, descubrir cómo es de verdad la piel del mundo, cartografiar y, de paso, ensanchar los límites del Imperio Británico.

     En 1843, un acomodado y prematuramente envejecido Sir John Franklin —reliquia viva que había luchado en Trafalgar y rastreado el paso en dos legendarios viajes a pie por la costa canadiense— fue relevado de su cargo de gobernador de Tasmania para hacerse cargo de la expedición que daría la puntilla definitiva al Paso del Noroeste, prácticamente cartografiado a excepción de un tramo extenso pero acotado y relativamente previsible.

     Tras dos años de preparativos, la expedición mejor equipada de cuantas se habían dirigido al Ártico, la más experimentada y con expectativas razonables de cubrir al completo el recorrido del Paso del Noroeste, se hizo a la mar. Erebo & Terror describe así la partida de las naves:

La posteridad es sintética; movida por ese afán llega a omitir nombres y circunstancias. Como si no tolerase más comparecencia que la de los nombres principales, el resto es desatendido sin misericordia. Unánimemente, la literatura que menciona la partida de las naves utiliza sin alternativa una frase que adolece de pretensiones de posteridad y quiere transmitir resolución, autonomía y grandiosidad: “La Erebus y la Terror zarparon orgullosamente de Inglaterra el 19 de mayo de 1845”. El aserto es rigurosamente cierto. A media mañana, los vapores que remolcaron las naves salieron del último recodo del Támesis y las dejaron en mar abierto. Lo que la frase quiere ocultar es toda referencia a la desvalida estampa de dos poderosas naves postradas en el Támesis raquítico. En una empresa de esa envergadura no tienen cabida palabras de alusión a la Erebus y la Terror como entes dependientes. No obstante sus nombres míticos y el carácter histórico de la empresa a que se encomendaban, lo cierto es que el inicio de su viaje fue común: bajaron por el Támesis tiradas por los mismos remolcadores que arrastraban las grandes gabarras atestadas de ganado y las barcazas cargadas de áridos.

    El lunes 19 de mayo de 1845 las naves de Su Majestad Erebus y Terror dejaron las atarazanas del muelle de Greenhithe. Para bajar por el Támesis la Erebus fue remolcada por el Rattler, un pequeño vapor de rueda; y la Terror por otro aún más pequeño, el Blazer. Los remolcadores las dejaron en la boca del río y durante un rato se mecieron en el agua mixta. La navegación propiamente dicha comenzó al dejar atrás el malecón de la isla de Rona. El mar veraz comienza ahí.

   Mencionar las etapas iniciales del viaje es nombrar un fetiche o un hito: es invocar. Han sido y serán referidas con la reiteración morbosa con que se rememoran hechos banales que han precedido al horror. No obstante la asidua remembranza de que es objeto, la consabida secuencia ni harta ni se devalúa en simple cadena de anécdotas; la solemnidad que le otorga el ser una confiada secuencia de actos penúltimos lo evita. El número de escalas fue breve y progresivamente frío: islas Orkney, islas Whalefish, estrecho de Lancaster. De no ser porque contactaron con la expedición, el nombre de algunos barcos sería inencontrable fuera del registro del muelle de desguace: la nave de suministros Barretto Junior, que los proveyó de carne fresca y carbón, y que el 12 de julio de 1845 dejó a la expedición en las islas Whalefish para regresar a Inglaterra con la correspondencia y cuatro o cinco marineros que no continuarían; las balleneras Prince of Wales y Enterprise, que contactaron con la expedición el 26 de julio de 1845 a la entrada del estrecho de Lancaster, y cuyas tripulaciones privilegiadas tuvieron en sus pupilas el fotograma que a ojos del mundo ponía punto final a la mayor expedición ártica: la Erebus y la Terror internándose en la entrada del paso del Noroeste.

    Nadie les volvió a ver con vida. Lo que resta ha sido recuperado del celoso dominio de la muerte blanca.

                        
     Erebo & Terror, Libros De La Micronesia, nº 6. De La Pulcra Ceniza, Barcelona, 2003.



Cuadro de oficiales y cuerpo médico del Erebus y el Terror, 1845. National Maritime Museum, Greenwich.

"El Erebus y el Terror," acuarela de Albert Operti.

"El Consejo Ártico preparando la búsqueda de Sir John Franklin", Stephen Pearce, National Portrait Gallery, Londres.

Erebo & Terror, vista parcial de la publicación.

Erebo & Terror, Libros De La Micronesia, nº 6. De La Pulcra Ceniza, Barcelona, 2003.