sábado, 28 de mayo de 2016

EL INACCESIBLE AMARILLO DE RÀFOLS-CASAMADA


"Laguna veneciana" de Albert Ràfols-Casamada

Que el envejecimiento y la pérdida de las ilusiones y las banderas no solo afecta a individuos y generaciones sino también a las ciudades que los acogen y los ven surgir y eclipsarse. A esa conclusión llegué hace unos días viendo la excelente y entrañable muestra que la Fundació Vila Casas dedica en Can Framis a la obra de Albert Ràfols-Casamada.

    Yo diría que tras la desaparición de Hernández Pijuan en 2005, de Ràfols-Casamada en 2009 y de Tàpies en 2012 Barcelona es una ciudad que, justo es reconocerlo, se ha quedado sin ilusiones ni banderas y se halla en una situación de pérdida irreparable en lo que respecta a la pintura. Pintores no faltan —puede que incluso haya de sobra, como siempre—, pero hoy por hoy no parece probable que vuelvan a coincidir a medio plazo en la ciudad tres figuras de semejante valía. Y yo diría que por dos motivos. Primero: porque al igual que nos ocurre a las personas, también la ciudad ha de pasar necesariamente por el trance de guardar luto por esa cadena de pérdidas —pictóricas en este caso— para resurgir posteriormente; proceso que requiere tiempo y no se puede resolver en un pispás. Y segundo: porque es harto evidente que la pintura no solo no cuenta con el beneplácito sino que incluso podría decirse que ha caído en desgracia a ojos de los comisarios de nuevo cuño, los artistas en boga y “tutti quanti” de la escena más joven y exitosa.

    A buen seguro se me objetará que siguen en activo García Sevilla, Frederic Amat, Alfons Borrell, Xavier Grau y Viladecans entre otros, y que ese plantel, que no se puede soslayar a la ligera, demuestra que en Barcelona aún se hace pintura de mérito. Aunque cierto, para mí es evidente que el estado de plenitud y felicidad pictórica que se vivía en Barcelona cuando la galería Joan Prats mostraba en una misma temporada obra reciente de Tàpies, Ràfols y Pijuan es irrepetible a día de hoy.


Ráfols fue un pintor que llegó a la abstracción por eliminación, decantación y destilado personal de la figuración tradicional. En ese sentido, y aunque es evidente el ascendente que tuvo sobre él la escena foránea, es un pintor hecho a sí mismo que a base de mucha perseverancia dio con un estilo fresco, lírico, hermoso y muy personal. Es una de las cimas de la abstracción lírica de por aquí; escuela a la que, certera y algo maliciosamente, Luis Racionero denomina “informalismo comercial”.

    Ràfols tenía fama de colorista muy dotado, de saber como pocos cuándo dejar el cuadro, cómo titularlo y de qué manera y con qué talante ejercer y combinar los delicadísimos escrúpulos, antojos y renuncias inherentes al acto de pintar. Por si hiciera falta recordarlo, esta exposición demuestra que poseía esas prendas y aún otras.

    Yo diría que el Ràfols más veraz, y que de tan intensamente lírico roza en repetidas ocasiones la dimensión orgiástica de lo sublime, es el de los cuadros de formato medio derivados de una poderosa evocación cuyo origen aún pude rastrearse en el título de la obra. “Puerto nocturno”, “Noche transparente”, “Laguna veneciana” y “Nocturno de Brooklyn” tienen el ascendente que he mencionado y sin duda son de lo mejor de una exposición para ver y paladear con detenimiento.

    Uno de los aciertos de Ràfols es haber hecho suyo y defendido contra viento y marea uno de los principios básicos del ideario de Matisse: que la pintura sea un calmante intelectual, un solaz en medio del tráfago del mundo. En esa clave entré en Can Framis a ver la exposición: como el que se arrellana en el sofá al final de la jornada, deja que suene Satie y abre una cerveza.


Cuando ya me iba, vi una muchacha con short amarillo que accedía a la sala y de súbito me acordé de una línea del Dietari donde Ràfols habla de ese color como “l’inaccessible groc”. El inaccesible amarillo.

                                                          
                                                              


sábado, 14 de mayo de 2016

LIBROS DE LA MICRONESIA, Nº 3


Así se ve el nº 3 de Libros De La Micronesia reeditado para la ocasión.

Nos place comunicar que tras un par de años largos de dilaciones, aplazamientos y demoras de índole diversa, finalmente De La Pulcra Ceniza ha publicado la esperada nueva edición del tercer número de Libros De La Micronesia. La publicación se ha dado a conocer durante la pasada edición de Arts Libris. No obstante esa discreta aparición de tapadillo y sin alzar la voz, su presentación oficial y bautizo multitudinario tendrán lugar el próximo jueves 16 de junio en la asociación cultural Jam Circus.

    Como ya hemos comentado con cierta extensión en otras entradas de este blog, el tercer número de Libros De La Micronesia fue, además de nuestro inesperado primer best seller, una publicación clave para el afianzamiento no solo de la colección sino también del proyecto De La Pulcra Ceniza.

     La edición llevaba más de doce años agotada cuando, ante la proximidad del quince aniversario de su publicación, la toxina de la nostalgia nos afectó en profundidad durante una sobremesa, y al cabo de la tarde de ese mismo día ya nos había ganado el deseo irrefrenable de reeditarla.

    Una cosa llevó a otra y aquí estamos con la nueva criatura: un flamante tercer número de Libros De La Micronesia ampliado, enriquecido con textos de apoyo, ilustrado, rediseñado, apostillado y convertido en una hermosa y sentida publicación tributo.


La edición, que consta de quinientos cinco ejemplares numerados y ha sido en parte impresa sobre papel pintado de estampados diferentes para números pares o nones, se presenta en un estuche de acetato transparente y se compone dos cuerpos: la caja de cedé con a la edición original, y un teatrillo desplegable que contiene el libreto añadido para la ocasión.

    Como no podía ser menos en una edición tributo, la publicación se abre con una breve mención de la obra original y quienes la hicieron posible: 
   
    “La edición original de esta publicación es de 1999. La corrección de los textos corrió a cargo de Paz Lorenzo, Martín Ledesma se ocupó de la tipografía, Daisy Dusk de la producción y Juan Miguel Muñoz del diseño y el texto central. En aquella ocasión, el papel pintado era de la marca Laura Ashley; y la galleta, Tostada de Fontaneda.

    Esta reedición, inevitablemente distinta, coral y algo más ambiciosa, desentraña y amplía el breve destello de aquella publicación irrepetible.”



La publicación se presenta en estampados distintos para números pares o nones.

Vista del teatrillo de papel plegado.

Vista del reverso de uno de los número impares del tiraje.

Vista frontal de los dos cuerpos de la publicación

El teatrillo comienza su despliegue...





Vista del teatrillo desplegado, del libreto y los créditos de la publicación.


                                                                †


lunes, 8 de febrero de 2016

ARTISTAS SUBALTERNOS & POETAS DURMIENTES


El Macba, proa del arte último en Barcelona.
             
Aunque estoy más que habituado a prodigar ese tipo de atenciones finales y a la desesperada, reconozco que no es buena cosa posponer una y otra vez la visita a exposiciones imprescindibles, ya que después se ve uno poco menos que forzado a acudir de urgencia el último día de exhibición; visita que a veces nos viene a contrapelo, cuando no nos desbarata la agenda, nos la pone patas arriba y —lo que es peor— nos estropea una mañana de sol y modorra dominguera.

   Eso precisamente es lo que me ocurrió el domingo pasado: que acababa la exposición de Sergi Aguilar y tuve que dejar el sublime solárium del comedor de casa y acercarme hasta el Macba para no perderme Revers/Anvers (1972-2015), título de su retrospectiva. Por fortuna, como además había otras dos exposiciones que también quería ver (la de Miserachs, cuarta en cartel, ya la había visto), aproveché y me dejé la mañana entera en el Macba. Una visita de cuatro horas a ese noble tabernáculo da para algunas impresiones y bastantes más reflexiones.

    Como digo, me dejé caer por el Macba para que no se me escapara el excelente repaso por las cuatro décadas de actividad que acumula ya Sergi Aguilar. Aunque es muy tentador, no es su exposición lo que me propongo comentar.


En la vida por supuesto; pero también en arte uno se ha de alinear, se ha de poner de una u otra parte. Ha de tomar partido. En este sentido, uno ha dejado siempre claro que —mejor o peor— se ha forjado como espectador en primera línea de fuego de galerías y museos, pero también en la retaguardia y al abrigo de lecturas, seminarios y aproximaciones al arte de todo pelaje. No obstante esa atención a lo diverso, admito que por temperatura, talante y formación sintonizo mejor con las poéticas apasionadas, oscuras, expresivas y que vendrían a sancionar el arte como cosa asombrosa, misteriosa, subyugante, excepcional, impactante, bella, turbia, etc. No es de extrañar, por tanto, que sea un espectador picajoso, desconfiado, las más de las veces decepcionado y solo relativamente poroso a la factura tibia y la puesta en escena administrativa, desangelada y neutra de algunas corrientes actuales —y no tanto— con las que el Macba está obligado a tener especial consideración.

    Bajar al Macba se me antoja a veces un descenso hacia lo previsible y el muermo asegurado, sobre todo cuando muestran sus adquisiciones últimas, según qué áreas de sus fondos permanentes o alguna de sus habituales exposiciones de tesis. No es problema de la entidad, tampoco de su programación ni de la mejor o peor competencia de los curadores. No hay anomalía alguna en su funcionamiento. Lo que pasa es, ni más ni menos, que el arte de nuestro tiempo es así. Y punto. Desitjos i necessitats y Espècies d’espais (en cartel hasta el 24 de abril y el 30 de mayo respectivamente) son precisamente de la clase de muestras que he mencionado: la primera, de adquisiciones recientes; la segunda, de tesis, amparada en esta ocasión en el texto homónimo de Georges Perec y comisariada por Frederic Montornés.


Justo al comienzo de su desopilante La palabra pintada, Tom Wolfe refiere que fue Marshall McLuhan quien observó que la gente no lee la prensa matinal, sino que se sumerge en ella como en un baño caliente; y lo ratifica con su propio caso. Cuenta que una mañana de domingo de la primavera de 1974 se hallaba sumergido en las tibias profundidades de la página de artes del New York Times. Al parecer, llevaba ya un buen rato leyendo plácidamente en estado beatífico cuando, de repente, una frase le llamó la atención, lo expulsó de aquella felicidad y lo puso sobre la pista de una larga reflexión que culminaría en la redacción de La palabra pintada. Las más de las veces que me dejo caer por el Macba me ocurre exactamente eso: que me sumerjo en las aguas quietas de esas salas de balneario blanquísimas, impolutas y a rebosar de arte. Floto de una a otra y paso de uno a otro artista sin que nada perturbe mi modorra, hasta que, como le ocurrió a Wolfe, algo llama mi atención y me saca de ese nirvana de felicidad y vacuidad perfectas.

    La primera obra que me llamó la atención esa mañana, cuando pisaba las salas donde se despliega la muestra Desitjos i necessitats, fue la minúscula fotografía que acompaña el despliegue de los recibos de nómina que Francesc Abad ha reunido a lo largo de sus cuatro décadas de vida laboral, y que ocupan toda una pared: unos cuarenta metros cuadrados de justificantes de devengos salariales. Lo que me sacó del sopor no fue la envergadura de ese frontón atestado de nóminas dispuestas en perfecta retícula, sino el pie de foto de la pequeña imagen que hay a un lado, que muestra el banco público donde el autor, provisto de fiambrera, se retiró a menudo para comer a lo largo de esas cuatro décadas. Según Francesc Abad indica en el pie de foto de la imagen, esa constante de su biografía es un exponente más “…del posicionamiento del artista como sujeto subalterno”.

    Esa frase fue lo que me llamó la atención: la mención —resignada y algo melodramática para mi gusto— del artista como sujeto subalterno. Aunque el sujeto de referencia es el mismo Francesc Abad, entiendo que el apelativo de subalterno abarcaría no solo a los artistas que, como él, no viven del comercio de su obra, sino que sería extensible a todo artista en cuanto agente pasivo del engranaje económico y sus circunstancias.


Nòmines, el meu espai econòmic/productiu de Francesc Abad. Colección Macba.

Llevaba ya un par de horas largas de inmersión en las termas del Macba cuando, en la muestra Espècies d’espais, a la altura del ámbito habilitado como posible sala de esparcimiento comunal —colchonetas por los suelos incluidas—, una segunda obra reclamó mi atención y me sacó nuevamente del estado de somnolencia opiácea. Me refiero a Los durmientes, corto firmado por Jordi Colomer en el que, mediante un truco que imita el desplazamiento vertical de la cámara por delante del corte longitudinal de un edificio en un solo plano secuencia, se nos muestra de pasada lo que podrían ser una serie de ateliers de artistas, que en ese momento duermen. El tempo de la narración es pausado y la toma se demora bastante, de manera que amanece a medida que la cámara remonta. A la altura de la buhardilla del edificio, hace ya un buen rato que hay luz de pleno día. Y ahí es donde, a través de una ventana, se deja ver el único personaje que está despierto, activo y camino del trabajo mientras los demás duermen; y todo porque representa que no es un artista, sino un verdadero sujeto subalterno, sin veleidades y por supuesto sin estatus de artista: un currante, un operario con ropa de faena al que, en la última secuencia, vemos ascender por una escalerilla exterior hacia la azotea donde tiene el tajo, a instalar una parabólica, reparar la antena colectiva, echar unos metros de tela asfáltica o lo que sea. Con el sol ya alto, el resto de la parroquia, los artistas, siguen durmiendo como si nada.


Sala de proyección de Los durmientes en la expo Especies de espacios. Macba.

Imagen de Los durmientes de Jordi Colomer.

Entiendo que el muestreo de artistas durmientes de Jordi Colomer, y el despliegue de nóminas de Francesc Abad y su comentario lateral respecto a la condición del artista como sujeto subalterno, son obras que focalizan su atención sobre el mismo tendón dolorido de la práctica del arte, pero desde puntos de vista muy encontrados.

    Al artista como subalterno más en un mundo de eternos subalternos mal pagados de Francesc Abad, opone Jordi Colomer un artista eternamente adolescente, al que no le va tan mal viviendo de quien se acerque y que puede levantarse tarde; bien porque practica el “no trabajes nunca” de Guy Debord o porque ha logrado que sueño y trabajo sean una misma ocupación. Y eso solo se consigue —no nos engañemos— procediendo cada noche exactamente como hacía Saint-Pol-Rux, que se retiraba al dormitorio y dejaba un aviso del lado de afuera de la puerta que decía: “El poeta trabaja".



domingo, 24 de enero de 2016

J.G. BALLARD EN EL RÍO INFERNAL



Cubierta de la mítica monografía dedicada a Ballard. Re/Search, San Francisco, 1984.


Aparte de que no es ninguna bicoca se mire por donde se mire, trabajar en un gran grupo editorial puede tener efectos secundarios a la larga. Una de las consecuencias —y no precisamente la peor— de respirar a diario el aire del negocio y ver libros por todas partes durante décadas es que se corre el serio peligro de acabar aborreciéndolos o, como poco, de prestar oídos y comenzar a ver con cierta simpatía a los raros que cuestionan la nobleza intrínseca del libro y toda esa mandanga.

   Aunque mi grado de deterioro al respecto no es todavía alarmante y aún no he aborrecido los libros, reconozco que ya llevo tiempo haciendo ojitos y simpatizando con disidentes como el Marco Aurelio que exhortaba a la abstención con su radical “Déjate de libros”, o el Borges no menos disuasorio de “Todos los libros, en el fondo, dicen lo mismo”. De entre los jarros de agua fría lanzados por esa infame turba al rostro de la industria editorial, tengo especial predilección por el de Terry Eagleton, que la acusa muy a las claras de cultivar una suerte de opio de nuevo cuño para el pueblo de siempre: “Si no se arroja a las masas unas cuantas novelas, quizá acaben por reaccionar exigiendo unas cuantas barricadas”. En esa longitud de onda se mueve nuestro Víctor Moreno, del que copio este comentario: “Hoy, quizá, la finalidad última de la alfabetización sea conseguir que la gente esté mansamente quieta mientras lee”.

   Al margen de esas consideraciones particulares, lo cierto es trabajar en un gran grupo editorial, aunque sea como humilde subalterno de un remoto departamento de servicios generales, como es mi caso, es una bendición si te gustan los libros.


Un libro algo disidente sobre "teleología lecturil". Caballo de Troya, Barcelona, 2009.


El grueso de las publicaciones que circulan por las dependencias en las que que trabajo son las de la casa. Pero también corre por allí una cantidad nade despreciable de ediciones de terceros: las de la competencia directa, las de la competencia difusa; de editoriales de todo pelaje, de autor, marginales, no venales y de productos editoriales de toda procedencia y condición. En el mejor de los casos, esa plétora de libros va a los estantes comunitarios, donde le es permitido abrevar al personal, cuando no directamente a la bala de papel.

   Tengo a gala el reconocer que he estado muy atento siempre a esa pedrea venida de fuera y a los hipotéticos avisos que pudieran derivarse de lo que, no pareciendo en principio más que un hallazgo fortuito, bien pudiera ser el broche de algo más complejo y misterioso: la culminación ineludible del destino de un libro cuando, en palabras de Borges, “… da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos”.


El flujo de todo ese material es irregular y antojadizo, pero es cuando hay permutaciones, mudanzas de toda índole y muy especialmente cambios de ubicación, relevos y demás movimientos tectónicos en el área de edición, que conviene estar atento, abrevar a diario en el estante comunitario y, sobre todo, cribar meticulosamente los vertidos que fluyen hacia la bala de papel. El sótano de Thomas Bernhard en el año 1981 o por ahí; Larva de Julián Ríos una década después; La sepultura sin sosiego de Connolly a principios del cambio de milenio; Memorias del subsuelo de Dostoyevsky algo después y Testo yonqui de Beatriz Preciado hace apenas tres o cuatro años son algunos de los libros memorables con los que uno ha entrado en contacto por la vía de andar hurgando en los ribazos de la escombrera comunal.


Contraportada de Re/Search, Nos. 8-9. San Francisco, 1984.


   El último de mis hallazgos, rescatado hace apenas unos días de los estratos intermedios de una jaula vertedero atestada de viejos catálogos de Faber and Faber, Insel Verlag, Flammarion y demás emporios, es un ejemplar del mítico número doble que la revista Re/Search dedicó en 1984 a J.G. Ballard. Casi nada. El hallazgo es especialmente memorable por cuanto se trata de una publicación mítica, descatalogada y hasta tal punto inencontrable que, por lo que ha llegado a mis oídos, el ejemplar que de esa publicación se exhibía en la muestra que el CCCB dedicó a Ballard en 2008 no era del tiraje original, sino de una reedición algo posterior.

   Solo a título de curiosidad, y por hacerme también una idea algo más precisa del grado de mitificación real de la publicación, he indagado en la red a cuánto se cotiza una copia en buen estado del primer tiraje de la monografía que Re/Search dedicó a Ballard en 1984. Ni más ni menos que a 150 dólares.

   
No tengo intención ninguna de desprenderme de ese hallazgo. Por si alguna vez se confirmara que soy “el hombre destinado a sus símbolos” —todo puede ser—, lo añadiré a mi humilde biblioteca y quedará depositado en la librería inclusa donde pongo los libros abandonados que he sacado del torrente. El río infernal que va al molino de papel.

 
Índice y página de créditos del mencionado doble número de Re/Search,



domingo, 17 de enero de 2016

BIBLIOTECA BOWIE


Un ejemplo de bibliofilia pop a cargo de La Estampa Indeleble. (Colección particular).

Como no podía ser menos, la necrológica con mayúsculas y el trending topic de los decesos en lo que va de año ha sido el inesperado tránsito de Mr. David Bowie. Además del ingente alud de artículos que se han publicado estos días al respecto, es de prever que los próximos meses nos traigan, con los conciertos de homenaje, las reediciones y el inevitable repunte del merchandising, otro aluvión de artículos de mayor calado, de biografías más o menos autorizadas y repasos pormenorizados de la compleja figura del maestro y su legado.

   No está uno sentado aquí ante el ordenador solo para loar al finado —aunque también, por supuesto— y echar más leña al fuego de esa actualidad, sino principalmente para aprovechar su tirón publicitario y dar a conocer nuestra Biblioteca Bowie, nuestra colección La Estampa Indeleble y en definitiva toda esa actividad que llevamos entre manos de manera casi clandestina, y que tan necesitada de promoción está.

    Ya que no es momento ni lugar para volver sobre lo andado, remito a los interesados a la entrada del 7 de diciembre de 2012 de este mismo blog, donde dimos a conocer la colección y ya se pudo ver entre otros, si bien en su primera versión, el primero de los ejemplares de la mencionada Biblioteca Bowie.


Otro ejemplo de bibliofilia pop a cargo de La Estampa Indeleble. (Colección particular)

Trucar viejas publicaciones que nadie quiere y hacerlas pasar, con bastante morro y toda la liturgia de la mística editorial, por ejemplos eximios de alta bibliofilia pop. A esa oscura y algo delictiva tarea llevamos dedicados ya unos cuantos años. Uno de nuestros solistas preferidos, al que una y otra vez hemos vuelto a coger prestados títulos de canciones y elepés para nuestros propósitos impuros, ha sido David Bowie.

    Trabajar con el legado de terceros es siempre una responsabilidad, que en el caso de Bowie, y por razones obvias, se hace algo intimidante. No sabría decir si los trucajes de algunos de sus himnos son de los más conseguidos de toda la colección, pero sí que están entre los más calibrados y sopesados. También son —por qué no decirlo— de los que mejor hemos vendido.

    Lo de menos es que esta Biblioteca Bowie sea prueba de que también en nuestro caso el influjo de su talento ha sido evidente. Lo que cuenta es que sus discos llevan décadas sonado con asiduidad en nuestro taller. Esa fidelidad es de ley, y no está sujeta a mudanza ni sobresalto. Vamos a seguir pinchándolo como si nada.

 
Más ejemplos de bibliofilia pop, siempre a cargo de La Estampa Indeleble,
una colección de De La Pulcra Ceniza, ediciones.







Indice

BOWIE, David
Ashes to ashes
Publicación soporte:
Libro de primera comunión
Barcelona, 1957

BOWIE, David
Diamond dogs
Publicación soporte:
DALMAU, José. Resumen de las lecciones de aritmética,
Girona: Dalmau-Carles Pla, editores, 1945.

BOWIE, David
Hunky dory
Publicación soporte:
MUÑOZ SECA, Pedro. La venganza de don Mendo
Madrid: Afrodisio Aguado, 1924.

BOWIE, David
Scary monsters
Publicación soporte:
Llibre d’oracions de sobretaula
Barcelona, 1908

BOWIE, David
The rise and fall of Ziggy Stardust & the spiders from Mars
Publicación soporte:
RUBIO, Mariano. La guerra moderna  
Barcelona, Sucesores de Manuel Soler, editores



                                                                 †


martes, 5 de enero de 2016

VACACIONES EN "THE RIVER"



Bataille, un intruso en el género de la autoayuda...

Ha ocurrido con tanta frecuencia, tiene uno ya tan arraigado pasar las vacaciones trabajando, que el despilfarro de ocio que supone —como si sobrara— no lo percibo como excepción pasajera o moratoria eventual de la costumbre de vacacionar y haraganear cuando toca. Más bien ha ocurrido que el hábito de quedarme trabajando el mes de agosto se ha hecho tan predecible, que tiene ya categoría de eso que los juristas denominan “costumbre inveterada”, otra manera de decir que de hábito arraigado ha pasado a tener rango de norma a seguir.

   Hacer leña del mes de vacaciones, quemarlo alegremente sin descanso alguno y despilfarrarlo por entero trabajando son otras maneras de gastar suntuosamente sin miramientos y por encima de mis posibilidades ocio puro, algo de lo que no voy muy sobrado. Cuando a uno le da por pensar que ha malgastado las vacaciones trabajando en vez de “tumbar mulatas” que decía el poeta, lo mejor es ir a la biblioteca y echar mano de La parte maldita de Georges Bataille. Mano de santo en estas ocasiones.

   Los gastos suntuosos y la dilapidación de excedentes escasos y valiosos serían, según Bataille, otras tantas maneras de emular y congraciarnos con la naturaleza, cuyo brío demencial despilfarra y malversa el lujo de la vida sin contención que valga y sin atisbo ninguno de lo que pudiera ser el ahorro o la noción de gasto a recuperar, normas básicas de nuestra economía miope, alicorta y divorciada del universo.

   La alquimia de la lectura tiene tal capacidad de persuasión, que de estar algo alicaído por pensar que ha desperdiciado el ocio sagrado, vía Bataille pasa uno a identificarse con el salvaje que sacrificaba recuas de caballos purasangre a la hoguera sin ley de la naturaleza derrochadora y pródiga. Así de sencillo.


Como no podía ser menos, el pasado mes de agosto me quedé en Barcelona ultimando una serie de libros tuneados, en los que había venido trabajando desde junio. El conjunto —unas veinte piezas, de las que se descartarían cinco o seis— estaba destinado a la exposición que tendría lugar en octubre en una librería de Milán; exposición que se aplazó y que de momento continúa aparcada en ese limbo incierto.

   Uno de los trabajos que se descartó fue The River de Bruce Springsteen, tuneado sobre un ejemplar de Llegendes de Nadal de Georges Denôtre editado en Barcelona, sin especificar el año, por Edicions de l’Arc de Barà. Aunque yo diría que estaba entre los más logrados, lo cierto es que, contra todo pronóstico, el librero lo desestimó y quedó desligado de la exposición; descartado pero disponible. El pasado mes de noviembre nos lo compró un seguidor de Bruce Springsteen.


Libro recuperado y manipulado para nuestra colección La estampa indeleble.

   La entrada de liquidez que ha supuesto esa venta me ha obligado a reconsiderar mi relación con Bataille y a relativizar la validez de La parte maldita —mano de santo en tantas ocasiones— como libro de autoayuda. Y es que todo eso del derroche incondicional del excedente de ocio en una causa perdida está muy bien. Pero resulta que la causa puede que no estuviese tan perdida, que hay mercadeo y una entrada de dinero que lo expulsa a uno de la épica del gasto cósmico y lo inserta nuevamente en el redil de la economía a escala humana, a la que uno vuelve como a su cama después de pasar la noche al raso con lo puesto.

   Entiendo que la lección a extraer del caso es que ha de seguir uno recurriendo a La parte maldita, por supuesto, pero con la precaución de cerrar el libro de vez en cuando y, a la manera de un mantra, musitar un eslogan algo sobado pero ideal para hacer de contrapeso: “La economía, estúpido”.


Portada de LLegendes de Nadal, el libro intervenido.


Guardas traseras con la etiqueta que acredita nuestra fechoría.

                                                               †


domingo, 27 de diciembre de 2015

MACBETH O EL CARNICERO DE LAS HIGHLANDS



El Macbeth de siempre en la versión de hoy.

El Macbeth de siempre en versión "japo", con samuráis y todo eso...


Con apenas diez o doce días de diferencia he visto en la sala misma sala de proyección —la C del cine Verdi Park—, y yo diría que hasta en la misma butaca, dos versiones de Macbeth: la legendaria Trono de sangre de Akira Kurosawa y una adaptación muy reciente de Justin Kurzel, Macbeth, que se acaba de estrenar y llega con el propósito de abrirse un hueco entre las versiones de aquel drama, y de paso hacer algo de taquilla, que nunca viene mal. Si a ese doblete le añado que ya tengo entrada para Rey Lear a mediados del próximo enero en el Teatre Lliure, podría decirse que estoy pasando por un “momento Shakespeare”.

   Releer a Shakespeare cámara en mano y reemplazar el telón de boca, el foso del apuntador y las bambalinas del teatro por el campo abierto es lo que grosso modo y cada uno a su manera hacen Kurosawa y Kurzel. Yo diría que los resultados de ambos adolecen de lo que, salvo no pocas excepciones, suele decirse de películas basadas en obras literarias: que el libro es mejor; y cuando, como es el caso, va firmado por Mr. Shakespeare no es que el libro sea poco o mucho mejor, sino que juega en la división preferente de las obras capitales que ha dado la pluma a esta civilización, y es ley de vida que el celuloide se quede por debajo de la excelencia de una obra que planea a esa altura.

   Ninguna de las dos películas es un vertido literal del pasmoso aparato verbal del drama original. En el caso de Trono de sangre, el trueque del escenario teatral por la intemperie es radical y chocante, ya que el nuevo encuadre  geográfico y cultural se desplaza hasta el Japón asolado por las guerras feudales. Kurosawa se permite todo tipo de licencias y nos larga un exótico Macbeth “a la japonesa” con samuráis, fortalezas con los tejados volados, libaciones de sake y una lady Macbeth de rostro blanqueado con polvos de arroz que urde crímenes bajo un kimono de seda.

   Aunque Kurosawa se limite a volcar en su molde el esquema elemental del drama original, se desentienda de los diálogos y modifique, omita y hasta traicione a Shakespere allí donde le parece conveniente para sus propósitos; incluso después de cometer todas esas tropelías sobre uno de los textos sagrados de occidente, el resultado sigue siendo a día de hoy, a decir del exégeta máximo del vate inglés, Harold Bloom, el mejor Macbeth que ha dado el séptimo arte.

   La película es, efectivamente, bastante memorable; y es que aparte de ser un Macbeth indudable aunque esquemático, amarillo, exótico y hasta algo marciano, no deja de ser un Kurosawa que abunda en planos de gran destreza plástica, en secuencias magníficas de jinetes perdidos en la niebla, movimientos de tropas, diluvios de flechas filmados como nunca antes y demás distintivos de ese lenguaje inconfundible que hizo de él un cineasta de referencia.


Isuzu Yamada, la lady Macbeth del Imperio de Sol Naciente.


Dirigido por Justin Kurzel, el Macbeth que se acaba de estrenar no es un calco del original, pero lo adapta con bastante fidelidad y respeta la mayor parte de los diálogos y monólogos que hacen de ese drama una de las cumbres del teatro isabelino y un espejo implacable de lo que podemos llegar a ser bajo el imperio cárdeno de la sangre puesta al servicio de la ambición. La mano de azogue de ese espejo la dio en su día y en cinco actos Mr. William Shakespeare, y ahí sigue desde entonces: inasequible, ruda, hermosa, eterna perorata.

   Kurzel saca a Macbeth de las tablas del escenario, lo coloca en el baldío escocés y añade así una dimensión más —de la que obviamente el drama original puede prescindir sin mayor menoscabo— a lo que ya de suyo tiene una dimensión inabarcable: le añade la dimensión épica del paisaje panorámico de las Highlands con sus nieves casi perpetuas, sus bancos de niebla, su frío cortante y sus ventiscas. El exterior de Macbeth, que el texto original deja únicamente entrever en una serie de secas acotaciones que indican dónde transcurre la acción al comienzo de cada acto —“una explanada”, “un brezal”, “Inverness”—, queda al norte de las cumbres borrascosas donde Emily Brönte sitúa su novela homónima. Y si la mediana de las Brönte se apresura y ya en la cuarta línea de su novela describe aquellas latitudes como “semejante desolación”, no cabe duda que las frías soledades y los pedregales ariscos que hay más al norte son el marco geográfico adecuado para localizar las panorámicas de un drama nihilista cuyo actor principal no tiene reparos en definir la vida como “una historia contada por un idiota, llena de ruido y de furia, que no significa nada”.

   El papel del paisaje y la meteorología son tan abrumadores en esta película, sobrepasan con tanta autoridad la cualidad de proscenio teatral agrandado para la ocasión, que sin duda se integran en la obra no ya como mero decorado, sino como una más de las personas del drama. La credibilidad del factor intemperie y la decisiva circunstancia de que la película se haya rodado en paisajes agrestes y en pleno invierno, le confieren una autenticidad claramente perceptible en algo tan indispensable para el cine de verdad como es la ambientación y la localización de exteriores. Entre otras carencias mucho peores, que ahora no viene a cuento enumerar, precisamente esa veracidad es la que falta, por ejemplo, en la reciente Nadie quiere la noche de Isabel Coixet, película de ambientación ártica pero que ni por asomo logra convencernos de que estemos por encima del Círculo Polar.

   Además de todo eso, está, por supuesto, Michael Fassbender, que no tengo ni idea de si quedará como un Macbeth de referencia, o por el contrario se lo llevarán rápidamente al olvido la ventolera de las Highlands y la rotación vertiginosa de la actualidad, pero que a mí me convence. Lo veo perfectamente aclimatado a la ferocidad de alguien capaz de embalarse por un tobogán de carnicerías; muy capaz, de hecho, de aviar a cualquiera con esa solvencia de matarife con que lo describe Shakespeare: “…lo descosió del ombligo a la quijada y colgó su cabeza en las almenas”.

   Bien diferente es la impresión que me ha dejado el trabajo de Marion Cotillard, que es voluntariosa y pone de su parte, pero que no me levanta del asiento. Seguramente el problema está en mí, y no en la calidad de su interpretación. Me explico: en lo que respecta a ese personaje, tiene uno el poso ya muy trabajado por la imaginería romántica de los Blake, Fuseli & Co., que perfilaron una lady Macbeth como mujer del montón, sombría siempre y con la faz historiada por el insomnio y un rictus de locura incipiente. Y cuando, como es el caso, se ha interiorizado el personaje con ese aspecto y revestido de esos atributos demenciales, es poco probable que alguien en todo momento tan hermosa y con un aspecto tan saludable, evanescente y parisino como la Cotillard logre que uno se la crea en un papel con un final tan mórbido y enfermo. Esa es quizá una de las grietas de la película: la falta de relieve de lady Macbeth, que no solo desciende a la demencia sin que merme la tersura de su cutis, sino que al fulminar el guión una buena parte del comienzo del segundo acto —supongo que por imperativos de duración y metraje—, nos priva de oírla en un brevísimo comentario que da cuenta de su verdadera catadura como mujer resuelta y de acción: como quiera que su marido, de vuelta ya de haber matado a Duncan, le refiera lo que le parece haber oído delirar a la guardia sumida en un sopor de adormidera y vino, lady Macbeth lo corta y le espeta un comentario justamente famoso que ha traspasado como un estilete verbal la carne de los siglos: “No caviles tanto”.


Las brujas en la adaptación de Macbeth de ahora mismo.


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