domingo, 6 de julio de 2014

SOBREMESA CON WHISTLER Y TRACEY EMIN


James Abbot McNeill Whistler (1843-1903), pintor, impresor y dandy
muy preocupado por el estilo en la vida y en el arte.

Tracey Emin (1963), artista de éxito y mujer atormentada.


Una larga sobremesa entre amigos es insustituible como vivero de nuevas polémicas que brotan al calor de la actualidad y también como fuelle necesario para que las viejas  —las importantes— no se apaguen nunca. Al tratarse de amistades que vienen de lejos y de una tertulia que se ha mantenido viva —aunque con achaques— durante décadas, como ocurre en nuestro caso, los viejos debates afloran con puntualidad a la superficie del río sagrado de la conversación como árboles milagrosamente secos que prenden de inmediato.

    En la secuencia habitual de esos encuentros los asuntos de actualidad se despachan algo a la ligera mientras se come, y los temas de fondo se abordan con detenimiento durante la sobremesa. Una de nuestras viejas polémicas, que acude con asiduidad a la mesa desde mediados de la década del noventa, si no recuerdo mal, suele dar signos de vida en el momento en que nos arrellanamos en los sofás, aparecen los licores y se deja sentir, cada vez menos, el aroma de los puros.

    Las posiciones se han ido enfriando con los años y el fuego verbal cruzado es menos vivaz, pero lo cierto es que las trincheras y el posicionamiento ideológico de las distintas facciones (no está permitido ser neutral) apenas se han movido a lo largo de casi tres décadas en las que, todo hay que decirlo, hemos tenido algún caso de transfuguismo y deserción con huida a las filas del enemigo en pleno día.

    La mayor parte de los tertulianos estamos cortados por un patrón similar: somos creadores más o menos en activo, de carrera dilatada pero de reducida presencia mediática, de la que hemos tenido escaso o nulo  rendimiento económico. Lo que nos divide en facciones antagónicas es la diferencia que otorgamos al papel de la experiencia en la práctica del arte. Para unos, la experiencia sirve de paciente alquimia cuyo objeto último sería la decantación de las potencias personales en una suerte de poso o estilo peculiar, intransferible y, a ser posible, perfectamente reconocible como lo fue en los casos de Miró y de Whistler, por poner dos ejemplos de entre los muchos posibles. Para otros, la auténtica experiencia ha de ser necesariamente un viaje sin objeto, una huida transversal hacia ningún sitio a través de disciplinas dispares y prácticas heterodoxas cuyo punto de fuga es el anhelo de no enfriarse y cristalizar, de mantenerse, como quería Duchamp, en perpetuo estado de fluidez y de apertura. En este caso la experiencia, como de ella dijo Severo Sarduy en referencia a su connotación de lastre en el ámbito de la escritura, “… no sirve, estorba”.


Lo cierto es que todo se desencadenó una noche de pirotecnia entre las verbenas de San Juan y de San Pedro de hace ya sus buenos veintitantos años largos. Uno de nosotros mencionó que el pintor Whistler había plasmado en su día el estallido de cohetes sobre Londres, y que el cuadro, hermoso y escandaloso como la misma pirotecnia, se convirtió en el ojo del huracán de una disputa monetaria e intelectual que pasó a mayores y tuvo su traca final en los tribunales de la City.

    La anécdota que dio alas a la polémica fue la observación que Whistler hizo al fiscal cuando este le reprochó el pedir una cantidad disparatada de dinero por una obra que, además de tener todo el aspecto de estar todavía inacabada, le había llevado escasamente una tarde de trabajo: “…sí, la obra me llevó solo unas horas de trabajo, pero toda una vida de dedicación”. La respuesta de Whistler se hizo memorable al instante, y es desde entonces pasaje de obligada referencia cuando se roza el peliagudo polvorín donde confluyen las prácticas del arte y las del mercado. Lo que a nuestro debate interesa del aserto de Whistler es el énfasis que éste pone en recalcar que su factura de mero esbozo ha sido trabajosamente decantada a lo largo de toda una vida, esfuerzo que por sí solo justifica y avala el valor de cambio de esa manufactura artística en el mercado.

    En otro orden de cosas, el caso Whistler refleja a la perfección los mecanismos de vigilancia y coerción del capitalismo de producción, época dominada por la lógica de la manufactura y el control de métodos y tiempos de fabricación, y en la que la ley todavía podía inquirir acerca de si la relación entre el tiempo invertido en la producción de una obra de arte, su calidad, acabado y precio formaban un todo tan coherente como el de un metro cuadrado de batista salido de las hilaturas de Manchester.



La caída del cohete (Nocturno en negro y oro), Whistler, 1875, el cuadro de la polémica.


Nuestra próxima tertulia anual cae hacia otoño, y es de prever que, tras haberse pagado hace unos días algo más de cuatro millones de dólares por su famosa “cama deshecha”, Tracey Emin entrará de seguro en el debate y será acusada por unos, perdonada por otros y despellejada por todos.

    La capacidad de escandalizar del arte en la época de Whistler y el puritanismo del capitalismo en su fase temprana o de “producción” quedan ya muy lejos. Los tiempos son otros y bien diferentes. La “cama deshecha” de la Emin es una desangelada cristalización de la sensibilidad pop en la época de la modernidad líquida, del capitalismo caliente, cínico, post nuclear y de ficción o, en palabras de Beatriz Preciado, capitalismo farmacopornográfico, época en la que lo que prima  —al menos en el primer mundo— ya no es la producción de mercancías sino de información y subjetividad.

    Hoy día, cuando todo ha quedado a merced los antojos del mercado, es impensable que la justicia inquiera acerca de si el precio de una obra de arte guarda siquiera relación —y menos una relación equitativa— respecto al tiempo que se invirtió en su producción. No es que el arte haya logrado huir de todo control (por Foucault sabemos que el tardocapitalismo se caracteriza por lo descentralizado, sofisticado e invisible de sus métodos de coerción y control) sino que se le ha dejado suelto. Y es que en la época de su descenso crepuscular hacia la insignificancia, de su venida a menos y práctica disolución en el flujo de la mera información, el arte es por completo inofensivo.

    Avalada previamente por el abolengo de pertenecer a la colección Saacthi, su precio final ha entronizado la “cama…” como de arte de primer rango cuyo valor no guarda relación con trabajo alguno, ya que la obra no es fruto de la morosa depuración de recursos en pos de un estilo, sino que su relumbre de simple ocurrencia con valor de fechoría y demás prendas que avalan su altísima cotización le han sido inoculadas directamente en vena mediante descaradas técnicas de mercadotecnia. Lo que a nuestro debate interesa del caso es que lo decisivo aquí no es el estilo de la obra, sino el estilo de vida de la propia Emin. Las cualidades de ese trabajo son irrelevantes fuera de la relación morbosa que lo enlaza con sus abortos, amantes y cogorzas.

    Donde el sofisticado y perfeccionista Whistler ensalzaba su carrera y su experiencia como la paciente decantación de una factura y un estilo inconfundibles que justificasen el precio de sus obras, la ordinaria Emin opone el desinterés absoluto por todo lo que no sea —incluidos el arte y el estilo— su pose de mujer más o menos atormentada y pública.


My bed, Tracey Emin, 1998, instalación.


Exigimos a nuestros tertulianos tomar obligatoriamente partido por una de las dos opciones porque estamos convencidos de que la imparcialidad, inherente a la justicia y a la vida ética, es un fardo inasumible en el ámbito del arte, donde siempre hemos de ser rigurosamente interesados y cuanto más parciales mejor. Sé que es totalmente impensable, pero si en medio del debate se me permitiese un instante de neutralidad, defendería que acaso es igualmente imposible perseguir o evitar eso del estilo, ya que esa quintaesencia, como el éter de los antiguos, lo baña todo. En su Diccionario de cine Fernando Trueba lo refiere así: “estilo es eso que se hace sin darse cuenta”.


                                                       
                                                               †

sábado, 15 de marzo de 2014

LIBRO DEL SÁBADO (II)




El próximo jueves día 20 de marzo a las siete de la tarde inauguramos Nilo abajo en el imponente Espai Betúlia. La muestra, que se podrá visitar hasta el 31 de mayo, repasa la trayectoria de De La Pulcra Ceniza desde 1995 y será de largo nuestra exposición más completa hasta la fecha.
   
   El pasado día 13 hicimos el traslado del material desde nuestro cuartel general en la calle Nilo hasta las instalaciones del Espai Betúlia en Badalona. La mayor parte de las dos toneladas que desplazamos correspondía al peso muerto de Libro del sábado, obra inédita hasta ahora debido en parte a sus dimensiones (100m3), cuya primera versión, provisional todavía, presentaremos en el espacioso marco del Espai Betúlia.
    
   Puesto que la distribución de las veintiséis vitrinas que compondrán el resto de la exposición queda supeditada a la ubicación de esa obra de gran tamaño, hemos comenzado por ahí el laborioso proceso de instalación del conjunto.
    
   Quedan todavía cuatro días de montaje, colocación de vinilos e ilumi-nación para que Nilo abajo quede en perfecto estado de revista, pero Libro del sábado  ya se puede ver.

   Si la aparición de la Biblioteca fósil en 2005 fue el primer síntoma de que De La Pulcra Ceniza no era un pequeño sello editorial al uso en el ámbito de la edición de artista, estamos convencidos de que Libro del sábado vendrá a confirmar, puede que hasta con cierta contundencia, la peculiaridad del proyecto.













sábado, 22 de febrero de 2014

GRÁFICA SIDERAL



Gráfica sideral. Fotocopia retocada a mano, ©  2009, Juan Miguel Muñoz


El resurgimiento de los escribas como casta superior llamada para la grandeza es ya un hecho. Con ellos la imprenta clásica vuelve por sus fueros para quedarse y asumir nuevos retos de alcance colosal. El cosmos es el próximo umbral de las andanzas de la vieja imprenta de tipos puesta al día. Con esta empresa, nostálgica y demencial, la Galaxia Gutenberg hace bandera de su propio nombre y se impulsa hacia las galaxias. En la era digital, el tipo móvil vuelve a las andadas…
    
    La tarea que los nuevos escribas se han propuesto supone el reparo de un agravio, la rectificación del malentendido que está en la base de la cultura impresa desde su origen. Y es que al tipo móvil —pieza básica de la imprenta de siempre— le fue escamoteada su auténtica identidad; de hecho nunca fue verdadera y plenamente móvil, su movilidad fue siempre reducida y de escaso alcance. De la caja a la línea compuesta y viceversa; que es como decir de la mesa al sofá y vuelta a empezar. Esa movilidad reducida a su mínima expresión no era más que libertad vigilada, pobreza vital y alienación.

    El decálogo de esta Gráfica sideral es reductible a un solo mandamiento: que el tipo móvil regrese del sumidero de la técnica y asuma su verdadera identidad, que su movilidad se exprese por completo y llegue a ser correría intensa y vital, perpetuo nomadismo.

    La imprenta vagabunda que propugna la nueva casta requiere un tipo no meramente móvil, sino adepto por completo al desarraigo. En su deriva espacial, ese agente de Actividad Tipográfica Exterior (ATE), impactará contra sólidos, dejará indelebles grafías, pruebas de imprenta rotando en la oscura y honda página del cosmos, cuyas tensiones gravitatorias moverán esos fragmentos impresos en un eterno ejercicio de combinatoria y composición textual.
    
    La página rehaciéndose a perpetuidad, que Borges imaginó en El libro de arena, es el propio universo, no metafórica, sino literalmente impreso.

   El universo es frío y la imprenta —lo dijo McLuhan y lo damos por bueno— un medio cálido. Propiciar el contacto de esas dos temperaturas es la ingente tarea de la vieja imprenta de tipos resucitada; y proponer nuevos e inesperados usos de la imprenta clásica en la era del espacio, el cometido de esta Gráfica sideral.


Gráfica sideral. Fotocopia retocada a mano, ©  2009, Juan Miguel Muñoz

Gráfica sideral. Fotocopia retocada a mano, ©  2009, Juan Miguel Muñoz


Hasta ahora, Gráfica sideral era un trabajo en vídeo de un minuto escaso de duración. Lo dimos a conocer en febrero de 2010, con el texto de presentación que figura más arriba, en Arts Santa Mónica, con motivo de nuestra exposición De la Pulcra Ceniza, ediciones, 1995-2010, y puede verse en la página web de esta humilde casa editora:


                                                 
    En breve nos disponemos a estrenar una nueva versión que duplica su duración. La haremos pública en la inauguración de la muestra Nilo abajo (De la Pulcra Ceniza, obra en marcha 1995-2014), el próximo 20 de marzo en el Espai Betúlia de Badalona, y permanecerá expuesta, junto al resto de nuestra producción, hasta el 31 de mayo.


 


lunes, 30 de diciembre de 2013

ESCOLA MASSANA



La Escola Massana en blanco y negro, el bitono de los recuerdos imborrables.


No trabaja uno habitualmente en el caos, pero sí con el grado de desorden inevitable para que el fermento de la creatividad encuentre estiércol y asiento donde brotar. Yo diría que se trata de un desorden de intensidad media con fluctuaciones periódicas hacia el desorden severo y con desplomes puntuales en el caos absoluto.

   Una de esas breves inmersiones en el caos fue precisamente la que el pasado mes de junio no me dejó obrar con sentido de la oportunidad. Si bien lo adecuado hubiese sido hacerlo en su momento, subir esta entrada con algunos meses de retraso me parece hasta elegante por lo que tiene de desdén hacia la precisión y la puntualidad, tan de relojeros y de suizos.

   El día veintiuno del pasado mes de junio hizo exactamente treinta años que la Escola Massana me concedió, en su primera convocatoria, una de sus becas menores. Aunque ha pasado mucho tiempo y mi trayectoria ha experimentado a lo largo de los años todo tipo de mutaciones, cortes, eclipses y regresos, lo cierto es que aquella fecha remota permanece en mi memoria como instante preciso en que dio comienzo ese viaje.


Mi acreditación como becario de La Massana, junio de1983.


Nunca he ocultado mi condición de “massanero”. Estudié en la Escola Massana y me diplomé en escultura en 1983. Eso ha sido siempre gratamente ineludible para mí. Durante la efervescencia de la década del ochenta del pasado siglo, el término “massanero” era un epíteto tenuemente peyorativo en la escena artística barcelonesa. Eran los años de la apertura y el afianzamiento de la modernidad a ultranza y de los nuevos comportamientos artísticos, y aquella euforia arrojaba una sombra ominosa sobre la Escola Massana, institución anclada en el pasado y de aire retro cuyas credenciales completas eran “Conservatorio Municipal de Artes Suntuarias Massana”. Después vendría lo de “Escuela de Artes aplicadas y oficios artísticos” y la inmersión de la Escola Massana en la modernidad al uso ya como de “Centre d’Art i Disseny”.

   
   Hoy el adjetivo “massanero” es todavía vigente (es más: creo que hay prevista una concentración a principios de año de gentes que hacemos bandera de esa condición), pero no me consta que tenga connotaciones peyorativas. No era así en la escena artística local a mediados de los años ochenta, ecosistema claramente influenciado por una superstición de orden jerárquico que, de manera oficiosa pero a todas luces evidente, investía de un supuesto rango superior a quienes se habían formado en la Facultad de Bellas Artes y en la Escola Eina respecto de los “massaneros”.

   Así estaban las cosas cuando en junio de 1983 dejé la Escola Massana con un diploma que me acreditaba como becario de esa institución. El premio me daba la posibilidad de utilizar durante un curso más y sin coste alguno las instalaciones y medios de la escuela. Era una buena y barata oportunidad para comenzar la morosa destilación de los rudimentos de un lenguaje propio con todo tipo de medios a mi disposición. La situación era idílica, pero había un peligro latente: el omnipresente e insidioso “estilo massanero”. Y decidí marcharme para deshacerme de él cuanto antes.

   Por aquella época existía el innegable “estilo massanero” al igual que el “estilo Facultad” o “Eina”, y eran nítidamente distinguibles. Es evidente que los métodos, la atmósfera y los tics pedagógicos de cada una de esas instituciones modelaban al alumnado, que salía al mundo cortado con el patrón característico que lo hacía fácilmente identificable. Nada más acabar, lo primero que hicimos algunos “massaneros” —no sé los demás— fue comenzar a trabajar para borrar esa influencia, lo que no siempre era sencillo.


Detalle del frontispicio de entrada a la Escola Massana.


A la concesión de la beca y la salida de la Escola Massana —asuntos menores y puramente subsidiarios— se encadenó con naturalidad un hecho que sería capital en mi trayectoria: un grupo de cuatro “massaneros” alquilamos como taller, ese mismo mes de junio de 1983, la espaciosa nave del primer piso del número 10 de la calle de La Riereta. El contrato de arrendamiento se puso a mi nombre, detalle meramente administrativo pero que sería decisivo para la continuidad durante los años de hierro de la especulación inmobiliaria en Barcelona y de la vigilancia y acoso a los inquilinos. Por aquel enclave, subdividido en cuatro talleres de algo más de noventa m2 cada uno, pasaría bastante gente a lo largo de los veintitrés años que estuvo en funcionamiento. No fui el último en abandonarlo, pero casi. En el otoño de 2005 se nos notificó por escrito lo que se veía venir hacía tiempo: el inminente derribo del edificio. Nos daban medio año de plazo para evacuar. Me marché en abril de 2006.

   En ese taller fue donde, entre los años 1983-86, borré meticulosamente las trazas estilísticas de mi ascendente “massanero”. Durante los dos años siguientes me concentré en las tres piezas que integrarían mi primera exposición individual. Aunque aquella muestra pertenece a otro capítulo y fue ampliamente reseñada en este blog en enero de 2012, traigo aquí nuevamente imágenes del evento para dejar constancia gráfica de que la exposición vino a demostrar, por así decirlo, mi limpieza de sangre. El estilo “massanero” había sido borrado de mi ADN, o eso pensaba yo…


Panorámica de mi exposición en la Sala Montcada, otoño de 1987.

                                                              


domingo, 29 de diciembre de 2013

PRIMAVERA DE LAS PRIMAVERAS




Nilo abajo, detalle de la maqueta del catálogo de la exposición.


Hace apenas unos días, la dirección del Espai Betúlia nos ha confirmado las fechas de nuestra exposición en aquella sala, que acogerá la muestra Nilo abajo del 20 de marzo al 24 de mayo de 2014.

   El título completo de la exposición será Nilo abajo (De La Pulcra Ceniza, obra en marcha 1995-2014). Como ya hemos apuntado con anterioridad en este blog, la muestra recogerá la práctica totalidad de la producción de De La Pulcra Ceniza entre las dos fechas de referencia; un largo periodo de actividad dividida por el corte que supuso, en 2006, el cambio de ubicación de nuestro taller, que pasó del primer piso del número diez de la calle de La Riereta, en el barrio del Raval, al semisótano del veintiocho de la calle Del Nilo, en el otro extremo de Barcelona.

   Si bien en un principio nos pareció meramente curioso que los nombres de ambas calles tuviesen reminiscencias fluviales, al cabo de los años hemos caído en la cuenta de que la evolución del proyecto De La Pulcra Ceniza se ha mimetizado desde sus inicios con las características de cada uno de esos cursos de agua. La riera de los inicios se ha transformado en un cauce ancho y profundo como el Nilo.

   Como proyecto editorial peculiar y de amplio espectro que desborda y se sale de los márgenes habituales de tal actividad, una buena parte de nuestras colecciones son líneas de productos de naturaleza netamente plástica cuya vía de salida es la exhibición pública en galerías de arte y salas de exposición. Tras pasar por el Centre Cultural de Vilanova del Vallès en 2008, y por la Sala Balcó de Arts Santa Mónica en 2010, exposiciones en las que, por razones de espacio, mostramos tan solo una parte del bagaje completo de De La Pulcra Ceniza, entendemos que nuestra próxima comparecencia en el Espai Betúlia tiene un sesgo bien distinto, ya que por su amplitud, porque desvelará una parte inédita de nuestro trabajo y se apoyará en la publicación de un modesto catálogo, Nilo abajo está destinada a quedar, sin duda alguna, como una de nuestras exposiciones de referencia.


Invitación de la exposición en el Centre Cultural de Vilanova del Vallès, 2008.


Invitación de la exposición en la Sala Balcó de Arts Santa Mónica, Barcelona, 2010.


La exposición tiene como finalidad mostrar una instantánea reciente del proyecto De La Pulcra Ceniza en plena actividad y a casi dos décadas de su inicio. Como toda instantánea que se precie, la foto debería de ser fresca, auténtica, improvisada y sin pose. Y eso es poco menos que imposible.

   Sabemos que nos hacen una foto y que, por razones obvias, todo está preparado. Queremos, no obstante, salir naturales, tal y como somos.

   Esperamos que Nilo abajo guste, no pase del todo desapercibida y sea uno de los hitos de nuestro historial.


En un párrafo de su memorable Walden o la vida en los bosques, Thoreau afirma que el estado habitual del hombre al uso es el letargo, del que únicamente saldrá si atiende a una suerte de rebelión interior o “primavera de las primaveras”.

   Nuestra primavera de las primaveras es la próxima, la de 2014.



 
Portada de la primera edición de Walden o la vida en los bosques. Ticknor and Fields, Boston, 1854.

                                                                 




domingo, 15 de diciembre de 2013

EL AZUL DE LA CARNE




El azul de la carne I (detalle), lápiz y técnica mixta sobre papel. © Juan Miguel Muñoz, 2013.


La noche primigenia de la especie es la del homínido, la noche en la sabana impenetrable atestada de peligros. Nuestros ancestros no conocían aún el palo como extensión amenazadora del brazo, ni tampoco la posibilidad de utilizar una piedra como arma arrojadiza. A semejanza del resto de los animales, su principal arma de ataque y defensa era la boca.
    
    Si bien la boca bestial del homínido fue la primera arma y antiquísimo eslabón inicial de una cadena que llega hasta el drone y el misil inteligente, fue también el órgano que desarrolló los rudimentos del lenguaje hablado. Al parecer, fue una facultad que desarrollaron primeramente las hembras para estar en todo momento en comunicación y no perder a las crías entre la maleza alta y densa de la sabana.



El azul de la carne II (detalle).


La complejidad simbólica y la riqueza polisémica de la boca se asientan  en el amplio abanico de funciones que ejerce —respiratorias, nutricias, defensivas, lingüísticas, eróticas—, muchas de ellas claramente anticipatorias de habilidades y técnicas asumidas posteriormente por las manos y las herramientas.
    
    La boca fue la primera arma; como atestiguan las antiquísimas siluetas de manos sobre las que se soplaron buches de color pulverizado, el primer pincel; y fue también un antecedente elemental de lo que llegaría a ser la imprenta.
     
    El mordisco violento de ataque o defensa es la primera prueba de imprenta, el gesto atávico de violencia extrema que prefigura no solo la imprenta de Gutenberg, sino también un sistema de impresión posterior y muy sofisticado: la cuatricomía o impresión en cuatro colores negro, cian, magenta y amarillo cuya superposición produce la imagen en color. Esa sucesión de colores no es otra que la evolución de las tonalidades del hematoma que todo mordisco violento deja en la carne hasta que desaparece.
    
    El paso del azul por la carne —El azul de la carne— es uno de esos estados, acaso el único memorable por ser de largo el más hermoso y perturbador.

El azul de la carne II, lápiz y técnica mixta sobre papel. © Juan Miguel Muñoz, 2013.

El azul de la carne III, lápiz y técnica mixta sobre papel. © Juan Miguel Muñoz, 2013.

El azul de la carne IV( detalle), lápiz y técnica mixta sobre papel. © Juan Miguel Muñoz, 2014.

La boca es una imprenta orgánica. La disposición de las piezas dentales en los maxilares es semejante a la de los tipos móviles en el componedor del cajista. La ortodoncia y la mecánica dental son operaciones de alineamiento de piezas móviles equiparables a la ordenación de los espacios y los tipos en la imprenta clásica; el objeto de ambas técnicas es idéntico: conseguir la regularidad y la armonía de la impresión, tanto si se trata de un texto sobre papel o de una dentellada pasional sobre el pecho del amante.
    
    A contrapelo de los valores que habitualmente se le atribuyen como elemento imprescindible para la difusión de la cultura entendida como factor de acercamiento y cohesión, McLuhan, Ong y Ramus, entre otros, vieron en la imprenta una tecnología extremadamente violenta, “…un arma lineal de agresión niveladora”. Nuestra humilde aportación a la vieja tesis de esos maestros es sugerir que acaso la violencia inherente a la tecnología de la imprenta le viene impuesta por su oscuro parentesco con la boca, primera arma y también primera imprenta.
    
    Según McLuhan, la “Galaxia Gutenberg”, el largo período en que nuestra cultura y hábitos quedaron a merced y fueron configurados por el carácter hipnótico de la cultura visual encarnada en la tipografía y la imprenta, quedó superada en 1905, cuando la Teoría de la Relatividad dio carta de naturaleza a algo inconcebible hasta entonces: el espacio curvo.
    
    La boca es mucha boca. Se anticipó a la imprenta y, según la mitología hindú, también a la noción del universo como espacio curvo.
    
    Así lo cuentan: unos muchachos dijeron a Yashoda que Krishna, su hijo, se hocicaba en el suelo y masticaba lombrices y barro. La madre lo llamó y le hizo abrir la boca para comprobarlo. Krishna era encarnación de un dios en cuerpo de niño; su boca no era como la de los demás. Yashoda vio abrirse los labios de su hijo y miró adentro. En el cielo de aquella boca vio las galaxias y el universo entero graciosamente pequeño y cóncavo como el paladar.


Yashoda ve el universo en la boca de Krishna. Postal hindú.




El azul de la carne es el título de una serie de dibujos que he comenzado con vistas a mi próxima exposición en el Espai Betúlia de Badalona. El trabajo es exclusivamente un comentario en imágenes de mis ideas acerca de la boca como imprenta primigenia y del mordisco violento como antecedente de los procesos de impresión en cuatricomía. No es, por supuesto, apología alguna de la agresión ni de la violencia de género o de cualquier tipo.



domingo, 8 de diciembre de 2013

TRANSMIGRACIÓN DE LA BOCA






En la oscura y larga madrugada del lenguaje mandaba la boca. El ojo siempre ha contado, pero no cobró protagonismo hasta la aparición del jeroglífico, el alfabeto fonético y la escritura en el alba de la civilización. La espesa noche que precedió a esa hora violácea era feudo absoluto de la voz.

  Sopesada en términos de duración, la comunicación humana ha sido principalmente verbal y va desde el grito del antropoide en la noche de los tiempos hasta la plena luz de la oratoria. La imprenta acumula apenas seiscientos años de actividad y la edad de la escritura es de unos cinco mil años. El dominio absoluto de la boca como agente primordial de comunicación se remonta desde ese hito, visible todavía en el horizonte, y se pierde en las arenas del tiempo.

    El peso simbólico y el rango jerárquico que la naturaleza y el tiempo otorgan a un órgano sobreviven y son vigentes en cualquier medio, por extraño que sea al dominio natural. Así, los resabios jerárquicos de la boca, aparentemente relegada del centro neurálgico de la comunicación por obra de la imprenta y de la cultura visual, persisten como presencia tenaz en forma de rictus labial que ha mutado a signo gráfico y se ha ubicado en el lomo de los libros.
  





Porque en el principio era el verbo, toda forma de comunicación que lo suplante ha de rendir pleitesía a su órgano fundamental, la boca. Todo logotipo editorial remite a ese órgano; cualquiera que sea su diseño, ha sido ya previsto y esbozado en el dibujo primordial del área que abarca labios y nariz. 

    Se crean para el ojo, pero la boca ominosa y antigua de simio que llevamos; la boca del chamán y la boca fanática de los profetas; la boca de Jesús, la de Buda y la de Mahoma; la boca de Homero y la de cada uno de los rapsodas nómadas están tras cada logotipo de casa editora. La boca primordial, que las aúna a todas en una sola, no se ha callado todavía, pervive de incógnito en cada uno de esos logotipos. Bien visible sin ser vista.


Transmigración de la boca es un trabajo en proceso, un estudio de imágenes en secuencia con el que demostramos la validez de este postulado radical: todo logotipo editorial remite a la boca.


Transmigración de la boca se puede ver en formato vídeo en nuestra página web: www.delapulcraceniza.com