domingo, 28 de diciembre de 2014

LA ÚLTIMA NOCHE DEL ATRASO - I



Tal y como adelantábamos en la entrada anterior, lanzamos a continuación dividido en dos partes La última noche del atraso, texto de cierta extensión y compleja mixtura en el que Eladio Palomares, mediante una apertura peculiar, un desarrollo sólido y un emocionante desenlace, nos brinda su sentido y muy personal comentario acerca de la serie de dibujos que bajo el título Circular nocturna Juan Miguel Muñoz mostrará en la galería El Catascopio a partir del próximo 29 de enero.







LA ÚLTIMA NOCHE DEL ATRASO

                                                                 El día es bello, la noche es sublime.
                   Kleist

I - Vehículos espectros

Aún quedan despojos de camión en los arcenes, chatarra de viejos autos en los baldíos y jirones de metal viajado en los solares infames de provincias.
   
   Fuera de las vías de primer orden, despejadas de todo estorbo en aras de la seguridad, la fluidez y el aseo vial, no hay desplazamiento posible por el denso capilar de carreteras secundarias, comarcales, pistas forestales y caminos de mala muerte de todo tipo que no brinde la estampa de algún viejo camión apartado y desmembrado entre malezas u orillado en un solar de runa.
    
    La escasez de grúas, la desidia de las aseguradoras, alguna riada oportuna y el antojo de la casualidad se confabularon en su día para que algunos de los venerables vehículos de carga que cruzaron el país de punta a punta no recibieran la atención que merecían y resten a la vista en estado de abandono, expuestos al rigor del descubierto y el flagelo de los años.
   
    Como todo lo que palpita y tiene nombre propio, también el camión está sujeto al ciclo de la existencia y su culminación en el tránsito de la muerte seguida de la necesaria desaparición por inhumación en tierra, cremación o, en su caso, el reciclaje del metal y su disolución en los hornos de fundido. Para las culturas clásicas del Mediterráneo, la sepultura era el único salvoconducto que franqueaba las puertas del más allá al alma del finado. No había otro. Mientras los restos permaneciesen perdidos, inubicables, en paradero desconocido o dejados adrede sin cubrir y por consiguiente insepultos, el alma estaba condenada a permanecer y vagar sin arraigo por el mundo físico.
   
     Y no solo quedan despojos de camión en los arcenes, chatarra de viejos autos en los baldíos y jirones de metal viajado en los solares infames de provincias, sino también algo mucho más misterioso y esquivo por naturaleza: el alma transeúnte de cada uno de aquellos vehículos adherida todavía a sus hierros como un fantasma en letargo esperando la noche propicia.


Invocar la simplicidad de los antiguos, como acabo de hacer, es un recurso muy útil para explicar con sencillez asuntos complejos. Nunca falla. Se ha de utilizar de entrada para que ya de buen comienzo la idea base quede expuesta con toda nitidez. Es un excelente aperitivo cuando para proporcionar a nuestro argumento más consistencia hemos de pasar a confrontarlo con aparatos conceptuales de digestión algo más pesada como, en este caso, la escatología cristiana, cuya mención es del todo inevitable aquí ya que pese a la pérdida de hegemonía espiritual de ese credo y al declive de su acepción social en la actualidad, es evidente que su larga persistencia en el inconsciente occidental ha empapado por completo nuestro imaginario en lo que respecta a la existencia en el más allá y la vida de ultratumba.
   
    Son tres los posibles destinos del alma del finado según la escatología cristiana: Infierno, Purgatorio o Paraíso. Y también tres, según costumbre, las opciones terrenales del vehículo que por siniestro total, pura consunción o renovación del parque móvil ha quedado inservible: el reciclado inmediato en los hornos de fundido, el ingreso en el cementerio de autos o el abandono a la intemperie.
   
    Sin pausa que valga, día y noche las prensas de metal comprimen en alpacas la herrumbre obsoleta de todo el parque móvil del planeta, y el horno del progreso, inapelable, bulímico y frenético engulle, funde, procesa y vuelve a generar metal flamante para nuevos vehículos de última generación. En cuanto que son destinos irremediables y terribles que no tienen vuelta atrás y también ámbitos parecidamente sofocantes de punición eterna o fusión instantánea, el bíblico y el crisol de fundición son infiernos hermanos.
   
    La ciega combinatoria de pasado y porvenir en las moléculas del metal recién laminado es tan imprevisible, azarosa y poética, que no solo es probable, sino también hermoso y de una densidad simbólica considerable, que un Scania imponente recién matriculado en Dresde lleve en su ADN trazas del metal original del humilde Pegaso "mofletes" que, va para sesenta años, acarreaba ladrillos de adobe por la zona de La Alcarria; o que el nervio del Barreiros botellero que desde mil novecientos cincuenta y pocos hasta el setenta distribuyó hielo y bebidas gasificadas por los aledaños de Vicálvaro, haya pasado intacto a los muchos caballos del potente cuatro ejes cromado que ayer mismo salió del concesionario de Volvo en Bolonia.
   
     Siquiera sea de forma vicaria, atomizado y disperso por todo el nuevo parque móvil el vehículo difunto podría efectivamente regresar así al tránsito rodado. Pero en tanto que el metal reaprovechado, nuevamente fundido y laminado es neutro y de utilidad indistinta para la industria en general, no es descartable que la colada de metal líquido a donde ha ido a parar el nervio ambulante y rebelde de un camión feriante se utilice para la fabricación de una partida de clavos, sillas poltronas, tapas de alcantarilla o cualquier otro adminículo relacionado con el sedentarismo extremo o el anclaje definitivo.
   
    Para el que ha catado los cálices de la velocidad y el trasiego del viaje, el castigo supremo en ese infierno soporífero no es permanecer en él, sino volver a este mundo y verse confinado a perpetuidad en un punto fijo.


En la fosa común de metal y vasta herrumbre de los cementerios y desguaces de automóviles, verdaderos purgatorios donde yace, se lava y aguarda nuestro viejo parque móvil, vemos todavía, en una lamentable confusión de rangos que los denigra, vestigios de aquella casta épica de camiones apilados al descuido entre una plebe de turismos añosos, rancheras consumidas y caravanas trabajadas sin miramiento alguno por el ácido inmutable de la intemperie.
   
    Aunque están al descubierto, el estado de restos civiles puestos bajo la demarcación y al amparo del preceptivo cementerio de automóviles que acreditan esos vehículos les otorga de hecho un estatuto equivalente al de restos sepultos en suelo santo.
   
    Los amasijos acotados, cementerios y desguaces de automóviles son sin duda otras tantas franquicias del Purgatorio bíblico. El vehículo depositado en esos limbos ni está aquí ni en el más allá; no es todavía la molécula que volverá al tráfico rodado ni desgraciadamente será nunca el fantasma que aún circula ligado a este mundo. Es despojo que purga y espera, puro intervalo que ha quedado provisionalmente al margen de cualquier posibilidad de actividad transeúnte.


Si, como hemos visto, el horno de reciclaje y el Infierno comparten idéntica condición de destino inapelable, y por otro lado el Purgatorio y el cementerio de autos poseen también la misma cualidad de limbo transitorio donde el alma y el vehículo se lavan, depuran y aguardan; es sin duda el abandono a la intemperie —maldito para la mentalidad griega y obsceno en toda cultura— el único estado gozoso equiparable a la dicha de haber sido llamado al Paraíso de los justos y habitar en él.   
   
    El auténtico regreso a la circulación veraz es, pues, privilegio de los elegidos: los vehículos difuntos que pernoctan extramuros y en estado de abandono administrativo en suelo impío. Los camiones indomables desmembrados, reducidos a una lastimosa cabina desfigurada y un reguero de piltrafa diseminada por descampados y bancales. Como el otro, el paraíso con gasolineras también está reservado a los humildes y los vapuleados.
   
     Al igual que la toxina del amor, la pelusa del albaricoque o las muchachas en blusa vistas al trasluz, el deleite sensorial y la felicidad opiácea del desplazamiento por carretera solo son de este mundo. Lo hermosamente paradójico y próximo a la maravilla es que la negra suerte de los camiones insepultos de toda índole, de los abandonados a su suerte, los olvidados, saqueados, humillados, descarnados, tirados en los arroyos fecales del olvido tiene mucho más de fortuna y buena estrella que de negro destino.

   
    El fantasma de esos vehículos permanece todavía entre nosotros aguardando furtivo, año tras año, la noche en que todavía es capaz de circular. La única noche en que su presencia evanescente se activa y cubre nuevamente el mismo tramo por el que circuló durante aquella noche legendaria. La última noche del atraso.


(Continúa en la siguiente entrada)


                                                             †



sábado, 27 de diciembre de 2014

CIRCULAR NOCTURNA


  

Circular nocturna, lámina nº 4. Técnica mixta sobre papel, © 2012, Juan Miguel Muñoz.



Nos complace anunciar que el próximo 29 de enero se inaugurará en la galería El Catascopio la exposición de Juan Miguel Muñoz Circular nocturna, que permanecerá en cartel hasta el 15 de marzo. La muestra la integran diecisiete dibujos originales de una serie de veintitantos en total que fueron realizados hace un par de años para ilustrar Ruta nocturna, el flamante décimo número de nuestra colección Libros De La Micronesia.

    Cabe comentar que desde la clausura de la muestra La pelliza de hiedra en el Espai Ruïnes del Pati Llimona a principios de 1996 (exposición con la que oficiosamente se despidió de la escultura para acogerse a la edición marginal, que vendría a ser como salir de Guatemala para meterse en guatepeor), esta Circular nocturna será la segunda exposición que realiza al margen de la marca De La Pulcra Ceniza y que firma con su propio nombre. La anterior (La Whiskería, 2010) la componían la docena escasa de ilustraciones originales que realizó para Galaxia golosina, octavo número de Libros De La Micronesia.

    Además, he de mencionar otro evento en el que también se puede ver estos días obra de Juan Miguel aquí en Barcelona. Arts Santa Mònica ha prorrogado hasta el 25 de enero la muestra  Traç, el dibuix com a eina de coneixement, un extenso recorrido por las distintas maneras en que puede ser utilizado el dibujo como recurso polivalente (dibujo técnico, de moda, científico, artístico, de aficionado, etc.). En esa muestra figura un dibujo original de la serie El azul de la carne.

     La verdad es que firmar como propias únicamente dos sencillas exposiciones en casi veinte años y haber adjudicado las otras, las importantes, de más aparato y repercusión, a una suerte de marca o proyecto impersonal que hace las veces de cortina de humo es, en el caso de Juan Miguel, una actitud consustancial, auténtica y exenta de cualquier connotación de estrategia deliberada o pose más o menos forzada de cara a la galería. No en vano estos asuntos los rige, según él mismo dice, con acuerdo a dos exhortaciones de Epicuro y de Gauguin respectivamente (“vive oculto” “sed misteriosos”), que siempre le ha parecido que se avienen perfectamente con su forma de ser y practicar el arte.



Circular nocturna, lámina nº 8. Técnica mixta sobre papel, © 2012, Juan Miguel Muñoz.



Circular nocturna es una muestra monotemática de dibujos en los que únicamente aparecen camiones circulando de noche. Para despejar (o complicar más, que nunca se sabe) las cenagosas cuestiones del porqué de esas imágenes, de su curiosa semántica nocturna, hipotético significado y de lo que en definitiva el autor viene a contarnos desde las paredes de la galería El Catascopio, De La Pulcra Ceniza publicará, en uno de sus elementales bolsillos, el texto de Eladio Palomares La última noche del atraso, extenso comentario que nos parece suficientemente clarificador y que en breve subiremos íntegramente a este blog.



Circular nocturna, lámina nº 16. Técnica mixta sobre papel, © 2012, Juan Miguel Muñoz.



Circular nocturna, dibujos de Juan Miguel Muñoz.
Galería El Catascopio, c/ Margarit, 17, 08004, Barcelona.
Del 29 de enero al 15 de marzo de 2015.
Inauguración: 29 de enero a las 19,30h.


                                                             †



miércoles, 24 de septiembre de 2014

LA NOTICIA DEL AÑO


Imagen de sonar de una de las naves de Sir John Franklin. La noticia del año.


A consecuencia del poco tiempo que uno dedica a la prensa diaria y al seguimiento de la actualidad, bien podría darse el caso, como así ha ocurrido estos días, de que por vivir tan ricamente al margen del aluvión de mero cascajo informativo me haya perdido la aparición de un verdadero diamante en bruto, una de esas noticias imprevistas que solo aparece muy de tarde en tarde.

   Resulta que durante mi vistazo diario a la humilde estadística de visitas que recibe este blog, desde hace un par de semanas venía observando que las entradas "Erebo & Terror I" y "Erebo & Terror II" registraban una cantidad inusualmente alta de movimiento. Ni le di importancia ni vi en ese hecho señal significativa alguna más allá de suponer que las materias y el calendario de la enseñanza global es idéntico en cualquier latitud, y que los escolares españoles, canadienses, franceses y daneses (las nacionalidades que más frecuentaban el blog en esos días) habrían comenzado a buscar en la red información para el que, pensaba yo, bien podría ser su primer trabajo del curso 2014-15: La exploración del Ártico. (Mínimo de dos mil palabras a doble espacio y a presentar, preferiblemente en papel —a la maestra no le gusta leer en la pantalla—, antes del último viernes de noviembre).

   Tampoco supe ver indicio significativo alguno en el hecho —no muy habitual, para qué engañarnos— de que desde nuestra web me llegara durante esos días una petición de compra de un ejemplar de Erebo & Terror precisamente. Detalle que, como digo, no acerté a valorar en un contexto más amplio, y en el que únicamente encontré cierta delectación comercial.

   No fue hasta el pasado lunes cuando mi buen amigo Ruy, que me lo comentó con cierto retraso, como si nada y pensando que yo estaría al caso, me hizo caer en la cuenta de que todo tenía un sentido, y que el inusual flujo de visitas a nuestro blog y la venta de ese desangelado ejemplar de Erebo & Terror eran consecuencia directa de una noticia de calado, de la que yo no tenía ni idea: el hallazgo efectuado, el pasado 7 de septiembre, de los restos de una de las dos naves que Sir John Franklin llevó al Ártico en 1854 en misión de descubierta del legendario Paso del Noroeste.

   Y es que tras unos ciento sesenta años de búsqueda infructuosa, se da por seguro que el pecio detectado por un sonar de barrido, que el gobierno canadiense desplaza cada verano hasta las cercanías de la isla O’Reilly, es sin duda alguna el casco hundido de una de las dos naves de Franklin: el HMS Erebus o el HMS Terror.

   La noticia del hallazgo la comunicó en rueda de prensa el primer ministro canadiense Stephen Harper quien, al parecer, habría formado parte de alguna de las expediciones de búsqueda. Dato insoslayable que vendría a demostrar, una vez más, que lo de ser conservador y pasar muchas horas sentado en un despacho es perfectamente compatible con una vida de acción. (Si bien no lo hizo directa y frontalmente a la intemperie, sino de manera diferida y haciendo trampa a través de la molicie del arte, hay que decir que en la demostración de esa tesis trabajó con ahínco nuestro escritor de raza don Pío Baroja, que pasó buena parte de su vida sentado frente a una mesa camilla y escribiendo un extenso ciclo de novelas agrupadas bajo el título de Memorias de un hombre de acción).

   
En su edición del 14-9,  El País dedica una página completa a la noticia del año.



Esa es la noticia, y de momento poco más se sabe. Obviamente, la situación exacta del pecio, que se halla sumergido a unos once metros de profundidad, no ha sido revelada. Ahora de lo que se trata es de seguir indagando en la misma zona para localizar la nave que falta. Entiendo que en breve se sabrá cuál de las dos es la que ha aparecido. No parece que esa información se vaya a demorar mucho, ya que por datos relativos a su construcción, de sobras conocidos, se sabe que ya a simple vista son naves muy diferentes. El HMS Erebus es un navío clase “Hecla” de unas 370 toneladas, y el HMS Terror algo más pequeño, de clase “Vesubius” y de 320 toneladas.

   La localización del HMS Investigator en 2010 —que por cierto estaba sumergido a la misma profundidad: once metros— fue el último hallazgo de reliquias árticas de  importancia y, al mismo tiempo, la inyección de moral y certeza que necesitaba el gobierno canadiense para convencerse de que todos esos pecios esquivos están sin duda cerca, de que había que perseverar hasta dar con el HMS Erebus y el HMS Terror, las dos reliquias máximas de la exploración ártica.

   Todo parece indicar que el dinero, medios, tiempo y celo puestos en el empeño no han sido en vano, y que el HMS Erebus o el HMS Terror, una de las dos naves que el 19 de abril de 1845 zarparon de Londres hacia el sinuoso corredor del Paso del Noroeste, se ha dejado ver estos días en el monitor de un sonar de barrido lateral. Llevaba ciento sesenta y siete largos años desvanecida en el Ártico, inubicable.





sábado, 30 de agosto de 2014

RETRATO DEL ARTISTA SENESCENTE



Joyce-Dedalus en su típica pose al estilo "más chulo que un ocho".


Si bien es verdad que se trata de una sola mención fugaz en una secuencia brevísima, la reciente película de Jim Jarmusch Solo los amantes sobreviven ha sacado el nombre de Stephen Dedalus de su cripta excavada en la cultura libresca y lo ha voceado en las salas de proyección de todo el mundo. Al hilo de esa evocación, y del repaso y cotejo de fotografías de algunas de mis viejas exposiciones con otras recientes, he llegado a una serie de consideraciones menores y hasta puede que insignificantes, pero que no obstante, y por si fuesen de interés para alguien más, no me voy a privar de verterlas por escrito.

    Es fama que en el Retrato del artista adolescente, por cuyas páginas deambula el mencionado Stephen Dedalus, se halla encapsulado el ideario estético que James Joyce mantuvo a lo largo de toda su carrera y también una buena parte de las anécdotas y el material biográfico que después desarrollaría en el resto de su obra.

    Además de autorretrato vívido y fiel del joven Joyce encarnado en el adolescente Stephen Dedalus, el Portrait es un yacimiento reticulado, cribado y meticulosamente estudiado por su alto valor como obra programática y germinal que anticipa y en parte compendia al Joyce maduro.

    Algo parecido ocurre con otro famoso retrato de un artista también adolescente, si bien aquí cabe hablar sin ambages de precocidad, prenda no tan evidente en el caso del Retrato, cuya primera versión (Stephen el héroe) Joyce redactó a la edad de veintiuno. En su Autorretrato a los trece años, obra primeriza de Alberto Durero, los exégetas del maestro ven prefiguradas y ya plenamente identificables sus dotes de pintor sobresaliente.
 
Stephen el héroe, esbozo y prueba de autor del posterior Retrato...

Ejemplar de mi humilde biblioteca del  Retrato... en traducción de Dámaso Alonso.

Autorretrato a los trece años, Alberto Durero, 1484.



Si las pruebas de temprana valía y los destellos de precocidad son parte indisociable del arquetipo en que se asienta la construcción del mito del artista, no es menos evidente que su mistificación y entronización definitiva en el empíreo del Arte pasa necesariamente por el reconocimiento y la sanción de su producción al completo, de los destellos incipientes de la mocedad a la obra tardía de la senectud. En el caso de Joyce, el arco de su producción se eleva desde los rescoldos apenas legibles del mazacote de folios de Stephen el héroe (arrojado al fuego por el mismo Joyce y recuperado in extremis por su hermana), hasta la línea final de su enrevesado y desopilante Finnegans Wake (“Un solo camino al fin amado alumbra a lo largo del       —París, 1922-1939—) Por su parte, la trayectoria de Durero despega con ese Autorretrato a los trece años y declina, hacia mil quinientos veintitantos, en una serie de obras entre las que destaca el retrato de Erasmo. Entre esos extremos quedaría, en los dos casos, el grueso de la producción de ambas luminarias.


Aunque con escasas posibilidades de ser no ya entronizado en su empíreo, sino de figurar siquiera en alguna nota a pie de página de su Compendio General, lo cierto es que también yo me dedico al Arte, si bien no a tiempo completo sino a contrapelo, a deshoras y compaginando “esa noble entelequia” con una ocupación alimenticia y trivial. Sea como fuere, lo cierto es que en mi caso ni cabe hablar de precocidad (hice mi primera exposición individual con 28 años), ni he figurado como protagonista de ningún retrato del artista pajillero y pubescente.
    
    Cotejando estos días viejas fotos he visto que, muy al contrario, entre las escasas imágenes de mi humilde trayectoria en las que aparezco hay dos que, aunque separadas por la friolera de veintidós años, cabe identificarlas, especialmente la más reciente, como típicos ejemplos del género “Retrato del artista senescente”; escuela que, como su nombre indica, se ubicaría en los antípodas de la obra liminar de Joyce y difundiría la imagen de creadores talluditos, más o menos trabajados por la usura del tiempo y que acaban de realizar, como sería en mi caso, lo que se viene denominando “exposición de la mediana edad”. Creadores de muy diverso pelaje pero que, en cualquier caso, se asemejan en que su arco creativo y vital ha superado ya las fases de planteamiento y nudo, y va de bajada hacia su última secuencia: desenlace.



El artista junto a su obra. Centre de Lectura, Reus, enero de 1992

El artista junto a su obra, veintidós años después. Espai Betúlia, Badalona, 2014.


                                                                  †

domingo, 13 de julio de 2014

NILO ABAJO II



Vista parcial de la muestra Nilo abajo, Espai Betúlia, Badalona.



Tras dos meses y medio de exhibición, el pasado 31 de mayo echó el cierre Nilo abajo, la muestra retrospectiva que el Espai Betúlia de Badalona ha dedicado a De La Pulcra Ceniza. Con su centenar largo de objetos expuestos, entre los que había publicaciones, dibujos, libros fósiles, ediciones tuneadas y proyecciones, la muestra ha sido la más completa de cuantas hemos realizado y la que ha reunido en un solo conjunto todo el amplio abanico de intereses, poéticas y frentes de trabajo que De La Pulcra Ceniza mantiene abiertos en torno a la edición, el libro y la cultura de la imprenta.

      Como exposición ya desvanecida y arrastrada por el curso de las aguas del tiempo, de Nilo abajo ha quedado como único vestigio físico un modesto catálogo, del que hicimos un tiraje de doscientos cincuenta ejemplares numerados; y como resto inmaterial, una serie de fotografías desmenuzadas en píxeles y bits de información depositados en la memoria de mi ordenador.

   A lo largo de las tres décadas que llevo ocupado, implicado y prácticamente casado con el arte he constatado que clausurar una exposición tiene algo de resaca crepuscular y melancólica. Al margen de su repercusión, difusión mediática y valoración o indiferencia crítica, y dejando también de lado si ha colmado o defraudado las expectativas previas, lo cierto es que embalar nuevamente el material y volverlo a depositar en el almacén del taller remueve un sedimento espeso, melancólico y de claro perfil depresivo.

     Clausurar una exposición no consiste solo en culminar un proyecto y —si se pudiera— dar carpetazo y cortar limpia y asépticamente con él, sino que implica también —y esa es precisamente su dificultad— el comienzo del paciente trabajo de disolución y absorción del nódulo emocional que ha dejado en nosotros, compuesto de sedimentos de tiempo, dedicación, implicación personal y gasto psíquico; materias primas básicas con las que habitualmente se trabaja cuando uno asume su carrera con un mínimo de seriedad y toda muestra personal con sentido de la responsabilidad y del ridículo.

      Por comentarios recibidos a lo largo de estos meses nos consta que la exposición ha gustado lo suyo e incluso ha desatado casos de fervor entusiasta acompañados de encomio y loas al alto nivel de la muestra. No soy una excepción, y también en mi caso los comentarios de esa índole son gel fresco aplicado sobre un ego más o menos hipertrofiado e hipersensible. 

      Aunque entiendo que pueden ser indicadores fiables de la magnitud del impacto del objeto artístico en la retícula del consumo cultural, la recepción social y el eco mediático que genera nuestra obra es solo una de sus manifestaciones como hipotético agente de comunicación. Fue Cyril Connolly quien reveló que “el arte lo hacen los solitarios para los solitarios”; memorable intuición que no cuestiona el papel del arte como lenguaje implicado en la cháchara de la comunicación de minorías y de masas, pero deja entrever que su auténtica naturaleza acaso tenga poco o nada que ver con lo mundano. El arte, según Connolly, es el argot privado de una casta.




















domingo, 6 de julio de 2014

SOBREMESA CON WHISTLER Y TRACEY EMIN


James Abbot McNeill Whistler (1843-1903), pintor, impresor y dandy
muy preocupado por el estilo en la vida y en el arte.

Tracey Emin (1963), artista de éxito y mujer atormentada.


Una larga sobremesa entre amigos es insustituible como vivero de nuevas polémicas que brotan al calor de la actualidad y también como fuelle necesario para que las viejas  —las importantes— no se apaguen nunca. Al tratarse de amistades que vienen de lejos y de una tertulia que se ha mantenido viva —aunque con achaques— durante décadas, como ocurre en nuestro caso, los viejos debates afloran con puntualidad a la superficie del río sagrado de la conversación como árboles milagrosamente secos que prenden de inmediato.

    En la secuencia habitual de esos encuentros los asuntos de actualidad se despachan algo a la ligera mientras se come, y los temas de fondo se abordan con detenimiento durante la sobremesa. Una de nuestras viejas polémicas, que acude con asiduidad a la mesa desde mediados de la década del noventa, si no recuerdo mal, suele dar signos de vida en el momento en que nos arrellanamos en los sofás, aparecen los licores y se deja sentir, cada vez menos, el aroma de los puros.

    Las posiciones se han ido enfriando con los años y el fuego verbal cruzado es menos vivaz, pero lo cierto es que las trincheras y el posicionamiento ideológico de las distintas facciones (no está permitido ser neutral) apenas se han movido a lo largo de casi tres décadas en las que, todo hay que decirlo, hemos tenido algún caso de transfuguismo y deserción con huida a las filas del enemigo en pleno día.

    La mayor parte de los tertulianos estamos cortados por un patrón similar: somos creadores más o menos en activo, de carrera dilatada pero de reducida presencia mediática, de la que hemos tenido escaso o nulo  rendimiento económico. Lo que nos divide en facciones antagónicas es la diferencia que otorgamos al papel de la experiencia en la práctica del arte. Para unos, la experiencia sirve de paciente alquimia cuyo objeto último sería la decantación de las potencias personales en una suerte de poso o estilo peculiar, intransferible y, a ser posible, perfectamente reconocible como lo fue en los casos de Miró y de Whistler, por poner dos ejemplos de entre los muchos posibles. Para otros, la auténtica experiencia ha de ser necesariamente un viaje sin objeto, una huida transversal hacia ningún sitio a través de disciplinas dispares y prácticas heterodoxas cuyo punto de fuga es el anhelo de no enfriarse y cristalizar, de mantenerse, como quería Duchamp, en perpetuo estado de fluidez y de apertura. En este caso la experiencia, como de ella dijo Severo Sarduy en referencia a su connotación de lastre en el ámbito de la escritura, “… no sirve, estorba”.


Lo cierto es que todo se desencadenó una noche de pirotecnia entre las verbenas de San Juan y de San Pedro de hace ya sus buenos veintitantos años largos. Uno de nosotros mencionó que el pintor Whistler había plasmado en su día el estallido de cohetes sobre Londres, y que el cuadro, hermoso y escandaloso como la misma pirotecnia, se convirtió en el ojo del huracán de una disputa monetaria e intelectual que pasó a mayores y tuvo su traca final en los tribunales de la City.

    La anécdota que dio alas a la polémica fue la observación que Whistler hizo al fiscal cuando este le reprochó el pedir una cantidad disparatada de dinero por una obra que, además de tener todo el aspecto de estar todavía inacabada, le había llevado escasamente una tarde de trabajo: “…sí, la obra me llevó solo unas horas de trabajo, pero toda una vida de dedicación”. La respuesta de Whistler se hizo memorable al instante, y es desde entonces pasaje de obligada referencia cuando se roza el peliagudo polvorín donde confluyen las prácticas del arte y las del mercado. Lo que a nuestro debate interesa del aserto de Whistler es el énfasis que éste pone en recalcar que su factura de mero esbozo ha sido trabajosamente decantada a lo largo de toda una vida, esfuerzo que por sí solo justifica y avala el valor de cambio de esa manufactura artística en el mercado.

    En otro orden de cosas, el caso Whistler refleja a la perfección los mecanismos de vigilancia y coerción del capitalismo de producción, época dominada por la lógica de la manufactura y el control de métodos y tiempos de fabricación, y en la que la ley todavía podía inquirir acerca de si la relación entre el tiempo invertido en la producción de una obra de arte, su calidad, acabado y precio formaban un todo tan coherente como el de un metro cuadrado de batista salido de las hilaturas de Manchester.



La caída del cohete (Nocturno en negro y oro), Whistler, 1875, el cuadro de la polémica.


Nuestra próxima tertulia anual cae hacia otoño, y es de prever que, tras haberse pagado hace unos días algo más de cuatro millones de dólares por su famosa “cama deshecha”, Tracey Emin entrará de seguro en el debate y será acusada por unos, perdonada por otros y despellejada por todos.

    La capacidad de escandalizar del arte en la época de Whistler y el puritanismo del capitalismo en su fase temprana o de “producción” quedan ya muy lejos. Los tiempos son otros y bien diferentes. La “cama deshecha” de la Emin es una desangelada cristalización de la sensibilidad pop en la época de la modernidad líquida, del capitalismo caliente, cínico, post nuclear y de ficción o, en palabras de Beatriz Preciado, capitalismo farmacopornográfico, época en la que lo que prima  —al menos en el primer mundo— ya no es la producción de mercancías sino de información y subjetividad.

    Hoy día, cuando todo ha quedado a merced los antojos del mercado, es impensable que la justicia inquiera acerca de si el precio de una obra de arte guarda siquiera relación —y menos una relación equitativa— respecto al tiempo que se invirtió en su producción. No es que el arte haya logrado huir de todo control (por Foucault sabemos que el tardocapitalismo se caracteriza por lo descentralizado, sofisticado e invisible de sus métodos de coerción y control) sino que se le ha dejado suelto. Y es que en la época de su descenso crepuscular hacia la insignificancia, de su venida a menos y práctica disolución en el flujo de la mera información, el arte es por completo inofensivo.

    Avalada previamente por el abolengo de pertenecer a la colección Saacthi, su precio final ha entronizado la “cama…” como de arte de primer rango cuyo valor no guarda relación con trabajo alguno, ya que la obra no es fruto de la morosa depuración de recursos en pos de un estilo, sino que su relumbre de simple ocurrencia con valor de fechoría y demás prendas que avalan su altísima cotización le han sido inoculadas directamente en vena mediante descaradas técnicas de mercadotecnia. Lo que a nuestro debate interesa del caso es que lo decisivo aquí no es el estilo de la obra, sino el estilo de vida de la propia Emin. Las cualidades de ese trabajo son irrelevantes fuera de la relación morbosa que lo enlaza con sus abortos, amantes y cogorzas.

    Donde el sofisticado y perfeccionista Whistler ensalzaba su carrera y su experiencia como la paciente decantación de una factura y un estilo inconfundibles que justificasen el precio de sus obras, la ordinaria Emin opone el desinterés absoluto por todo lo que no sea —incluidos el arte y el estilo— su pose de mujer más o menos atormentada y pública.


My bed, Tracey Emin, 1998, instalación.


Exigimos a nuestros tertulianos tomar obligatoriamente partido por una de las dos opciones porque estamos convencidos de que la imparcialidad, inherente a la justicia y a la vida ética, es un fardo inasumible en el ámbito del arte, donde siempre hemos de ser rigurosamente interesados y cuanto más parciales mejor. Sé que es totalmente impensable, pero si en medio del debate se me permitiese un instante de neutralidad, defendería que acaso es igualmente imposible perseguir o evitar eso del estilo, ya que esa quintaesencia, como el éter de los antiguos, lo baña todo. En su Diccionario de cine Fernando Trueba lo refiere así: “estilo es eso que se hace sin darse cuenta”.


                                                       
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sábado, 15 de marzo de 2014

LIBRO DEL SÁBADO (II)




El próximo jueves día 20 de marzo a las siete de la tarde inauguramos Nilo abajo en el imponente Espai Betúlia. La muestra, que se podrá visitar hasta el 31 de mayo, repasa la trayectoria de De La Pulcra Ceniza desde 1995 y será de largo nuestra exposición más completa hasta la fecha.
   
   El pasado día 13 hicimos el traslado del material desde nuestro cuartel general en la calle Nilo hasta las instalaciones del Espai Betúlia en Badalona. La mayor parte de las dos toneladas que desplazamos correspondía al peso muerto de Libro del sábado, obra inédita hasta ahora debido en parte a sus dimensiones (100m3), cuya primera versión, provisional todavía, presentaremos en el espacioso marco del Espai Betúlia.
    
   Puesto que la distribución de las veintiséis vitrinas que compondrán el resto de la exposición queda supeditada a la ubicación de esa obra de gran tamaño, hemos comenzado por ahí el laborioso proceso de instalación del conjunto.
    
   Quedan todavía cuatro días de montaje, colocación de vinilos e ilumi-nación para que Nilo abajo quede en perfecto estado de revista, pero Libro del sábado  ya se puede ver.

   Si la aparición de la Biblioteca fósil en 2005 fue el primer síntoma de que De La Pulcra Ceniza no era un pequeño sello editorial al uso en el ámbito de la edición de artista, estamos convencidos de que Libro del sábado vendrá a confirmar, puede que hasta con cierta contundencia, la peculiaridad del proyecto.